Nunca imagé que para ganarlo todo había que renunciar a todo. No sólo renuncié a una idea de familia, de futuro, de prosperidad, de intelectualidad y de comodidad. Había partes de mí que se aferraban a ver el mundo de la misma forma como lo había visto a lo largo de 12 años. Era un mundo que juntos habíamos imaginado y que habíamos construido para nosotros. Pero, pese a su amplitud, era un mundo que me oprimía, contra el que tenía que empujar constantemente. Sentí el cansancio, el odio, la angustia, el ahogo. Me estaba ahogando en una presión que se disfrazaba de amor. "Y yo que sólo quiero una vida leve" pensé una vez que a las tres de la mañana me despertó para explicarme por qué yo no podía querer una relación diferente. Esa noche pensé que yo lo había querido mucho, había apostado mucho por él. Le di todo lo que era hasta quedarme vacía, hasta perder todas mis fuerzas, hasta sentir que el aire se escapaba de mí. Dejé de correr y me quedé de pie y lo vi alejarse cada vez más. Él corría hacia un lugar que yo identifiqué como el abismo. ¿Por qué no soy capaz de seguirlo? ¿Cuándo lo dejé de querer? Eran preguntas que yo me hacía viéndolo a la cara, viendo sus "esfuerzos" por proyectar la idea de una familia ¿feliz?
Se trata de un hombre celoso, siempre lo ha sido. Pero ¿cómo no iba a ser celoso si siempre tuvo la intención -cuando no la acción- de engañarme? No sólo es un hombre descuidado, también es fanfarrón y siempre le gustó contarle al mundo sus "intenciones", siempre habló entre sueños. "Son ficciones", me dijo alguna vez. Ficción fue usarme para darle celos a su exnovia: "tengo una novia tapatía más nalgona". Jamás vi la violencia en esa frase que dirigió al mejor amigo de su ex frente a mí. Ni siquiera habíamos hablado de "ser novios". No era yo lo que él veía y quería, era la "tapatía", educada por los "Vasconcelos", de "buen ver", de familia "académica", la de "los ranchos en Jalisco", la "más nalgona". Ahora me pregunto si realmente alguna vez me quiso, si alguna vez nos quisimos, me pregunto si realmente alguna vez me vio.
También fue ficción verse y hablarse con sus amigas y ¿ex?parejas sexuales cuando ya estaba conmigo. Me pregunto si las evocaciones a su exnovia, muchos meses después de estar conmigo, también eran ficción. Ficción fue decirle a cada uno de sus amigos que se "avecinaba una reconciliación con ella y que yo me volvería loca"; ficción fue acusarme de celosa cuando él aventó golpes al aire porque yo tenía un mejor amigo. "Solo son palabras", pero de palabras se construye el mundo. Sus palabras, las mentiras, sus imprecisiones, su poca consideración y compasión hacia mí despedazaron ese mundo en el que me desangré.
Recuerdo bien ese 21 de enero. Recuerdo bien cómo no podía dejar de llorar al sentirme desgarrada. Destrozada. Muerta. Me di cuenta de que toda una vida había desaparecido para siempre. Entendí su comportamiento, entendí qué era yo para él. Al tiempo se anunció el resultado de la plaza en Xalapa y, vuelta jirones como estaba, tomé una maleta y la llené con "lo necesario" para comenzar una nueva vida con mi hija. No tenía idea de lo relevante que iba a ser eso. Lo dejé todo. Lo perdí todo y lo dejé perder. No hubo día que no llorara por todo, por nada, hasta que llegué al mar y cada parte rota en mí se llenó de brisa, agua, marea y sal. Desde entonces no he dejado de ser del mar.
Cada uno buscó su abismo. Cada uno sufrió su duelo. En el fondo, en algún lugar de nuestras fracturas, había algo que nos había permitido querernos de una forma violenta, posesiva, indiferente. Habíamos luchado mucho uno contra el otro hasta que nos necesitamos para definirnos. Cuando decidí parar y acepté perderlo, también acepté perderme. Todo lo que había sido yo se había formado en función de él, de su lucha, de su violencia, de su tenso amor, de su aplastante afán de intelectualidad. Yo era la "esposa de Sebastián Pineda", nada más. "Felicidades, Sebastián, es una muchacha inteligente". Pero la gente me veía, realmente me veían. Me acostumbré a pensar que así como yo veía el mundo a través de él, el mundo me veía también a través de una imagen que él construía y no era la mía. Pero la gente me veía. Me acostumbré a no verme.
Dejé de verme. Me olvidé de mí. Era incapaz de reconocerme. Me di cuenta del poco "valor" que para él tenía, de su indiferencia a mi depresión. No importaba que yo estuviera mal salvo cuando a él le resultaba incómodo, cuando necesitaba que me hiciera cargo de algo, que sacara la cara, que respondiera, que reaccionara; pero fue incapaz de hablarme con la verdad, de defenderme, de cuidarme, de acompañarme, de comprenderme, de escucharme, de verme. Recuerdo las noches en las que pensé que jamás podría salir de un espiral de ansiedad, de terror a morirme -porque en realidad quería hacerlo-, de desesperación y como respuesta sólo pude sujetarme de mi inteligencia, también tan maltratada por él. Que jamás quiso lastimarme tanto... quizás, pero lo hizo y él también como yo sabe la dimensión de las palabras, de las acciones que las acompañan, de las mentiras.
Aprendí a mentir, a ser indiferente, a razonar hasta el exceso las emociones. La distancia ayudó. La distancia y el rumor del mar me ayudaron a entender mi lugar y así fue cómo pretendí recoger los pedazos de una vida destrozada. Recogí algunos pedazos, pero no recuperé nada. Ya no quería recuperar nada, aunque me daba miedo renunciar a todo, renunciar a ese filtro que había construido para ver el mundo y para verme. Tenía miedo a verme a los ojos, de encontrarme con mi mirada en un espejo, de verme irreconocible. Pero decidí verme. Tuve el valor de verme. Quise verme tanto hasta que brillara, hasta que fuera ridículo no notarme. Me pinté el pelo de todos los colores. Me "desgracié" la imagen.
Le pedí el divorcio una navidad frente a su familia, que pretendía no escuchar. Como él. Es mejor no escuchar, no ver, no enterarse para no incomodarse. Así fue cada una de las veces que le pedía un cambio: todo eran palabras, formas culturales que yo no comprendía, susceptibilidades mexicanas no válidas, actitudes familiares que yo no entendía por no "tener una familia". Pero yo tenía claro que todo había terminado y decidí verme, quise verme tanto que recordé la luz del Caribe, la luz del mar. Quise ser feliz, tan feliz como nunca lo había sido. Lo saqué de mi vida, de mi alma, de mi cuerpo, de mi mente, de mi imagen, de mí misma. Lo borré. Claro que duele ser borrado, claro que a veces lamento no haber podido salvar un proyecto por el que luché tanto, pero ya no podía dar más. No podía seguir sujeta a alguien que no estaba dispuesto a esperarme y prefería arrastrarme sobre el pavimento a detenerse un momento y preguntar la dirección. Me cansé de aparentar, me cansé de fingir, me cansé de no sentir más que rabia, tristeza, desesperación y ahogo.
Así llegó la culpa y con ella la lenta e imperceptible fascinación por el amor. Fue tan cautelosa su llegada que cuando la noté ya era parte de mi alma entera. Primero lo vi, mirándome fijamente. Tan fijamente que su mirada se multiplicó. Traté de huir, de dejarlo todo. Me asustó tanto verlo y verme en él. Ahora sé que en ese momento presentí que algo había en su mirada, siempre fija, abierta y apacible. La imagen de su mirada se había instalado en cada fisura, primero, para llenarme toda y hacer de mis ojos los suyos. Quise verme tanto que terminó por verme tan profundamente, que me hizo suya. Traté de negarme, traté de alejarme. ¿Cómo se aleja alguien de la agitación que deja el mar en la sangre? ¿Cómo se mata la emoción de sentir el universo en la punta de los dedos el latir de la vida en las manos? Aún así traté de convencerme de que el amor no existe, de que el amor es un proyecto de vida y valía más la emoción de conocer el mundo a costa de una misma. Pero yo ya era mía. Yo ya no le pertenecía a un mundo imaginado, ahora me tocaba imaginar el mundo y había alguien que me regalaba sus ojos.
Ese 2 de junio quizás comenzó siendo uno de los días más tristes de mi vida. Ese día supe que yo de él no quería nada, que no sería fácil alejarme. Recuerdo claramente cuando me advirtió que si lo dejaba me dejaría sin nada, me tendría que ir yo de la casa, de mi hija, de mis cosas, que lo perdería todo. Me amenazó hasta que exploté como tantas veces lo había hecho. Lloré de desesperación y de miedo. Lloré tanto esa madrugada hasta que despertó la niña por la mañana. Él fingió que nada había ocurrido, que todo podía continuar como si nada, porque yo no me "iría" dejándolo todo. Lo que él no entendía es que yo ya había renunciado a todo. Llevaba un año entero renunciando a todo, despidiéndome de cada una de las palabras con las que habíamos construido un mundo tenso y violento. Me fui para siempre ese día. Ese día también quise tener la esperanza de encontrarme con el mar, con su mirada clara, con R, cuyo nombre no me atrevía a pronunciarme en voz alta. Ese día supe que había dejado todo para ganarlo todo. Frente a mí no había nada más que dolor y miedo a perder también a mi hija, pero estaba dispuesta a perder todo lo demás. Tuve tantas horas para ordenar mi presente.
Ese día él habría podido haber hecho algo diferente. Él sabía que no tenía agua, que iba a estar allí tanto tiempo, que yo no iba a desistir, que necesitaba ayuda. No le importó, él sólo quería confirmar que sin "él yo no era nada", y yo quería demostrarme que estaba dispuesta a aferrarme a mis decisiones para alejarme de él. En medio del cansancio emocional, del dolor físico, del aburrimiento, vi llegar a quien -entonces lo supe- había estado esperando toda la vida. Supe que era él y, de golpe, todo tomó forma. Ante mí se presentaba el universo a través de su mirada fija que me abría el mundo para mí, para un verdadero "nosotros". Fue su presencia, su llegada, lo que cambió el rumbo de mi vida para siempre. Entonces lo supe y sin embargo tuve miedo de perderlo todo.
Y lo perdí todo y ahora lo tengo todo. Transgredí cada norma. Me puse al borde del abismo. Estoy sobre el resquicio de la nada: así se siente estar viva, acaso. A veces regreso la mirada sin temor a convertirme en sal, por soy sal, soy mar, soy marea. A veces lo veo sentado, viendo a la nada con dolor de haber perdido sus esfuerzos, de haber perdido ese proyecto que tanta ilusión le dio. Esa vida era su proyecto, yo sólo me ajusté a él. Espero que algún día él logre liberarse de todo, que logre sentirse vivo otra vez. Yo ya lo tengo todo porque dejé todo.