miércoles, 16 de julio de 2025

Los ciclos

La parábola de la Hidra para entender el duelo no es, para nada, descabellada. Así es el dolor por la muerte, por la separación, por la ausencia: esa forma de no estar, de no ser, que pesa tanto, que duele tanto, que quema, que arranca el llanto desde lo más profundo del sueño, que perturba hasta las fuerzas para sobrevivir. Pasan los días, los meses, los años y hay allí una presencia -la ausencia- que parece no irse jamás, que pesa en cada parte del cuerpo, que duele en cada centímetro, que se nota en las manos, en el aire. Es esa Hidra a la que se le arranca una cabeza para ver nacer otras más. Descendiente de Tifón, resguarda la entrada al inframundo. 

"Han pasado meses y no lo creo. No creo que ya no está. Entro a su casa y la busco, mi cuerpo la busca allí sentada en su sillón". "Soñé con ella. Soñé que me decía que iría a misa, que yo no podía detenerla, que no me oía, solo se iba, pero yo sabía que no iba a volver". "Me quema el aire cuando respiro. Quisiera tanto desaparecer, morirme y, sin embargo, estoy condenada a estar viva". "Lo vi allí tendido, con su cuerpo de ángel. Se veía tan hermoso. Era mi hijo, mi chiquito. Me arrancaron la vida del pecho". "Siento aún el calor de su cuerpo a mi lado, siento el peso de sus brazos en mi cuerpo; pero no está". 

Hoy, tras cauterizar cabezas, tras dejar que cada uno de esos recuerdos, que cada una de esas ausencias tomara forma -su verdadera forma-, se han ido; han despedido y frente a mí sólo veo una lejanía, un mar verde detrás de un amasijo verde. Me veo hecha agua, como ese río en calma que soñé en sus brazos, cuando pensé que se había ido para siempre, cuando supe que la tristeza es blanca con ojos de conejo. Las vi, las abracé, las amé, dejé de temerles, las honré con mi llanto de años, de cada noche y se fueron. Esas ausencias me miraron desde lejos, ya no con tristeza, ya no con reclamos, ya sin dolor, y pudieron bajar al inframundo, donde los espera el campo de asfódelos, el río Estigia y después el abrazo de Leteo. Me quedo aquí, en este río manso, verde, profundo que soy ahora, en el que me he convertido, en calma y libertad para extenderme, quizás un día desemboque en mar o quizás muera antes, pero esta fuerza -esta libertad- es lo que llaman, supongo, cerrar ciclos. 

Esa presencia cruel a la que alguna vez quise amar se fue sin más dolor, sin culpa, sin rencor. ¡Qué seas libre! Esa ausencia que tanto ha dolido, que encarnó las múltiples formas de ser abuela, también se ha despedido ya, me ha soltado la mano por fin, y ya no duele saberme desamparada, sola en un mundo amplio y apenas alumbrado por las estrellas. Ese dolor que vi en otras por la ausencia y que cargué en mí se han ido también. De mi emana agua, así también lo soñé. Frente a mí sólo hay un hombre de ojos abiertos y mirada clara, que me extiende su mano para llenar la bastedad del mundo. A mi lado, en mi otra mano, ella, que tiene que construir su mundo y a quien debo enseñarle cómo encontrarlo. Mi hija, que me amarra a la vida y a la prudencia, que me devuelve una sonrisa confiada. Ya no hay nada más. Los fantasmas se han ido. 

Vendrán otros.

Vendrán nuevas ausencias, nuevas pérdidas, pero ahora todo es una completa inmensidad.  

domingo, 6 de julio de 2025

Un fantasma

 Cuando me operé los ojos estuve quince días sin ver; siete sintiendo un dolor profundo. Al principio nada dolía. Veía cosas como fantasmas, espectros que parecían más adivinados que con forma; pero el dolor se presentía en cada parte de mis ojos, de mi rostro. Era apenas algo que estaba tomando forma, algo que era más una intuición que un hecho y así llegó, no tan de repente, el dolor más insoportable que jamás habría imaginado, un dolor que me impedía gritar, que me impedía llorar, que me impedía pedir ayuda, solo sentía moriría. Me sabía sola y en la ceguera, que no era oscura, que no era clara, sólo no veía. Todo era como un plasma sin forma, sin trazos, sin luz, sin ausencia de ella. Sin sombras. Una madeja de lo que alguna vez fue mi vista. Los segundos eran insoportables. La exigencia de un sufrimiento pasivo, sin desmayo, sin descanso, fue un tan fuerte… tan insoportable,  y sin embargo siempre tuve el consuelo de que el dolor pasaría, de que volvería a ver, de que la arena de mis ojos dejaría de herirme, de que finalmente olvidaría el dolor y sólo lo recordaría como lo más doloroso de mi vida. 

Así pasó. Poco a poco el dolor fue disminuyendo. A mí alrededor sólo tuve compasión. Todos me cuidaron, me procuraron, pero nadie me quitó el dolor. Me pregunto si era necesario o si era posible y preferible evitarlo. El dolor pasó. Un día comencé a ver, un día la arena empezó a disminuir, pude volver a comer norma, a dormir normal. El proceso aún era largo, aún me tomaría meses sanar por completo, y aún me faltaba tiempo para dejar de sentir ese dolor inconsciente que me acosaba en sueños. 

Ese fue el dolor más fuerte de mi vida antes de ti. Jamás había sentido que el alma se consume y me quemaba por dentro hasta hacerme arder la piel, hasta tener la necesidad de meterme en agua fría mucho rato, tanto rato como fuera posible para apagar un poco ese ardor que me corroía los huesos, la sangre, el alma, para enfriar ese aire que me abrasaba los pulmones. Lloré y grité, me revolqué en el piso, sudé como jamás había sudado. Pero no podía morir. Toda yo era un charco de mí. Sentía y vería como me consumía en un dolor indescriptible, indescifrable: ¿qué era dolor del alma? ¿Cuál era de mi cuerpo? ¿En qué punto era mi mente? 


Algo vino a abrazarme. Algo que no veía pero que no me conocía de nada, que no entendía mi lengua, pero sí mi dolor. Creo que era ella, por su voz. Ella me contuvo, me sacó del agua fría. En su lengua trataba de tranquilizarme, de decirme que todo pasará: “proći će”. Pensé que era italiano, después lo entendí todo, pero sus palabras se grabaron en mi mente. Quise seguir suplicando, seguir rogando. Quise explicarme: “proći će", me quitó el celular de las manos. Me limpié el dolor de los ojos porque eso ya no era lágrimas. Me metí a la cama. No dormí. Por unos minutos sentí calma, sentí que todo estaba bien, que no se había roto todo, que no me habías vuelto un malentendido. Me quedé allí viendo la nada, sin saber si dormía o lloraba. Sin ver nada: solo un amasijo de recuerdos que se disolvían ante mi rostro. 


 Al siguiente día la puerta estaba cerrada, no sé cómo entró o quién era ese fantasma. No la volví a ver. Sé que no había nadie, que estuve sola toda la noche, pero también sé que esas manos eran familiares, que eran las manos de consuelo de mi abuela, ¿pero por qué me hablaba en otra lengua? No podía despedirme. Estoy ataca a este mundo y tuve que salir. El dolor me debilitó tanto que no pude comer ni dormir ni hablar. Una pequeña fuerza surgió en mí y eso me mantuvo con vida, lo sé. Pero también sé que perdí las ganas de estar en este mundo. Un mundo sin ti. No quiero ese mundo.


De pronto tuve la certeza de que la historia más poética del universo no podía terminar en un asunto de egos, en dos heridas profundas. Tuve fuerzas para intentar luchar, sin rogar, sin suplicarte más, sin explicarme, sin exhibirme, solo para luchar por ti porque todo contigo, y sólo contigo, tiene sentido.