Desde mi infancia en Tapalpa no había vuelto a sentarme a la orilla del lago a ver cómo la luz se rompía entre el ocoxal de los pinos para perderse entre mis dedos; no había recorrido mis viejos caminos ni me había perdido en mis viejos bosques. Desde hace más de dos décadas no sentía esa agitación en el alma por ir más allá de lo que el horizonte encierra después de los cerros: esa necesidad que me hacía arder la sangre y me llevaba a buscar algo que no había perdido: el mar. Entonces yo pensaba que el mar era Veracruz, que todo el mar podía encerrarse en esa idea que yo me había prefigurado de un Caribe que aún no tenía nombre.
En el ático -tapanco- descubrí hoy, antes de una crisis de migraña, todos mis papeles viejos, mis diarios infantiles, mis mapas. Me dio ternura encontrar esos mapas marcados por rutas y caminos que yo tendría que recorrer para llegar a Veracruz. Estaba tachada con una X un lugar incierto en Veracruz, un lugar llamado "Jalapa" -sí, como los chiles jalapeños, puse al margen. Jamás en la vida me habría imaginado terminar viviendo en Xalapa, lo cierto es que las rutas de los sueños son misteriosas. Me sentí de pronto abrumada, con todo el peso del tiempo transformado en polvo frente a mí, orbitando alrededor de esa X. Polvo acumulado por años en mi cuarto de la infancia, el único que la hecatombe jamás tocó. De repente me perdí en un dolor inmenso que me llevó a imaginar muchos mundos, muchos escenarios tan dolorosos, tanto o más que ese taladrarme dentro de la cabeza. De repente desperté. Había soñado con el mar luminoso, con el cabrilleo de la luz sobre las aguas de un mar en calma: el Caribe. El sol no cabrillea sobre el Pacífico.
El Caribe encierra todo el mar. El mar se encierra a sí mismo y es siempre el mismo mar. Hoy, antes de que el sol cayera, decidí vagar por un antiguo bosque y volví a escuchar esa forma tan peculiar que tiene el viento de avisar la tormenta: un rumor casi imperceptible pero urgente: la tempestad que viene del mar. Un ciclón, un huracán o un tifón. Estos cielos intuyen el desastre. Xalapa tiene la intuición del amanecer en el mar. Xalapa tiene una X. Tiene la intuición del mar, como Tapalpa, y fue el lugar a donde tenía que llegar para encontrar la inmensidad del mar, que no se me había perdido porque yo ya me había perdido en ella.
Conocí el Caribe muchos años después. Antes el Pacífico se hizo ese mar que imaginaba desde el bosque, ese mar que de alguna forma anhelaba y fue ese mar el que me salvó de ahogarme tantas veces. Ese mar bravo, de olas altas y crestas blancas, ese mar espumoso, violento, celoso, que me apretó tantas veces en él hasta despojarme de todo el miedo a la muerte; ese mar que me gritó su nombre sin que yo pudiera entender hasta hoy. Ese mar que ruge, que brama y gruñe con sus espuma, con su respiración siempre ronca y agitada. Ese mar que en calma anuncia la tempestad. Me perdí para siempre en ese mar hasta que no tuve más necesidad de volver a él, hasta hoy. De pronto extrañé ese mar que, sin embargo, siempre se presentó como el último horizonte. Después de él ya no hay nada y lo sé. Ese mar que es mi destino. Ese mar pronunció su nombre. Ese mar que se adivina, que se intuye detrás de las montañas, que lo abarca todo con su inmensidad, eres tú, Rodrigo. Es el nombre que se me ancló en el alma, que se volvió un anhelo, un deseo, una búsqueda sin que yo lo supiera entonces. Ese nombre que toma forma desde lo más hondo de mi memoria. Me sé perdida y estremecida, desde siempre, en el clamor de tu nombre, Rodrigo.