martes, 16 de septiembre de 2025

El reencuentro

 -Le propuse matrimonio a mi chofer. 

-¿Qué? ¿Tan desesperada estás?

-Me dijo que no, que no tiene nada que ofrecerme.


-Te encontraste con alguien honesto, ¿qué habrías hecho si te hubiera dicho que sí?


-Pues me caso. 


Así era ella. Siempre con arrebatos. Esa noche el Mayordomo no estaba en la calle. Fue extraño que en medio de ese fraccionamiento que apenas si se poblaba el único perro que vigilaba las calles no estuviera. Siempre sale a buscar a los paseantes. Se habrá perdido en la noche. No hay luna. 


Me bajé del taxi en la esquina de la calle. Pensaba en cuánto tiempo tardaría en poblarse toda esa zona, ya a las orillas de la ciudad, ya en medio de un crecimiento que se auguraba acelerado y que, sin embargo, parecía tan lento. Entonces la vi. Me alcanzó a media calle. No la invité a pasar a mi casa, vivía solo. Me había separado ya de mi esposa y había dejado a todos mis hijos y a sus hijos atrás. Podría haberla invitado, era una mujer brillante y hermosa. Siempre me pareció que tenía una luz propia que todo lo iluminaba. Ese día parecía que la poca luz de la calle provenía de ella. Pensé en mis hijos y en su madre. Recordé el cuerpo de aquella otra mujer que jamás sería mía. Ni la hija que nacería de nuestros encuentros sería mía.


La veía. Ella, con su sonrisa despreocupada, con su conversación desenfadada, allí parada en medio de la calle, era la síntesis de todas las mujeres. Su nombre era sagrado porque ella era todos los nombres. La sonoridad de su nombre sonaba a agua, a luz, a mar. 


Estaba allí, admirándola en ese vestido blanco y no la invité a pasar a mi casa. ¿Qué más daba si mis hijos ya no estaban conmigo, si había cambiado toda mi vida por estar con la única mujer que jamás fue mía? ¿Por qué no intentarlo de nuevo? ¿Por qué no abrazarla a mi pecho hasta que todo estuviera perdido?


-No andes buscando con quien casarte, le dije. -Se rió. Su risa lo llenaba todo-. 


-¿Me recordarás? ¿Cuando todo esto esté poblado, cuando la ciudad crezca tanto que no puedas abarcarla más con la mirada, cuando tus hijos hayan crecido, cuando tus mujeres desaparezcan de tu memoria, me recordarás?


-No entiendo. ¿Por qué tendría que recordarte?


-Porque el tiempo a todos nos olvida. Porque por muy profundo que sea el amor se pierde como la vista frente al mar. 


-Pero se queda en el mar y siempre regresa.


-Ese es el problema. Todos somos un quebrar de ola, pocos son horizonte permanente. 


-El horizonte tampoco es permanente.


-Pero es horizonte y marca un rumbo. Todos tratamos de llegar al horizonte y en medio descubrimos galaxias.


-Marca una rumbo a la perdición. Es mejor quedares a la orilla y quebrar en la arena.


La abracé en medio de la calle, la sentí tan mía y tan lejana. Era ella y era todo el universo en unos ojos alegres. Sus labios se separaron pero jamás me besaron.


-Algún día, cuando la ciudad se nos haya perdido -dijo en mis brazos-, quizás en otra vida, una mujer te buscará como quien busca el horizonte. Seremos nosotros en otros cuerpos. 


Se fue con ese caminar de oleaje. Se perdió en la noche, como ese perro negro que no regresó hasta el siguiente día. Días más tardes me llamaron para solicitar mi presencia en su sepelio. “Ella murió el miércoles de la semana pasada. Desapareció desde días y apenas la encontraron. Sabemos que murió el miércoles”.

 

Era imposible. Yo la vi después de ese día que supuestamente murió. Era imposible porque la sentí. Sabía que era ella. Su risa y su alegría todo lo llenaba. Su mirada era clara, su voz era humana.


Pensaba morir a los 65 años. Ahora estoy viviendo de más. La ciudad se pobló, la ciudad nos devoró y nos robó la vista al horizonte. Ella ya había caído en el olvido. La había olvidado por completo. Mis hijos crecieron. Perdí a mi hija secreta. Tuve otros hijos que llevaron su pesar a otros mundos, a otros rumbos. Después de años sin ver a mi hija, por fin nos reencontramos. La vi, con la mirada perdida en un anhelado horizonte. 


-La vida es solo un quebrar de olas. Un día sabrás que el objetivo era la búsqueda, no llegar al horizonte. -Me miró con la misma claridad e inteligencia de aquella mujer. Entonces la recordé. Te recordé. Sentí culpa por haberte olvidado.


-Soy del mar. Soy ya de ese horizonte -dijo mi hija.


-La vida es solo una ilusión. Devuelve tu búsqueda al mar. 


Por eso me acordé de ti. Vi en ella ese anhelo, esa inteligencia, esa búsqueda sin rumbo y esa ilusión por vivir, por encontrar lo que está más allá del mar. También a ella la abandoné por buscar el horizonte y ahora ella lo busca desesperada. Tiene los ojos llenos de un hombre al que le juró amor eterno, como algún día lo hice yo también con un fantasma. Pero ella no eres tú, pero ella también es un fantasma.   

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