sábado, 11 de octubre de 2025

El descenso al infierno. Deméter

 

Siempre he ido por la vida olvidando distraídamente, pasando sin ver, viendo sin recordar, recordando sin saber dónde -como si fueran sueños, impresiones-, soñando como si fuera la realidad. Siempre pensé que lo mejor era no recordar nada. La vida es más fácil si olvido. Olvido nombres, olvido hechos, olvido acontecimientos y olvido sueños. En alemán sueño se dice Trauma. 

De niña olvidé el rostro de mi madre. Una mujer sin rostro me aterrorizaba en mis sueños. Esa mujer sin rostro se me presentó un día: yo no la reconocí. 


Olvidé el nombre, el rostro, el olor de un hombre al que realmente quise amar y terminó por volverme añicos, por regresarme a la realidad, fuera de los sueños, con la angustia desbordada, fuera de mí. Recuerdo un mar gris, un mar embravecido. Recuerdo a mi padre decirme: “lanza una botella al mar para que te escuchen”. Esa voz no tiene rostro. Años después esa voz, proveniente de otras fibras, de otra garganta, sin rostro me dijo del otro lado del teléfono: no voy a llegar. 


 “Me siento fuera de mí, Martha. No estoy en mí, es como si me hubieran lanzado muy lejos, muy lejos de mí y sólo quedara un cuarto amarillo”. ¿Por qué un cuarto amarillo? Amarillo era un cuarto, pero no recuerdo cuál ni de dónde. Era amarillo casi mostaza y olía a salitre. ¿De dónde es ese cuarto? “La tristeza tiene un color amarillo”. 


La vida es más llevadera si no ves, si no observas, si no recuerdas. “Si no lo recuerdo, no pasó”, se dice de broma. Quizás es mejor no recordar. “Solo tiene la conciencia limpia quien tiene mala memoria”, otra frase que me gustaba repetir siempre. 


Tengo la conciencia limpia, pero en mí se esconde una culpa extraña. ¿Fue mi culpa estar en ese cuarto amarillo? ¿Ese cuarto amarillo era mi castigo por haberlos obligado a mi vida? En ese cuarto se presenta una mujer sin rostro, una mujer que lloraba en una esquina a la que le pregunto ¿qué te pasa? y ella comienza a reír.


 ¿Con qué ríe una mujer sin rostro?


Hoy, un año después de que decidí dejar doce años enterrados, olvidarlo todo, él me obliga a desanudarlo para tejerlo en una “narrativa”. Lo escribo, lo recuerdo, me perturba recordar sus palabras, su olor, su mirada de desprecio. Me atormenta la culpa de saber que quizás yo hubiera podido rescatar a ese niño maltratado, me remuerde saber que “no son malas personas”, pero lo son. Son malas personas siempre que intentan arrebatarme lo único que no estoy dispuesta a olvidar, el único rostro que recuerdo con precisión, el único olor que soy capaz de describir, de reconocer, de saber que es el olor de mis entrañas: ese olor a sangre interior, a sangre no oxidada, a sangre que circula y vive y brota y es mía. Ese rostro que me obliga a recordarme. 


Yo quería ser feliz y amar y pasar la vida olvidando, perdida en los brazos de un hombre que ha sabido quedarse, olvidarme en él, entregarme a él como lo hago cada vez que estoy en su pecho. Pero un hombre con cara de crueldad me obliga a recordar y a escribirlo todo. Anoto para no olvidar en mi narrativa judicial que unos hombres le toman fotos y videos por solicitud de él. Anoto para referir que uno de esos hombres es el testigo de la declaración falsa que hace en su demanda. Anoto que él miente y usa la voz de mi hija para arrebatármela, para arrebatarme mi voz.

 

Entonces anoto la palabra “negligencia” para relatar el olvido en la escuela y el abandono en la alberca. El abandono que veo en mi sangre como un brote que viene de mí. Ese abandono de mi padre, primero -ese hombre con cara de tiburón en mis sueños-, el de mi madre. Ese abandono que me condenó a un cuarto amarillo del que trato desesperadamente de salvarme en mi hija. Pero ella no es yo, no es esa niña abandonada a un cuarto amarillo que ya no existe, que ahora es blanco y ya no es un cuarto y que no estoy segura de que haya existido. Siento su dolor como si fuera el mío y sin embargo, ella me tiene a mí. Me aterra pensar que en su memoria mi rostro se pierda en una luz que resplandece, que mi olor no lo reconozca, que sus manos y su boca olviden mi tacto; me aterra porque yo no tengo ese recuerdo, porque es más fácil olvidar el abandono, el dolor, el terror a despertar y ver ese cuarto amarillo vació: sólo él y yo. 


Afuera está mi abuela. Mi abuela que ya no está. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias