viernes, 2 de octubre de 2026

Volver volver volver

Si hay algo que me haya parecido brutalmente injusto en esta vida fue la muerte de mi tía Concha. Ella no merecía morir. Toda la vida estuvo buscando la felicidad y procurándonos la felicidad a los demás. En su compañía fui una niña feliz. Ella fue la única que se disculpó cuando yo merecía una disculpa, aunque ella no fuera la persona que me hubiera agraviado. Jamás escuché una disculpa de mis padres, pero ella se disculpó en lugar de todos. 

Ahora me encuentro en su lugar. Imagino mi terror como el suyo. Imagino este miedo a morir como su miedo. Hace tres años, en esas noches interminables, llenas de llanto, me reflejaba en ella: una mujer que dio todo por un hombre; una mujer que sacrificó su vida, la de sus hijos, su carrera y sus anhelos por un hombre que, simplemente, jamás la iba a ver. Es muy fácil juzgarla. Durante esas noches la entendí: el terror a dejar lo seguro, lo que socialmente es aceptado, el miedo a abandonar la institución y a ser una mujer divorciada. Cuando finalmente logró separarse de ese hombre que le había drenando todo durante toda su vida enfermó de cáncer. Ahora yo tengo un fibroadenóma sospechoso de cáncer y muero de miedo. El terror es profundo, tan profundo que se parece mucho a la soledad. Pienso que tengo una oportunidad más, que lo descubrieron pronto, que será retirado y yo estaré bien. ¿Y si no despierto? Realmente tengo miedo a morir, ¿pero por qué? 

Me parece injusto tener que morir ahora que pude separarme de una relación que me asfixiaba, ahora que puedo reclamar mi libertad, ahora que puedo ser yo con toda mi locura y mis excesos, con todas mis ganas de vivir. Me siento tan sola. No dejo de preguntarme qué será de mi hija, qué será de mis gatos, de mi gato negro. En mi mente despierto y todo está bien, pero ¿y si no? 

Una amiga hace años me contó que fue abusada por un sujeto que tenía toda la confianza de su papá. Su mamá había muerto en un accidente: ella recordaba que su mamá le daba un biberón en el carro, antes de que chocaran contra un caballo que destrozó la cabeza de su mamá. Una noche, mientras tomábamos algunas cervezas en mi cuarto de estudiante, escuchábamos "Échame a mí la culpa". En silencio escuchábamos la canción y justo en el verso que dice "y allá en el otro mundo" ella me preguntó "¿dónde estará mi mamá?", esa frase me destrozó el corazón y aún la recuerdo atada a esa frase. No quiero que mi hija se ate a esa frase. No quisiera que ella llorara mi pérdida, ni que sufriera ninguna forma de abuso. Estoy segura de que su padre sería incapaz de cuidarla adecuadamente, aunque quizás sus abuelas sí, así como me cuidaron a mí en ese abandono al que me condenaron mis padres. 

No puedo morir. No todavía. No sólo porque parece una injusticia, como la gran injusticia metafísica en contra de mi tía Concha. Asunción, era su nombre. María Asunción Suárez Flores. Me duele mucho recordar su muerte. Me parece tan injusto que una mujer maravillosa y hermosa como ella haya estado atada al dolor durante tantos años sólo porque un hombre fue completamente incapaz de apreciarla, de amarla, de valorar. La última vez que la vi estaba vestida toda de blanco y se veía tan feliz. Fue un sueño. Estábamos en un metro en Berlín y ella me extendió los brazos para que la abrazara. Lloré mucho en sus brazos y me dio "perdón por no hablarte antes, estaba tan cansada de vivir". No recuerdo lo demás, pero en mi sueño me conducía a Tapalpa. Entraba a la casa de mi abuela y veía cadáveres regados. Aún no sé qué significa. 

Ahora siento esa injusticia mía. Cuando por fin empiezo a volar sola, sin presión, sin miedo, aparece esta amenaza de enfermedad y de muerte. Cuando ella murió, dijo mi prima, ella decía que corría por un campo lleno de árboles; esos árboles eran limones. Olía a azares. Dijo mi prima "mi mamá, si no podía ni caminar, qué iba a correr". Tengo miedo de sentir que me quemo por dentro, de saber qué estoy muriendo o de dormirme cesada y no despertar. ¿Qué va a ser de mi hija y de mi gato negro? Dudo que alguien más recienta mi suerte o mi muerte: todos seguirán con su vida y ya. 

Ahora pienso en Christian. Pienso en su terror ante la sentencia de muerte. Cáncer de colon y no hay nada que hacer. Recuerdo que pensaba en la muerte como ese espacio negro, en el que el olvido terminaría por borrarlo todo. Yo te recuerdo, Christian. Recuerdo apenas tu rostro, apenas tu voz, apenas tu soberbia de hombre guapo. Recuerdo tu terror y recuerdo no haber ido a tu funeral. Me negué. Yo no tenía por qué ir a un funeral de un hombre que se burló tanto de mí, sin embargo, te recuerdo con compasión. Te recuerdo en tu desesperación, en tu terror. 

Ese terror vivo ahora. Quizás nadie lo entienda jamás. Quizás solo aquellos que sienten la muerte tan de cerca podrán comprender esta ansiedad. Mi único temor es por mi hija y mi gato negro. La gata blanca podrá sobrevivir en cualquier familia, pero no mi gato negro. Él es un ser en riesgo constante por su color. Mi hija sufrirá mucho, lo sé. Sé que la pérdida de una madre es irreparable, que lastima, que daña, que persigue y que lacera. 

Todos los demás: Rodrigo, mis amigos, y conocidos, pronto seguirán con su vida. Y está bien. Así como ahora se olvidan de mí, pronto se olvidarán de mí una vez que haya muerto. Ya no me aterra el dolor. Ya no me interesa saber si Rodrigo me ama o no. Pareciera que me ama desde su egoísmo, según su conveniencia. Eso es algo que tendríamos que aprender a hacer las mujeres. Amar sólo por conveniencia y olvidar y ya. 

A quien lea esto, les ruego que vean por mi hija y por mi gato negro. Ellos merecen ser felices. 

lunes, 23 de marzo de 2026

La definición: el control del narcisista

"Humano viene de mano" dijo ante toda su familia y una comunidad de señoras copetudas mientras la puertorriqueña y yo nos mirábamos desconcertadas, ella sonrió y bajó la mirada. "Humano viene de mano porque sólo nosotros tenemos el dedo pulgar; por eso se construyó esa etimología". Corregí. "Humano viene de humus, por eso la idea católica del...". No lo corrijas, él sabe más. Su hermana le hablaba en inglés a una niña, como si la entrenara. La niña, mucho más inteligente de lo que todos podían suponer, los miraba con un profundo desprecio. 

"Diana sabe latín", dijo, "pero lo que no sabe es que el humano se hace gracias a la mano. Con la mano escribimos y gracias al pulgar pensamos". "Los simios también tienen pulgar y son salvajes". Su madre me miró con un profundo resentimiento. Su hermana gritaba "Did you eat?" La niña no respondió. Toda su familia celebraba su "ingenio" para inventar. Lo humano viene de una mano, de la capacidad de escribir. Esa humanidad, con esa misma mano, trata de arrebatarme todo lo que de humano hay en mí. 

Durante 12 años se dedicó a definirme, a explicarme por qué yo era humana, noble, buena. Destruyó lo que yo pensaba de mí para reconstruirlo desde su visión, su sociología barata, su psicología sacada de patito.com, su feminismo heteronormado. No quería a una compañera, quería un receptáculo. Guardé silencio, no volví a decirle en público que estaba equivocado. No volví a decirle a él que estaba equivocado. Cuando volví a hacerlo vinieron las "charlas" a las tres de la mañana, para hablar más tranquilos, que duraban hasta las 5 o 6, que me destrozaban, que me dejaban en un ambiente de incredulidad. "Ya son las 5, entonces tú aceptas que tenemos que continuar con esta estructura". Yo jamás dije que aceptaba, pero no lograba entender qué pasaba. Yo jamás hablé. 

Ahora eres eso, ese sujeto que se empeña en configurarme, ten hacerme quien quieres. Me he salido de tu control y ahora buscas desesperadamente construirme bajo los términos que te resultan más cómodos. No te dejé porque era infeliz contigo, te eché, injustamente. Así como tanto insististe ante todos que humano viene de mano, así pretendes robarme la humanidad. 

¿Alguna vez te preguntaste por qué nunca hable contigo? ¿Por qué mis silencios? Yo sí, ahora lo sé. 


lunes, 23 de febrero de 2026

La traición de la memoria

 Cada que mi memoria orbita ese circuito de pensamientos que se construyen tras vivir doce años con un narcisista, lo leo. Es sorprendente cómo cada una de sus palabras revelan, con abrumante claridad, quién es él: un niño abandonado en los bombazos en un país que jamás ha podido salir del resentimiento. Llama resentidos a todos; desde su falsa posición de superioridad trata de justificar su violencia. Ojalá no te encuentre jamás, nunca, en otra vida. Ojalá puedas desaparecer para siempre de nuestras vidas, porque mi deseo es que desaparezca tu violencia, pero tú eres ella. 

sábado, 11 de octubre de 2025

El descenso al infierno. Deméter

 

Siempre he ido por la vida olvidando distraídamente, pasando sin ver, viendo sin recordar, recordando sin saber dónde -como si fueran sueños, impresiones-, soñando como si fuera la realidad. Siempre pensé que lo mejor era no recordar nada. La vida es más fácil si olvido. Olvido nombres, olvido hechos, olvido acontecimientos y olvido sueños. En alemán sueño se dice Trauma. 

De niña olvidé el rostro de mi madre. Una mujer sin rostro me aterrorizaba en mis sueños. Esa mujer sin rostro se me presentó un día: yo no la reconocí. 


Olvidé el nombre, el rostro, el olor de un hombre al que realmente quise amar y terminó por volverme añicos, por regresarme a la realidad, fuera de los sueños, con la angustia desbordada, fuera de mí. Recuerdo un mar gris, un mar embravecido. Recuerdo a mi padre decirme: “lanza una botella al mar para que te escuchen”. Esa voz no tiene rostro. Años después esa voz, proveniente de otras fibras, de otra garganta, sin rostro me dijo del otro lado del teléfono: no voy a llegar. 


 “Me siento fuera de mí, Martha. No estoy en mí, es como si me hubieran lanzado muy lejos, muy lejos de mí y sólo quedara un cuarto amarillo”. ¿Por qué un cuarto amarillo? Amarillo era un cuarto, pero no recuerdo cuál ni de dónde. Era amarillo casi mostaza y olía a salitre. ¿De dónde es ese cuarto? “La tristeza tiene un color amarillo”. 


La vida es más llevadera si no ves, si no observas, si no recuerdas. “Si no lo recuerdo, no pasó”, se dice de broma. Quizás es mejor no recordar. “Solo tiene la conciencia limpia quien tiene mala memoria”, otra frase que me gustaba repetir siempre. 


Tengo la conciencia limpia, pero en mí se esconde una culpa extraña. ¿Fue mi culpa estar en ese cuarto amarillo? ¿Ese cuarto amarillo era mi castigo por haberlos obligado a mi vida? En ese cuarto se presenta una mujer sin rostro, una mujer que lloraba en una esquina a la que le pregunto ¿qué te pasa? y ella comienza a reír.


 ¿Con qué ríe una mujer sin rostro?


Hoy, un año después de que decidí dejar doce años enterrados, olvidarlo todo, él me obliga a desanudarlo para tejerlo en una “narrativa”. Lo escribo, lo recuerdo, me perturba recordar sus palabras, su olor, su mirada de desprecio. Me atormenta la culpa de saber que quizás yo hubiera podido rescatar a ese niño maltratado, me remuerde saber que “no son malas personas”, pero lo son. Son malas personas siempre que intentan arrebatarme lo único que no estoy dispuesta a olvidar, el único rostro que recuerdo con precisión, el único olor que soy capaz de describir, de reconocer, de saber que es el olor de mis entrañas: ese olor a sangre interior, a sangre no oxidada, a sangre que circula y vive y brota y es mía. Ese rostro que me obliga a recordarme. 


Yo quería ser feliz y amar y pasar la vida olvidando, perdida en los brazos de un hombre que ha sabido quedarse, olvidarme en él, entregarme a él como lo hago cada vez que estoy en su pecho. Pero un hombre con cara de crueldad me obliga a recordar y a escribirlo todo. Anoto para no olvidar en mi narrativa judicial que unos hombres le toman fotos y videos por solicitud de él. Anoto para referir que uno de esos hombres es el testigo de la declaración falsa que hace en su demanda. Anoto que él miente y usa la voz de mi hija para arrebatármela, para arrebatarme mi voz.

 

Entonces anoto la palabra “negligencia” para relatar el olvido en la escuela y el abandono en la alberca. El abandono que veo en mi sangre como un brote que viene de mí. Ese abandono de mi padre, primero -ese hombre con cara de tiburón en mis sueños-, el de mi madre. Ese abandono que me condenó a un cuarto amarillo del que trato desesperadamente de salvarme en mi hija. Pero ella no es yo, no es esa niña abandonada a un cuarto amarillo que ya no existe, que ahora es blanco y ya no es un cuarto y que no estoy segura de que haya existido. Siento su dolor como si fuera el mío y sin embargo, ella me tiene a mí. Me aterra pensar que en su memoria mi rostro se pierda en una luz que resplandece, que mi olor no lo reconozca, que sus manos y su boca olviden mi tacto; me aterra porque yo no tengo ese recuerdo, porque es más fácil olvidar el abandono, el dolor, el terror a despertar y ver ese cuarto amarillo vació: sólo él y yo. 


Afuera está mi abuela. Mi abuela que ya no está. 

martes, 16 de septiembre de 2025

El reencuentro

 -Le propuse matrimonio a mi chofer. 

-¿Qué? ¿Tan desesperada estás?

-Me dijo que no, que no tiene nada que ofrecerme.


-Te encontraste con alguien honesto, ¿qué habrías hecho si te hubiera dicho que sí?


-Pues me caso. 


Así era ella. Siempre con arrebatos. Esa noche el Mayordomo no estaba en la calle. Fue extraño que en medio de ese fraccionamiento que apenas si se poblaba el único perro que vigilaba las calles no estuviera. Siempre sale a buscar a los paseantes. Se habrá perdido en la noche. No hay luna. 


Me bajé del taxi en la esquina de la calle. Pensaba en cuánto tiempo tardaría en poblarse toda esa zona, ya a las orillas de la ciudad, ya en medio de un crecimiento que se auguraba acelerado y que, sin embargo, parecía tan lento. Entonces la vi. Me alcanzó a media calle. No la invité a pasar a mi casa, vivía solo. Me había separado ya de mi esposa y había dejado a todos mis hijos y a sus hijos atrás. Podría haberla invitado, era una mujer brillante y hermosa. Siempre me pareció que tenía una luz propia que todo lo iluminaba. Ese día parecía que la poca luz de la calle provenía de ella. Pensé en mis hijos y en su madre. Recordé el cuerpo de aquella otra mujer que jamás sería mía. Ni la hija que nacería de nuestros encuentros sería mía.


La veía. Ella, con su sonrisa despreocupada, con su conversación desenfadada, allí parada en medio de la calle, era la síntesis de todas las mujeres. Su nombre era sagrado porque ella era todos los nombres. La sonoridad de su nombre sonaba a agua, a luz, a mar. 


Estaba allí, admirándola en ese vestido blanco y no la invité a pasar a mi casa. ¿Qué más daba si mis hijos ya no estaban conmigo, si había cambiado toda mi vida por estar con la única mujer que jamás fue mía? ¿Por qué no intentarlo de nuevo? ¿Por qué no abrazarla a mi pecho hasta que todo estuviera perdido?


-No andes buscando con quien casarte, le dije. -Se rió. Su risa lo llenaba todo-. 


-¿Me recordarás? ¿Cuando todo esto esté poblado, cuando la ciudad crezca tanto que no puedas abarcarla más con la mirada, cuando tus hijos hayan crecido, cuando tus mujeres desaparezcan de tu memoria, me recordarás?


-No entiendo. ¿Por qué tendría que recordarte?


-Porque el tiempo a todos nos olvida. Porque por muy profundo que sea el amor se pierde como la vista frente al mar. 


-Pero se queda en el mar y siempre regresa.


-Ese es el problema. Todos somos un quebrar de ola, pocos son horizonte permanente. 


-El horizonte tampoco es permanente.


-Pero es horizonte y marca un rumbo. Todos tratamos de llegar al horizonte y en medio descubrimos galaxias.


-Marca una rumbo a la perdición. Es mejor quedares a la orilla y quebrar en la arena.


La abracé en medio de la calle, la sentí tan mía y tan lejana. Era ella y era todo el universo en unos ojos alegres. Sus labios se separaron pero jamás me besaron.


-Algún día, cuando la ciudad se nos haya perdido -dijo en mis brazos-, quizás en otra vida, una mujer te buscará como quien busca el horizonte. Seremos nosotros en otros cuerpos. 


Se fue con ese caminar de oleaje. Se perdió en la noche, como ese perro negro que no regresó hasta el siguiente día. Días más tardes me llamaron para solicitar mi presencia en su sepelio. “Ella murió el miércoles de la semana pasada. Desapareció desde días y apenas la encontraron. Sabemos que murió el miércoles”.

 

Era imposible. Yo la vi después de ese día que supuestamente murió. Era imposible porque la sentí. Sabía que era ella. Su risa y su alegría todo lo llenaba. Su mirada era clara, su voz era humana.


Pensaba morir a los 65 años. Ahora estoy viviendo de más. La ciudad se pobló, la ciudad nos devoró y nos robó la vista al horizonte. Ella ya había caído en el olvido. La había olvidado por completo. Mis hijos crecieron. Perdí a mi hija secreta. Tuve otros hijos que llevaron su pesar a otros mundos, a otros rumbos. Después de años sin ver a mi hija, por fin nos reencontramos. La vi, con la mirada perdida en un anhelado horizonte. 


-La vida es solo un quebrar de olas. Un día sabrás que el objetivo era la búsqueda, no llegar al horizonte. -Me miró con la misma claridad e inteligencia de aquella mujer. Entonces la recordé. Te recordé. Sentí culpa por haberte olvidado.


-Soy del mar. Soy ya de ese horizonte -dijo mi hija.


-La vida es solo una ilusión. Devuelve tu búsqueda al mar. 


Por eso me acordé de ti. Vi en ella ese anhelo, esa inteligencia, esa búsqueda sin rumbo y esa ilusión por vivir, por encontrar lo que está más allá del mar. También a ella la abandoné por buscar el horizonte y ahora ella lo busca desesperada. Tiene los ojos llenos de un hombre al que le juró amor eterno, como algún día lo hice yo también con un fantasma. Pero ella no eres tú, pero ella también es un fantasma.   

miércoles, 16 de julio de 2025

Los ciclos

La parábola de la Hidra para entender el duelo no es, para nada, descabellada. Así es el dolor por la muerte, por la separación, por la ausencia: esa forma de no estar, de no ser, que pesa tanto, que duele tanto, que quema, que arranca el llanto desde lo más profundo del sueño, que perturba hasta las fuerzas para sobrevivir. Pasan los días, los meses, los años y hay allí una presencia -la ausencia- que parece no irse jamás, que pesa en cada parte del cuerpo, que duele en cada centímetro, que se nota en las manos, en el aire. Es esa Hidra a la que se le arranca una cabeza para ver nacer otras más. Descendiente de Tifón, resguarda la entrada al inframundo. 

"Han pasado meses y no lo creo. No creo que ya no está. Entro a su casa y la busco, mi cuerpo la busca allí sentada en su sillón". "Soñé con ella. Soñé que me decía que iría a misa, que yo no podía detenerla, que no me oía, solo se iba, pero yo sabía que no iba a volver". "Me quema el aire cuando respiro. Quisiera tanto desaparecer, morirme y, sin embargo, estoy condenada a estar viva". "Lo vi allí tendido, con su cuerpo de ángel. Se veía tan hermoso. Era mi hijo, mi chiquito. Me arrancaron la vida del pecho". "Siento aún el calor de su cuerpo a mi lado, siento el peso de sus brazos en mi cuerpo; pero no está". 

Hoy, tras cauterizar cabezas, tras dejar que cada uno de esos recuerdos, que cada una de esas ausencias tomara forma -su verdadera forma-, se han ido; han despedido y frente a mí sólo veo una lejanía, un mar verde detrás de un amasijo verde. Me veo hecha agua, como ese río en calma que soñé en sus brazos, cuando pensé que se había ido para siempre, cuando supe que la tristeza es blanca con ojos de conejo. Las vi, las abracé, las amé, dejé de temerles, las honré con mi llanto de años, de cada noche y se fueron. Esas ausencias me miraron desde lejos, ya no con tristeza, ya no con reclamos, ya sin dolor, y pudieron bajar al inframundo, donde los espera el campo de asfódelos, el río Estigia y después el abrazo de Leteo. Me quedo aquí, en este río manso, verde, profundo que soy ahora, en el que me he convertido, en calma y libertad para extenderme, quizás un día desemboque en mar o quizás muera antes, pero esta fuerza -esta libertad- es lo que llaman, supongo, cerrar ciclos. 

Esa presencia cruel a la que alguna vez quise amar se fue sin más dolor, sin culpa, sin rencor. ¡Qué seas libre! Esa ausencia que tanto ha dolido, que encarnó las múltiples formas de ser abuela, también se ha despedido ya, me ha soltado la mano por fin, y ya no duele saberme desamparada, sola en un mundo amplio y apenas alumbrado por las estrellas. Ese dolor que vi en otras por la ausencia y que cargué en mí se han ido también. De mi emana agua, así también lo soñé. Frente a mí sólo hay un hombre de ojos abiertos y mirada clara, que me extiende su mano para llenar la bastedad del mundo. A mi lado, en mi otra mano, ella, que tiene que construir su mundo y a quien debo enseñarle cómo encontrarlo. Mi hija, que me amarra a la vida y a la prudencia, que me devuelve una sonrisa confiada. Ya no hay nada más. Los fantasmas se han ido. 

Vendrán otros.

Vendrán nuevas ausencias, nuevas pérdidas, pero ahora todo es una completa inmensidad.  

domingo, 6 de julio de 2025

Un fantasma

 Cuando me operé los ojos estuve quince días sin ver; siete sintiendo un dolor profundo. Al principio nada dolía. Veía cosas como fantasmas, espectros que parecían más adivinados que con forma; pero el dolor se presentía en cada parte de mis ojos, de mi rostro. Era apenas algo que estaba tomando forma, algo que era más una intuición que un hecho y así llegó, no tan de repente, el dolor más insoportable que jamás habría imaginado, un dolor que me impedía gritar, que me impedía llorar, que me impedía pedir ayuda, solo sentía moriría. Me sabía sola y en la ceguera, que no era oscura, que no era clara, sólo no veía. Todo era como un plasma sin forma, sin trazos, sin luz, sin ausencia de ella. Sin sombras. Una madeja de lo que alguna vez fue mi vista. Los segundos eran insoportables. La exigencia de un sufrimiento pasivo, sin desmayo, sin descanso, fue un tan fuerte… tan insoportable,  y sin embargo siempre tuve el consuelo de que el dolor pasaría, de que volvería a ver, de que la arena de mis ojos dejaría de herirme, de que finalmente olvidaría el dolor y sólo lo recordaría como lo más doloroso de mi vida. 

Así pasó. Poco a poco el dolor fue disminuyendo. A mí alrededor sólo tuve compasión. Todos me cuidaron, me procuraron, pero nadie me quitó el dolor. Me pregunto si era necesario o si era posible y preferible evitarlo. El dolor pasó. Un día comencé a ver, un día la arena empezó a disminuir, pude volver a comer norma, a dormir normal. El proceso aún era largo, aún me tomaría meses sanar por completo, y aún me faltaba tiempo para dejar de sentir ese dolor inconsciente que me acosaba en sueños. 

Ese fue el dolor más fuerte de mi vida antes de ti. Jamás había sentido que el alma se consume y me quemaba por dentro hasta hacerme arder la piel, hasta tener la necesidad de meterme en agua fría mucho rato, tanto rato como fuera posible para apagar un poco ese ardor que me corroía los huesos, la sangre, el alma, para enfriar ese aire que me abrasaba los pulmones. Lloré y grité, me revolqué en el piso, sudé como jamás había sudado. Pero no podía morir. Toda yo era un charco de mí. Sentía y vería como me consumía en un dolor indescriptible, indescifrable: ¿qué era dolor del alma? ¿Cuál era de mi cuerpo? ¿En qué punto era mi mente? 


Algo vino a abrazarme. Algo que no veía pero que no me conocía de nada, que no entendía mi lengua, pero sí mi dolor. Creo que era ella, por su voz. Ella me contuvo, me sacó del agua fría. En su lengua trataba de tranquilizarme, de decirme que todo pasará: “proći će”. Pensé que era italiano, después lo entendí todo, pero sus palabras se grabaron en mi mente. Quise seguir suplicando, seguir rogando. Quise explicarme: “proći će", me quitó el celular de las manos. Me limpié el dolor de los ojos porque eso ya no era lágrimas. Me metí a la cama. No dormí. Por unos minutos sentí calma, sentí que todo estaba bien, que no se había roto todo, que no me habías vuelto un malentendido. Me quedé allí viendo la nada, sin saber si dormía o lloraba. Sin ver nada: solo un amasijo de recuerdos que se disolvían ante mi rostro. 


 Al siguiente día la puerta estaba cerrada, no sé cómo entró o quién era ese fantasma. No la volví a ver. Sé que no había nadie, que estuve sola toda la noche, pero también sé que esas manos eran familiares, que eran las manos de consuelo de mi abuela, ¿pero por qué me hablaba en otra lengua? No podía despedirme. Estoy ataca a este mundo y tuve que salir. El dolor me debilitó tanto que no pude comer ni dormir ni hablar. Una pequeña fuerza surgió en mí y eso me mantuvo con vida, lo sé. Pero también sé que perdí las ganas de estar en este mundo. Un mundo sin ti. No quiero ese mundo.


De pronto tuve la certeza de que la historia más poética del universo no podía terminar en un asunto de egos, en dos heridas profundas. Tuve fuerzas para intentar luchar, sin rogar, sin suplicarte más, sin explicarme, sin exhibirme, solo para luchar por ti porque todo contigo, y sólo contigo, tiene sentido.