sábado, 11 de octubre de 2025

El descenso al infierno. Deméter

 

Siempre he ido por la vida olvidando distraídamente, pasando sin ver, viendo sin recordar, recordando sin saber dónde -como si fueran sueños, impresiones-, soñando como si fuera la realidad. Siempre pensé que lo mejor era no recordar nada. La vida es más fácil si olvido. Olvido nombres, olvido hechos, olvido acontecimientos y olvido sueños. En alemán sueño se dice Trauma. 

De niña olvidé el rostro de mi madre. Una mujer sin rostro me aterrorizaba en mis sueños. Esa mujer sin rostro se me presentó un día: yo no la reconocí. 


Olvidé el nombre, el rostro, el olor de un hombre al que realmente quise amar y terminó por volverme añicos, por regresarme a la realidad, fuera de los sueños, con la angustia desbordada, fuera de mí. Recuerdo un mar gris, un mar embravecido. Recuerdo a mi padre decirme: “lanza una botella al mar para que te escuchen”. Esa voz no tiene rostro. Años después esa voz, proveniente de otras fibras, de otra garganta, sin rostro me dijo del otro lado del teléfono: no voy a llegar. 


 “Me siento fuera de mí, Martha. No estoy en mí, es como si me hubieran lanzado muy lejos, muy lejos de mí y sólo quedara un cuarto amarillo”. ¿Por qué un cuarto amarillo? Amarillo era un cuarto, pero no recuerdo cuál ni de dónde. Era amarillo casi mostaza y olía a salitre. ¿De dónde es ese cuarto? “La tristeza tiene un color amarillo”. 


La vida es más llevadera si no ves, si no observas, si no recuerdas. “Si no lo recuerdo, no pasó”, se dice de broma. Quizás es mejor no recordar. “Solo tiene la conciencia limpia quien tiene mala memoria”, otra frase que me gustaba repetir siempre. 


Tengo la conciencia limpia, pero en mí se esconde una culpa extraña. ¿Fue mi culpa estar en ese cuarto amarillo? ¿Ese cuarto amarillo era mi castigo por haberlos obligado a mi vida? En ese cuarto se presenta una mujer sin rostro, una mujer que lloraba en una esquina a la que le pregunto ¿qué te pasa? y ella comienza a reír.


 ¿Con qué ríe una mujer sin rostro?


Hoy, un año después de que decidí dejar doce años enterrados, olvidarlo todo, él me obliga a desanudarlo para tejerlo en una “narrativa”. Lo escribo, lo recuerdo, me perturba recordar sus palabras, su olor, su mirada de desprecio. Me atormenta la culpa de saber que quizás yo hubiera podido rescatar a ese niño maltratado, me remuerde saber que “no son malas personas”, pero lo son. Son malas personas siempre que intentan arrebatarme lo único que no estoy dispuesta a olvidar, el único rostro que recuerdo con precisión, el único olor que soy capaz de describir, de reconocer, de saber que es el olor de mis entrañas: ese olor a sangre interior, a sangre no oxidada, a sangre que circula y vive y brota y es mía. Ese rostro que me obliga a recordarme. 


Yo quería ser feliz y amar y pasar la vida olvidando, perdida en los brazos de un hombre que ha sabido quedarse, olvidarme en él, entregarme a él como lo hago cada vez que estoy en su pecho. Pero un hombre con cara de crueldad me obliga a recordar y a escribirlo todo. Anoto para no olvidar en mi narrativa judicial que unos hombres le toman fotos y videos por solicitud de él. Anoto para referir que uno de esos hombres es el testigo de la declaración falsa que hace en su demanda. Anoto que él miente y usa la voz de mi hija para arrebatármela, para arrebatarme mi voz.

 

Entonces anoto la palabra “negligencia” para relatar el olvido en la escuela y el abandono en la alberca. El abandono que veo en mi sangre como un brote que viene de mí. Ese abandono de mi padre, primero -ese hombre con cara de tiburón en mis sueños-, el de mi madre. Ese abandono que me condenó a un cuarto amarillo del que trato desesperadamente de salvarme en mi hija. Pero ella no es yo, no es esa niña abandonada a un cuarto amarillo que ya no existe, que ahora es blanco y ya no es un cuarto y que no estoy segura de que haya existido. Siento su dolor como si fuera el mío y sin embargo, ella me tiene a mí. Me aterra pensar que en su memoria mi rostro se pierda en una luz que resplandece, que mi olor no lo reconozca, que sus manos y su boca olviden mi tacto; me aterra porque yo no tengo ese recuerdo, porque es más fácil olvidar el abandono, el dolor, el terror a despertar y ver ese cuarto amarillo vació: sólo él y yo. 


Afuera está mi abuela. Mi abuela que ya no está. 

martes, 16 de septiembre de 2025

El reencuentro

 -Le propuse matrimonio a mi chofer. 

-¿Qué? ¿Tan desesperada estás?

-Me dijo que no, que no tiene nada que ofrecerme.


-Te encontraste con alguien honesto, ¿qué habrías hecho si te hubiera dicho que sí?


-Pues me caso. 


Así era ella. Siempre con arrebatos. Esa noche el Mayordomo no estaba en la calle. Fue extraño que en medio de ese fraccionamiento que apenas si se poblaba el único perro que vigilaba las calles no estuviera. Siempre sale a buscar a los paseantes. Se habrá perdido en la noche. No hay luna. 


Me bajé del taxi en la esquina de la calle. Pensaba en cuánto tiempo tardaría en poblarse toda esa zona, ya a las orillas de la ciudad, ya en medio de un crecimiento que se auguraba acelerado y que, sin embargo, parecía tan lento. Entonces la vi. Me alcanzó a media calle. No la invité a pasar a mi casa, vivía solo. Me había separado ya de mi esposa y había dejado a todos mis hijos y a sus hijos atrás. Podría haberla invitado, era una mujer brillante y hermosa. Siempre me pareció que tenía una luz propia que todo lo iluminaba. Ese día parecía que la poca luz de la calle provenía de ella. Pensé en mis hijos y en su madre. Recordé el cuerpo de aquella otra mujer que jamás sería mía. Ni la hija que nacería de nuestros encuentros sería mía.


La veía. Ella, con su sonrisa despreocupada, con su conversación desenfadada, allí parada en medio de la calle, era la síntesis de todas las mujeres. Su nombre era sagrado porque ella era todos los nombres. La sonoridad de su nombre sonaba a agua, a luz, a mar. 


Estaba allí, admirándola en ese vestido blanco y no la invité a pasar a mi casa. ¿Qué más daba si mis hijos ya no estaban conmigo, si había cambiado toda mi vida por estar con la única mujer que jamás fue mía? ¿Por qué no intentarlo de nuevo? ¿Por qué no abrazarla a mi pecho hasta que todo estuviera perdido?


-No andes buscando con quien casarte, le dije. -Se rió. Su risa lo llenaba todo-. 


-¿Me recordarás? ¿Cuando todo esto esté poblado, cuando la ciudad crezca tanto que no puedas abarcarla más con la mirada, cuando tus hijos hayan crecido, cuando tus mujeres desaparezcan de tu memoria, me recordarás?


-No entiendo. ¿Por qué tendría que recordarte?


-Porque el tiempo a todos nos olvida. Porque por muy profundo que sea el amor se pierde como la vista frente al mar. 


-Pero se queda en el mar y siempre regresa.


-Ese es el problema. Todos somos un quebrar de ola, pocos son horizonte permanente. 


-El horizonte tampoco es permanente.


-Pero es horizonte y marca un rumbo. Todos tratamos de llegar al horizonte y en medio descubrimos galaxias.


-Marca una rumbo a la perdición. Es mejor quedares a la orilla y quebrar en la arena.


La abracé en medio de la calle, la sentí tan mía y tan lejana. Era ella y era todo el universo en unos ojos alegres. Sus labios se separaron pero jamás me besaron.


-Algún día, cuando la ciudad se nos haya perdido -dijo en mis brazos-, quizás en otra vida, una mujer te buscará como quien busca el horizonte. Seremos nosotros en otros cuerpos. 


Se fue con ese caminar de oleaje. Se perdió en la noche, como ese perro negro que no regresó hasta el siguiente día. Días más tardes me llamaron para solicitar mi presencia en su sepelio. “Ella murió el miércoles de la semana pasada. Desapareció desde días y apenas la encontraron. Sabemos que murió el miércoles”.

 

Era imposible. Yo la vi después de ese día que supuestamente murió. Era imposible porque la sentí. Sabía que era ella. Su risa y su alegría todo lo llenaba. Su mirada era clara, su voz era humana.


Pensaba morir a los 65 años. Ahora estoy viviendo de más. La ciudad se pobló, la ciudad nos devoró y nos robó la vista al horizonte. Ella ya había caído en el olvido. La había olvidado por completo. Mis hijos crecieron. Perdí a mi hija secreta. Tuve otros hijos que llevaron su pesar a otros mundos, a otros rumbos. Después de años sin ver a mi hija, por fin nos reencontramos. La vi, con la mirada perdida en un anhelado horizonte. 


-La vida es solo un quebrar de olas. Un día sabrás que el objetivo era la búsqueda, no llegar al horizonte. -Me miró con la misma claridad e inteligencia de aquella mujer. Entonces la recordé. Te recordé. Sentí culpa por haberte olvidado.


-Soy del mar. Soy ya de ese horizonte -dijo mi hija.


-La vida es solo una ilusión. Devuelve tu búsqueda al mar. 


Por eso me acordé de ti. Vi en ella ese anhelo, esa inteligencia, esa búsqueda sin rumbo y esa ilusión por vivir, por encontrar lo que está más allá del mar. También a ella la abandoné por buscar el horizonte y ahora ella lo busca desesperada. Tiene los ojos llenos de un hombre al que le juró amor eterno, como algún día lo hice yo también con un fantasma. Pero ella no eres tú, pero ella también es un fantasma.   

miércoles, 16 de julio de 2025

Los ciclos

La parábola de la Hidra para entender el duelo no es, para nada, descabellada. Así es el dolor por la muerte, por la separación, por la ausencia: esa forma de no estar, de no ser, que pesa tanto, que duele tanto, que quema, que arranca el llanto desde lo más profundo del sueño, que perturba hasta las fuerzas para sobrevivir. Pasan los días, los meses, los años y hay allí una presencia -la ausencia- que parece no irse jamás, que pesa en cada parte del cuerpo, que duele en cada centímetro, que se nota en las manos, en el aire. Es esa Hidra a la que se le arranca una cabeza para ver nacer otras más. Descendiente de Tifón, resguarda la entrada al inframundo. 

"Han pasado meses y no lo creo. No creo que ya no está. Entro a su casa y la busco, mi cuerpo la busca allí sentada en su sillón". "Soñé con ella. Soñé que me decía que iría a misa, que yo no podía detenerla, que no me oía, solo se iba, pero yo sabía que no iba a volver". "Me quema el aire cuando respiro. Quisiera tanto desaparecer, morirme y, sin embargo, estoy condenada a estar viva". "Lo vi allí tendido, con su cuerpo de ángel. Se veía tan hermoso. Era mi hijo, mi chiquito. Me arrancaron la vida del pecho". "Siento aún el calor de su cuerpo a mi lado, siento el peso de sus brazos en mi cuerpo; pero no está". 

Hoy, tras cauterizar cabezas, tras dejar que cada uno de esos recuerdos, que cada una de esas ausencias tomara forma -su verdadera forma-, se han ido; han despedido y frente a mí sólo veo una lejanía, un mar verde detrás de un amasijo verde. Me veo hecha agua, como ese río en calma que soñé en sus brazos, cuando pensé que se había ido para siempre, cuando supe que la tristeza es blanca con ojos de conejo. Las vi, las abracé, las amé, dejé de temerles, las honré con mi llanto de años, de cada noche y se fueron. Esas ausencias me miraron desde lejos, ya no con tristeza, ya no con reclamos, ya sin dolor, y pudieron bajar al inframundo, donde los espera el campo de asfódelos, el río Estigia y después el abrazo de Leteo. Me quedo aquí, en este río manso, verde, profundo que soy ahora, en el que me he convertido, en calma y libertad para extenderme, quizás un día desemboque en mar o quizás muera antes, pero esta fuerza -esta libertad- es lo que llaman, supongo, cerrar ciclos. 

Esa presencia cruel a la que alguna vez quise amar se fue sin más dolor, sin culpa, sin rencor. ¡Qué seas libre! Esa ausencia que tanto ha dolido, que encarnó las múltiples formas de ser abuela, también se ha despedido ya, me ha soltado la mano por fin, y ya no duele saberme desamparada, sola en un mundo amplio y apenas alumbrado por las estrellas. Ese dolor que vi en otras por la ausencia y que cargué en mí se han ido también. De mi emana agua, así también lo soñé. Frente a mí sólo hay un hombre de ojos abiertos y mirada clara, que me extiende su mano para llenar la bastedad del mundo. A mi lado, en mi otra mano, ella, que tiene que construir su mundo y a quien debo enseñarle cómo encontrarlo. Mi hija, que me amarra a la vida y a la prudencia, que me devuelve una sonrisa confiada. Ya no hay nada más. Los fantasmas se han ido. 

Vendrán otros.

Vendrán nuevas ausencias, nuevas pérdidas, pero ahora todo es una completa inmensidad.  

domingo, 6 de julio de 2025

Un fantasma

 Cuando me operé los ojos estuve quince días sin ver; siete sintiendo un dolor profundo. Al principio nada dolía. Veía cosas como fantasmas, espectros que parecían más adivinados que con forma; pero el dolor se presentía en cada parte de mis ojos, de mi rostro. Era apenas algo que estaba tomando forma, algo que era más una intuición que un hecho y así llegó, no tan de repente, el dolor más insoportable que jamás habría imaginado, un dolor que me impedía gritar, que me impedía llorar, que me impedía pedir ayuda, solo sentía moriría. Me sabía sola y en la ceguera, que no era oscura, que no era clara, sólo no veía. Todo era como un plasma sin forma, sin trazos, sin luz, sin ausencia de ella. Sin sombras. Una madeja de lo que alguna vez fue mi vista. Los segundos eran insoportables. La exigencia de un sufrimiento pasivo, sin desmayo, sin descanso, fue un tan fuerte… tan insoportable,  y sin embargo siempre tuve el consuelo de que el dolor pasaría, de que volvería a ver, de que la arena de mis ojos dejaría de herirme, de que finalmente olvidaría el dolor y sólo lo recordaría como lo más doloroso de mi vida. 

Así pasó. Poco a poco el dolor fue disminuyendo. A mí alrededor sólo tuve compasión. Todos me cuidaron, me procuraron, pero nadie me quitó el dolor. Me pregunto si era necesario o si era posible y preferible evitarlo. El dolor pasó. Un día comencé a ver, un día la arena empezó a disminuir, pude volver a comer norma, a dormir normal. El proceso aún era largo, aún me tomaría meses sanar por completo, y aún me faltaba tiempo para dejar de sentir ese dolor inconsciente que me acosaba en sueños. 

Ese fue el dolor más fuerte de mi vida antes de ti. Jamás había sentido que el alma se consume y me quemaba por dentro hasta hacerme arder la piel, hasta tener la necesidad de meterme en agua fría mucho rato, tanto rato como fuera posible para apagar un poco ese ardor que me corroía los huesos, la sangre, el alma, para enfriar ese aire que me abrasaba los pulmones. Lloré y grité, me revolqué en el piso, sudé como jamás había sudado. Pero no podía morir. Toda yo era un charco de mí. Sentía y vería como me consumía en un dolor indescriptible, indescifrable: ¿qué era dolor del alma? ¿Cuál era de mi cuerpo? ¿En qué punto era mi mente? 


Algo vino a abrazarme. Algo que no veía pero que no me conocía de nada, que no entendía mi lengua, pero sí mi dolor. Creo que era ella, por su voz. Ella me contuvo, me sacó del agua fría. En su lengua trataba de tranquilizarme, de decirme que todo pasará: “proći će”. Pensé que era italiano, después lo entendí todo, pero sus palabras se grabaron en mi mente. Quise seguir suplicando, seguir rogando. Quise explicarme: “proći će", me quitó el celular de las manos. Me limpié el dolor de los ojos porque eso ya no era lágrimas. Me metí a la cama. No dormí. Por unos minutos sentí calma, sentí que todo estaba bien, que no se había roto todo, que no me habías vuelto un malentendido. Me quedé allí viendo la nada, sin saber si dormía o lloraba. Sin ver nada: solo un amasijo de recuerdos que se disolvían ante mi rostro. 


 Al siguiente día la puerta estaba cerrada, no sé cómo entró o quién era ese fantasma. No la volví a ver. Sé que no había nadie, que estuve sola toda la noche, pero también sé que esas manos eran familiares, que eran las manos de consuelo de mi abuela, ¿pero por qué me hablaba en otra lengua? No podía despedirme. Estoy ataca a este mundo y tuve que salir. El dolor me debilitó tanto que no pude comer ni dormir ni hablar. Una pequeña fuerza surgió en mí y eso me mantuvo con vida, lo sé. Pero también sé que perdí las ganas de estar en este mundo. Un mundo sin ti. No quiero ese mundo.


De pronto tuve la certeza de que la historia más poética del universo no podía terminar en un asunto de egos, en dos heridas profundas. Tuve fuerzas para intentar luchar, sin rogar, sin suplicarte más, sin explicarme, sin exhibirme, solo para luchar por ti porque todo contigo, y sólo contigo, tiene sentido. 

sábado, 28 de junio de 2025

Respuesta a la justificación de un narcisista

Parece muy conveniente, y hasta convincente, recurrir a las letras para justificar la crueldad, el desprecio y el afán de control. ¿Ojo vigilante de la inteligencia? Esa inteligencia lo llevó a ver cosas que no había, a ensuciar tanto el agua en la copa con su propia podredumbre y miseria, esa que lleva cargando años, de la que lleva huyendo unos tanto más; con la que contamina todo a su paso, aun un cuerpo de agua inmenso.

Resulta conveniente recurrir a Bourdieu para explicar el "resentimiento"; así hay justificación científica, intelectual y académica para ser un canalla, un torturador cruel que año tras año, día tras día, sistemáticamente, fue destruyendo el espíritu de alguien para acoplarlo a sus necesidades, a sus búsquedas y gustos; para encerrarlo en su propia soledad. ¿Esa persona realmente creerá, con todo su discurso de meritocracia de falsa "clases altas", que el resentimiento nace de haber allanado el camino? No hay resentimiento contra alguien que supo ser amorosa y cuidadosa con lo que tenía. Cierto que esa persona no existió, pero lo que hay es miedo a su violenta indecisión, no resentimiento. 

No. No es resentimiento. ¿Acaso esa persona cree que bajo la conciencia de que se es polvo y al polvo volveremos, alguien tiene espacio en su alma, en su mente, para el resentimiento? ¿Acaso cree él que es envidia? ¿Envidia de qué? ¿Envidia de no poder controlar los celos, de ejercer la crueldad de forma constante, la burla inmediata, la contradicción, la indecisión, el desprecio absoluto contra todos y todo? ¿Creerá él que el mundo envidia su inseguridad disfrazada de intelectualismo? ¿Creerá que se envidia su capacidad para pisotear a otros? ¿Qué caminos allanó? ¿Qué bien hizo? ¿Cuál es esa "clase destino"? ¿La clase en la que las madres violentan brutalmente a sus hijos constantemente? ¿Esa clase en la que los hijos se vuelven maridos de sus madres? ¿Esa clase que se caracteriza por maridos celosos, prepotentes y dominantes, pero ausentes y descuidados cuando de su madre se trata? ¿Esa clase en la que proliferan los maridos que señalan como "desagradecimiento" cualquier distancia que se trate de poner frente a la violencia sistemática de aquél que se cree de mejor familia? 

Bourdieu también tiene respuestas para esto, pero es claro que el uso de IA está sesgada para satisfacer al usuario y alejarlo de la autocrítica, para permitirle justificar su propia crueldad, ver en el otro un "errático" rumbo, para justificar haberse quedado "del otro lado de la orilla" cuando todo se volvía inundación, cuando todo se volvía caudal. Entonces él decidió no hacer nada y sólo permanecer en una orilla cuando la represa se volvía insostenible, cuando se le suplicó antes de dejar que todo se desbordara que parara con tanto golpe contra el dique de la represa. Era mejor establecer, como ritual, el sacrificio de la esposa y su hija para mantener contenta a su madre, procurar a sus amigos hipócritas -todos ellos, que ahora le ofrecen el hombro para sus falsos lloriqueos, intentaron robarle a la esposa-; era mejor insistir en su superioridad intelectual, presumir de su elevada inteligencia frente el estado terapéutico, pisotear a aquella que dice haber ayudado a ascender. ¿Ascender a qué?, ¿a dónde? 

Es fácil culpar al río del desastre cuando se contuvo durante tantos años y no se supo liberar, no se supo dejar en libertad. El agua siempre vuelve a su cause y las presas, prisiones, no lo son.

Resulta muy fácil y conveniente decir que se le ayuda a ascender a aquel al que primero se pisoteó, se maltrató, se desfiguró y se humilló. "¿Por qué es malagradecida, resentida, cruel y canalla aquella mujer que tras haber sido vejada de todas las formas me abandona con violencia, de forma súbita?", dice el narcisista al mundo, para mostrar su sufrimiento. 

"Súbita" es la palabra que resulta más indignante. Súbito: improvisto, repentino, precipitado, impetuoso o violento. ¿Súbito? ¿Será que confunde lo súbito con lo explícito? ¿De qué manera puede ser súbito algo que se advirtió de todas las formas tres años antes de "ocurrir"? Las rupturas no se dan de forma súbita, las rupturas se explicitan. Lo súbito es una justificación frívola. Esto suena a la disculpa, justificación o respuesta del negligente cuando el dique de una represa se rompe de forma "súbita". No se trató de negligencia en el mantenimiento, en la construcción, en la revisión, en el diseño, en poner más empeño en la fachada que en la estructura, en el cuidado de la represa, en permitir el flujo y la libertad del agua. No. Fue algo que ocurrió de forma súbita porque el agua es cruel y un "poco canalla", rasgo de todos los ríos. ¿Debió vigilar el dique? Lo vigiló, pero jamás con inteligencia. No se trataba de diseñar una prisión, se trataba de comprender el flujo del río. Quizás él por inteligencia, por intelecto elevado, se refiere a esa actitud prepotente por controlar todo, con crueldad, desprecio y humillación. 

No se trató nunca de vigilancia, ¿querría el señor vigilar el espíritu, el alma, los anhelos, el amor cual Dios que no es? Era tan fácil como escuchar. Bastaba escuchar cuantas veces se pidió que dejara de pisotear, que dejara de maltratar, que dejara de utilizar todas sus herramientas de "intelectual elevado" contra la persona que más lo quería sobre la tierra. Lo quería, es cierto, pero jamás hubo amor. El amor no puede prosperar en medio de la desconfianza, del desprecio, de la exigencia de agradecimiento, de pleitesía y sumisión. La sumisión se da, curiosamente, como consecuencia del amor, de esa necesidad amorosa que sentimos de pertenecer a alguien. De ese abandono involuntario al cuidado del otro.

Pero, ¿por qué maltratar tanto a quien sólo busca amar?, ¿a quien solo buscaba entrega sin lograrlo por la desconfianza mutua cada vez más abismal? ¿Porqué golpear y cimbrar tanto el dique para que el río demostrara que era leal, fiel, que cumplía el trato? ¿Por qué golpearlo más cuando el dique comenzó a romperse? ¿Por qué construir una fachada, pintarla y presumirla cuando el agua estaba a punto de romperlo todo? ¿Por qué insistir con los golpes, con la explosión, cuando el dique ya no tenía estructura? ¿Por qué aferrarse a los escombros de lo que él mismo rompió para contener el río?

Ahora llama "errático" el caudal del río que reposa "en otro" lecho, que sigue su camino al mar en libertad, con la fuerza propia de su naturaleza. Reposa en su lecho natural. Antinatural, errática, cruel es la represa que deforma, estanca, pudre, las figuras del agua. Si algún día el río desaparece no será por el errático caudal que adquirió tras haberlo roto todo, no de forma súbita, pero sí violenta; desaparecerá porque habrá muerto, como todas las cosas, como todo en esta tierra, porque "polvo somos y al polvo volveremos". Y precisamente porque me sé polvo y sé que al polvo volveré, no podía seguir viviendo con máscaras, dentro de una fachada en la que sólo había desprecio disfrazado de generosidad intelectual, en la que sólo había ofertas para construir una deuda, para exigir agradecimiento, donde sólo había desprecio -que pronto fue mutuo-, recelo, desconfianza y simulación. 

Cuarenta, cincuenta  o hasta cien años es en realidad poco tiempo de vida. A los treinta y siete entendí que la prisión en la que me encontraba destruida mis ganas de vivir, supe que un día iba a mirar atrás y me preguntaría ¿qué es el amor? ¿qué es la compañía? Ya había olvidado que se siente estar viva. Me reprocharía, pensaba en mi yo del futuro, el no haberme arriesgado a romper esa simulación que me aprisionaba.  Claro que quise querer al constructor de represas, y lo quise profundamente, le di todo el cariño que era capaz dar. Cada vez fue menor, naturalmente. Cada vez el cariño, el contacto, la compañía y el diálogo se mermaron a consecuencia del desinterés, las malas formas, los reclamos, los insultos, el deprecio, la humillación. Todo se cayó, pero no de forma súbita, cuando la violencia fue explícita, cuando el control se volvió delito, cuando se rompió el pacto de libertad para mantener una estructura para un fin específico, que no era más que otra trampa. Pero no se puede amar realmente en una prisión, no se puede amar en la turbulencia, en el maltrato constante, en el descuido, en la contaminación.  

Una gran pasión se suple con otra gran pasión. Pasión es lo que los ríos representan en esta vida. Pasión es lo que he podido conocer desde la libertad. Entrega, sumisión y amor fueron tres formas que la valentía y la confianza otorgan. La cobardía revestida de intelectualismo jamás podrá entenderlo. En los constructores de rancio abolengo, solo queda la venganza como única forma de pasión. Qué Dios nos ampare de su ira, de su toxicidad, de su podredumbre y de su perpetua negligencia. 

viernes, 7 de marzo de 2025

Lo perdido

 Estoy aquí, frente a la computadora redactando los fundamentos con pruebas de mi defensa ante la difamación que hoy sobre mí hace "mi parcerito". Lo único que nos pedimos hace 12 años fue siempre ser confidentes, ser cómplices y un equipo. Eso terminó hace tantos años y hoy, mientras recabo pruebas que remueven el dolor, que dejan ante mis ojos la evidencia de que no había solución ni vuelta atrás desde hace mucho tiempo me pregunto si vale la pena oscurecer todos los recuerdos que fueron buenos, si mancharlos con la marca del odio que ahora presentamos ante un juzgado.

Veo las capturas y veo "mi triunfo". Veo en ellas toda la violencia de S (su nombre poco a poco quedará sepultado para siempre). Encuentro en ellas la forma de que todos se den cuenta de lo violento que es, de que el mundo vea el infierno en el que viví los últimos años. Es la oportunidad de que mi voz tenga tono de verdad. Es lamentable que para que todos me crean tenga que exponer mi dolor, tenga que exponer el dolor de S. Al final toda esa violencia no era más que una rabieta que venía desde lo más hondo de su infancia. No peleaba contra mí, peleaba contra ese abandono de su madre; esa madre que no ha podido liberarse de su culpa, que por ella lo defiende como si fuera un niño de 4 años. 

Puedo verlos con compasión. Puedo entender qué pasa en ellos y me pregunto si me atreveré a mostrarlo todo. ¿Hay aún algo de complicidad entre nosotros? ¿Acaso esa exposición de celos, de inseguridades, de desesperación debe salir a luz aún cuando en ese momento confiamos el uno en el otro al grado tal de dejar salir todo eso? Los abogados incitarán a ellos. Sin embargo yo no puedo sino recordar a aquél al que en su momento quise querer. Recuerdo sus ojos siempre abrumados, su mirada vacía, su anhelo desesperado por ser amado. Recuerdo cuánto me esforcé en quererlo hasta que lo quise, poco a poco, hasta que encontré en él la bondad, el lado amable, la parte ligera. Ese enamoramiento duró tan poco y fue cada vez más difícil ver a ese niño abandonado llorando por su madre. Ese niño que tantas veces me retrataron desde el dolor, la culpa, desde el llanto, movió fibras muy hondas en mí y decidí quedarme, decidí abrazar a ese niño, hasta que se volvió caníbal. 

S, la madre de S, también sufre su propia batalla. Pensé en ir contra ella, en mostrar toda la violencia que alguna vez desplegó contra mí. Sus intentos de ninguneo, su afán de resaltar mi "inferioridad" frente a su hijo y luego esa excesiva generosidad que generaba, sin duda, una confusión constante. ¿Te doy cosas para que te dejes golpear o te golpeo pero me disculpo regalándote cosas? Al final nada es personal, quizás S intentará ir contra S, mi hija. Quizás S intenté golpearme golpeándola a ella. Quizás sólo intenta desquiciarme. ¿Quiero yo desquiciarlo? Quizás baste que el mundo sepa que salí de esa relación con la cabeza en alto, en mucha fuerza, con mucha tranquilidad y mucho amor contenido para darlo a quien supiera amar mi alma rota. Quizás baste gritarle al mundo que soy feliz pese a los momentos de sufrimiento que S sigue propinándome. ¿Si el mundo supiera que casi muero por intentar permanecer a su lado, que no podía más, que mis años más felices con él fueron cuando no estuvo conmigo? 

Sí, yo fui muy feliz en Alemania, fui muy feliz en Xalapa y soy muy feliz sabiendo que ya no está en mi vida. Nunca existió entre nosotros la completa felicidad, pero es cierto que en algún momento lo quise, y lo quise mucho. Quizás jamás logré amarlo. Ahora sé qué es amar y lo bien, lo tranquilo, lo seguro que se siente hacerlo. A veces siento malestar de saber, de darme cuenta, que pese a todo mi esfuerzo, no pude amarlo. Quizás si antes me hubiera dado cuenta de que eso no era amor, que sus celos no eran amor, que su violencia no era amor, que su manipulación no era amor, y que mi sometimiento no era amor, que mi sumisión no era amor, que mi resistencia no era amor, lo habría dejado para que buscara a alguien que sí pudiera amarlo. Pero ahora podrá hacerlo, podrá encontrar quien pueda amarlo de verdad. 

No lo haré. No mostraré su dolor, su llanto de niño abandonado. Seguiré abrazando ese niño que vi en él y que quise tanto, ese niño que me hizo anhelar a S. Me defenderé y defenderé eso lugar de confidencia, ese lugar que alguna vez tuvo forma de cariño. Me protegeré y lo protegeré a él de sí mismo. Será mi último acto de cariño: tenerle compasión. 

sábado, 8 de febrero de 2025

Mis razones

 Nunca imagé que para ganarlo todo había que renunciar a todo. No sólo renuncié a una idea de familia, de futuro, de prosperidad, de intelectualidad y de comodidad. Había partes de mí que se aferraban a ver el mundo de la misma forma como lo había visto a lo largo de 12 años. Era un mundo que juntos habíamos imaginado y que habíamos construido para nosotros. Pero, pese a su amplitud, era un mundo que me oprimía, contra el que tenía que empujar constantemente. Sentí el cansancio, el odio, la angustia, el ahogo. Me estaba ahogando en una presión que se disfrazaba de amor. "Y yo que sólo quiero una vida leve" pensé una vez que a las tres de la mañana me despertó para explicarme por qué yo no podía querer una relación diferente. Esa noche pensé que yo lo había querido mucho, había apostado mucho por él. Le di todo lo que era hasta quedarme vacía, hasta perder todas mis fuerzas, hasta sentir que el aire se escapaba de mí. Dejé de correr y me quedé de pie y lo vi alejarse cada vez más. Él corría hacia un lugar que yo identifiqué como el abismo. ¿Por qué no soy capaz de seguirlo? ¿Cuándo lo dejé de querer? Eran preguntas que yo me hacía viéndolo a la cara, viendo sus "esfuerzos" por proyectar la idea de una familia ¿feliz? 

Se trata de un hombre celoso, siempre lo ha sido. Pero ¿cómo no iba a ser celoso si siempre tuvo la intención -cuando no la acción- de engañarme? No sólo es un hombre descuidado, también es fanfarrón y siempre le gustó contarle al mundo sus "intenciones", siempre habló entre sueños. "Son ficciones", me dijo alguna vez. Ficción fue usarme para darle celos a su exnovia: "tengo una novia tapatía más nalgona". Jamás vi la violencia en esa frase que dirigió al mejor amigo de su ex frente a mí. Ni siquiera habíamos hablado de "ser novios". No era yo lo que él veía y quería, era la "tapatía", educada por los "Vasconcelos", de "buen ver", de familia "académica", la de "los ranchos en Jalisco", la "más nalgona". Ahora me pregunto si realmente alguna vez me quiso, si alguna vez nos quisimos, me pregunto si realmente alguna vez me vio.

También fue ficción verse y hablarse con sus amigas y ¿ex?parejas sexuales cuando ya estaba conmigo. Me pregunto si las evocaciones a su exnovia, muchos meses después de estar conmigo, también eran ficción. Ficción fue decirle a cada uno de sus amigos que se "avecinaba una reconciliación con ella y que yo me volvería loca"; ficción fue acusarme de celosa cuando él aventó golpes al aire porque yo tenía un mejor amigo. "Solo son palabras", pero de palabras se construye el mundo. Sus palabras, las mentiras, sus imprecisiones, su poca consideración y compasión hacia mí despedazaron ese mundo en el que me desangré. 

Recuerdo bien ese 21 de enero. Recuerdo bien cómo no podía dejar de llorar al sentirme desgarrada. Destrozada. Muerta. Me di cuenta de que toda una vida había desaparecido para siempre. Entendí su comportamiento, entendí qué era yo para él. Al tiempo se anunció el resultado de la plaza en Xalapa y, vuelta jirones como estaba, tomé una maleta y la llené con "lo necesario" para comenzar una nueva vida con mi hija. No tenía idea de lo relevante que iba a ser eso. Lo dejé todo. Lo perdí todo y lo dejé perder. No hubo día que no llorara por todo, por nada, hasta que llegué al mar y cada parte rota en mí se llenó de brisa, agua, marea y sal. Desde entonces no he dejado de ser del mar. 

Cada uno buscó su abismo. Cada uno sufrió su duelo. En el fondo, en algún lugar de nuestras fracturas, había algo que nos había permitido querernos de una forma violenta, posesiva, indiferente. Habíamos luchado mucho uno contra el otro hasta que nos necesitamos para definirnos. Cuando decidí parar y acepté perderlo, también acepté perderme. Todo lo que había sido yo se había formado en función de él, de su lucha, de su violencia, de su tenso amor, de su aplastante afán de intelectualidad. Yo era la "esposa de Sebastián Pineda", nada más. "Felicidades, Sebastián, es una muchacha inteligente". Pero la gente me veía, realmente me veían. Me acostumbré a pensar que así como yo veía el mundo a través de él, el mundo me veía también a través de una imagen que él construía y no era la mía. Pero la gente me veía. Me acostumbré a no verme. 

Dejé de verme. Me olvidé de mí. Era incapaz de reconocerme. Me di cuenta del poco "valor" que para él tenía, de su indiferencia a mi depresión. No importaba que yo estuviera mal salvo cuando a él le resultaba incómodo, cuando necesitaba que me hiciera cargo de algo, que sacara la cara, que respondiera, que reaccionara; pero fue incapaz de hablarme con la verdad, de defenderme, de cuidarme, de acompañarme, de comprenderme, de escucharme, de verme. Recuerdo las noches en las que pensé que jamás podría salir de un espiral de ansiedad, de terror a morirme -porque en realidad quería hacerlo-, de desesperación y como respuesta sólo pude sujetarme de mi inteligencia, también tan maltratada por él. Que jamás quiso lastimarme tanto... quizás, pero lo hizo y él también como yo sabe la dimensión de las palabras, de las acciones que las acompañan, de las mentiras.

Aprendí a mentir, a ser indiferente, a razonar hasta el exceso las emociones. La distancia ayudó. La distancia y el rumor del mar me ayudaron a entender mi lugar y así fue cómo pretendí recoger los pedazos de una vida destrozada. Recogí algunos pedazos, pero no recuperé nada. Ya no quería recuperar nada, aunque me daba miedo renunciar a todo, renunciar a ese filtro que había construido para ver el mundo y para verme. Tenía miedo a verme a los ojos, de encontrarme con mi mirada en un espejo, de verme irreconocible. Pero decidí verme. Tuve el valor de verme. Quise verme tanto hasta que brillara, hasta que fuera ridículo no notarme. Me pinté el pelo de todos los colores. Me "desgracié" la imagen. 

Le pedí el divorcio una navidad frente a su familia, que pretendía no escuchar. Como él. Es mejor no escuchar, no ver, no enterarse para no incomodarse. Así fue cada una de las veces que le pedía un cambio: todo eran palabras, formas culturales que yo no comprendía, susceptibilidades mexicanas no válidas, actitudes familiares que yo no entendía por no "tener una familia". Pero yo tenía claro que todo había terminado y decidí verme, quise verme tanto que recordé la luz del Caribe, la luz del mar. Quise ser feliz, tan feliz como nunca lo había sido. Lo saqué de mi vida, de mi alma, de mi cuerpo, de mi mente, de mi imagen, de mí misma. Lo borré. Claro que duele ser borrado, claro que a veces lamento no haber podido salvar un proyecto por el que luché tanto, pero ya no podía dar más. No podía seguir sujeta a alguien que no estaba dispuesto a esperarme y prefería arrastrarme sobre el pavimento a detenerse un momento y preguntar la dirección. Me cansé de aparentar, me cansé de fingir, me cansé de no sentir más que rabia, tristeza, desesperación y ahogo. 

Así llegó la culpa y con ella la lenta e imperceptible fascinación por el amor. Fue tan cautelosa su llegada que cuando la noté ya era parte de mi alma entera. Primero lo vi, mirándome fijamente. Tan fijamente que su mirada se multiplicó. Traté de huir, de dejarlo todo. Me asustó tanto verlo y verme en él. Ahora sé que en ese momento presentí que algo había en su mirada, siempre fija, abierta y apacible. La imagen de su mirada  se había instalado en cada fisura, primero, para llenarme toda y hacer de mis ojos los suyos. Quise verme tanto que terminó por verme tan profundamente, que me hizo suya. Traté de negarme, traté de alejarme. ¿Cómo se aleja alguien de la agitación que deja el mar en la sangre? ¿Cómo se mata la emoción de sentir el universo en la punta de los dedos el latir de la vida en las manos? Aún así traté de convencerme de que el amor no existe, de que el amor es un proyecto de vida y valía más la emoción de conocer el mundo a costa de una misma. Pero yo ya era mía. Yo ya no le pertenecía a un mundo imaginado, ahora me tocaba imaginar el mundo y había alguien que me regalaba sus ojos. 

Ese 2 de junio quizás comenzó siendo uno de los días más tristes de mi vida. Ese día supe que yo de él no quería nada, que no sería fácil alejarme. Recuerdo claramente cuando me advirtió que si lo dejaba me dejaría sin nada, me tendría que ir yo de la casa, de mi hija, de mis cosas, que lo perdería todo. Me amenazó hasta que exploté como tantas veces lo había hecho. Lloré de desesperación y de miedo. Lloré tanto esa madrugada hasta que despertó la niña por la mañana. Él fingió que nada había ocurrido, que todo podía continuar como si nada, porque yo no me "iría" dejándolo todo. Lo que él no entendía es que yo ya había renunciado a todo. Llevaba un año entero renunciando a todo, despidiéndome de cada una de las palabras con las que habíamos construido un mundo tenso y violento. Me fui para siempre ese día. Ese día también quise tener la esperanza de encontrarme con el mar, con su mirada clara, con R, cuyo nombre no me atrevía a pronunciarme en voz alta. Ese día supe que había dejado todo para ganarlo todo. Frente a mí no había nada más que dolor y miedo a perder también a mi hija, pero estaba dispuesta a perder todo lo demás. Tuve tantas horas para ordenar mi presente. 

Ese día él habría podido haber hecho algo diferente. Él sabía que no tenía agua, que iba a estar allí tanto tiempo, que yo no iba a desistir, que necesitaba ayuda. No le importó, él sólo quería confirmar que sin "él yo no era nada", y yo quería demostrarme que estaba dispuesta a aferrarme a mis decisiones para alejarme de él. En medio del cansancio emocional, del dolor físico, del aburrimiento, vi llegar a quien -entonces lo supe- había estado esperando toda la vida. Supe que era él y, de golpe, todo tomó forma. Ante mí se presentaba el universo a través de su mirada fija que me abría el mundo para mí, para un verdadero "nosotros". Fue su presencia, su llegada, lo que cambió el rumbo de mi vida para siempre. Entonces lo supe y sin embargo tuve miedo de perderlo todo. 

Y lo perdí todo y ahora lo tengo todo. Transgredí cada norma. Me puse al borde del abismo. Estoy sobre el resquicio de la nada: así se siente estar viva, acaso. A veces regreso la mirada sin temor a convertirme en sal, por soy sal, soy mar, soy marea. A veces lo veo sentado, viendo a la nada con dolor de haber perdido sus esfuerzos, de haber perdido ese proyecto que tanta ilusión le dio. Esa vida era su proyecto, yo sólo me ajusté a él. Espero que algún día él logre liberarse de todo, que logre sentirse vivo otra vez. Yo ya lo tengo todo porque dejé todo.