domingo, 6 de julio de 2025

Un fantasma

 Cuando me operé los ojos estuve quince días sin ver; siete sintiendo un dolor profundo. Al principio nada dolía. Veía cosas como fantasmas, espectros que parecían más adivinados que con forma; pero el dolor se presentía en cada parte de mis ojos, de mi rostro. Era apenas algo que estaba tomando forma, algo que era más una intuición que un hecho y así llegó, no tan de repente, el dolor más insoportable que jamás habría imaginado, un dolor que me impedía gritar, que me impedía llorar, que me impedía pedir ayuda, solo sentía moriría. Me sabía sola y en la ceguera, que no era oscura, que no era clara, sólo no veía. Todo era como un plasma sin forma, sin trazos, sin luz, sin ausencia de ella. Sin sombras. Una madeja de lo que alguna vez fue mi vista. Los segundos eran insoportables. La exigencia de un sufrimiento pasivo, sin desmayo, sin descanso, fue un tan fuerte… tan insoportable,  y sin embargo siempre tuve el consuelo de que el dolor pasaría, de que volvería a ver, de que la arena de mis ojos dejaría de herirme, de que finalmente olvidaría el dolor y sólo lo recordaría como lo más doloroso de mi vida. 

Así pasó. Poco a poco el dolor fue disminuyendo. A mí alrededor sólo tuve compasión. Todos me cuidaron, me procuraron, pero nadie me quitó el dolor. Me pregunto si era necesario o si era posible y preferible evitarlo. El dolor pasó. Un día comencé a ver, un día la arena empezó a disminuir, pude volver a comer norma, a dormir normal. El proceso aún era largo, aún me tomaría meses sanar por completo, y aún me faltaba tiempo para dejar de sentir ese dolor inconsciente que me acosaba en sueños. 

Ese fue el dolor más fuerte de mi vida antes de ti. Jamás había sentido que el alma se consume y me quemaba por dentro hasta hacerme arder la piel, hasta tener la necesidad de meterme en agua fría mucho rato, tanto rato como fuera posible para apagar un poco ese ardor que me corroía los huesos, la sangre, el alma, para enfriar ese aire que me abrasaba los pulmones. Lloré y grité, me revolqué en el piso, sudé como jamás había sudado. Pero no podía morir. Toda yo era un charco de mí. Sentía y vería como me consumía en un dolor indescriptible, indescifrable: ¿qué era dolor del alma? ¿Cuál era de mi cuerpo? ¿En qué punto era mi mente? 


Algo vino a abrazarme. Algo que no veía pero que no me conocía de nada, que no entendía mi lengua, pero sí mi dolor. Creo que era ella, por su voz. Ella me contuvo, me sacó del agua fría. En su lengua trataba de tranquilizarme, de decirme que todo pasará: “proći će”. Pensé que era italiano, después lo entendí todo, pero sus palabras se grabaron en mi mente. Quise seguir suplicando, seguir rogando. Quise explicarme: “proći će", me quitó el celular de las manos. Me limpié el dolor de los ojos porque eso ya no era lágrimas. Me metí a la cama. No dormí. Por unos minutos sentí calma, sentí que todo estaba bien, que no se había roto todo, que no me habías vuelto un malentendido. Me quedé allí viendo la nada, sin saber si dormía o lloraba. Sin ver nada: solo un amasijo de recuerdos que se disolvían ante mi rostro. 


 Al siguiente día la puerta estaba cerrada, no sé cómo entró o quién era ese fantasma. No la volví a ver. Sé que no había nadie, que estuve sola toda la noche, pero también sé que esas manos eran familiares, que eran las manos de consuelo de mi abuela, ¿pero por qué me hablaba en otra lengua? No podía despedirme. Estoy ataca a este mundo y tuve que salir. El dolor me debilitó tanto que no pude comer ni dormir ni hablar. Una pequeña fuerza surgió en mí y eso me mantuvo con vida, lo sé. Pero también sé que perdí las ganas de estar en este mundo. Un mundo sin ti. No quiero ese mundo.


De pronto tuve la certeza de que la historia más poética del universo no podía terminar en un asunto de egos, en dos heridas profundas. Tuve fuerzas para intentar luchar, sin rogar, sin suplicarte más, sin explicarme, sin exhibirme, solo para luchar por ti porque todo contigo, y sólo contigo, tiene sentido. 

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