viernes, 2 de octubre de 2026

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Si hay algo que me haya parecido brutalmente injusto en esta vida fue la muerte de mi tía Concha. Ella no merecía morir. Toda la vida estuvo buscando la felicidad y procurándonos la felicidad a los demás. En su compañía fui una niña feliz. Ella fue la única que se disculpó cuando yo merecía una disculpa, aunque ella no fuera la persona que me hubiera agraviado. Jamás escuché una disculpa de mis padres, pero ella se disculpó en lugar de todos. 

Ahora me encuentro en su lugar. Imagino mi terror como el suyo. Imagino este miedo a morir como su miedo. Hace tres años, en esas noches interminables, llenas de llanto, me reflejaba en ella: una mujer que dio todo por un hombre; una mujer que sacrificó su vida, la de sus hijos, su carrera y sus anhelos por un hombre que, simplemente, jamás la iba a ver. Es muy fácil juzgarla. Durante esas noches la entendí: el terror a dejar lo seguro, lo que socialmente es aceptado, el miedo a abandonar la institución y a ser una mujer divorciada. Cuando finalmente logró separarse de ese hombre que le había drenando todo durante toda su vida enfermó de cáncer. Ahora yo tengo un fibroadenóma sospechoso de cáncer y muero de miedo. El terror es profundo, tan profundo que se parece mucho a la soledad. Pienso que tengo una oportunidad más, que lo descubrieron pronto, que será retirado y yo estaré bien. ¿Y si no despierto? Realmente tengo miedo a morir, ¿pero por qué? 

Me parece injusto tener que morir ahora que pude separarme de una relación que me asfixiaba, ahora que puedo reclamar mi libertad, ahora que puedo ser yo con toda mi locura y mis excesos, con todas mis ganas de vivir. Me siento tan sola. No dejo de preguntarme qué será de mi hija, qué será de mis gatos, de mi gato negro. En mi mente despierto y todo está bien, pero ¿y si no? 

Una amiga hace años me contó que fue abusada por un sujeto que tenía toda la confianza de su papá. Su mamá había muerto en un accidente: ella recordaba que su mamá le daba un biberón en el carro, antes de que chocaran contra un caballo que destrozó la cabeza de su mamá. Una noche, mientras tomábamos algunas cervezas en mi cuarto de estudiante, escuchábamos "Échame a mí la culpa". En silencio escuchábamos la canción y justo en el verso que dice "y allá en el otro mundo" ella me preguntó "¿dónde estará mi mamá?", esa frase me destrozó el corazón y aún la recuerdo atada a esa frase. No quiero que mi hija se ate a esa frase. No quisiera que ella llorara mi pérdida, ni que sufriera ninguna forma de abuso. Estoy segura de que su padre sería incapaz de cuidarla adecuadamente, aunque quizás sus abuelas sí, así como me cuidaron a mí en ese abandono al que me condenaron mis padres. 

No puedo morir. No todavía. No sólo porque parece una injusticia, como la gran injusticia metafísica en contra de mi tía Concha. Asunción, era su nombre. María Asunción Suárez Flores. Me duele mucho recordar su muerte. Me parece tan injusto que una mujer maravillosa y hermosa como ella haya estado atada al dolor durante tantos años sólo porque un hombre fue completamente incapaz de apreciarla, de amarla, de valorar. La última vez que la vi estaba vestida toda de blanco y se veía tan feliz. Fue un sueño. Estábamos en un metro en Berlín y ella me extendió los brazos para que la abrazara. Lloré mucho en sus brazos y me dio "perdón por no hablarte antes, estaba tan cansada de vivir". No recuerdo lo demás, pero en mi sueño me conducía a Tapalpa. Entraba a la casa de mi abuela y veía cadáveres regados. Aún no sé qué significa. 

Ahora siento esa injusticia mía. Cuando por fin empiezo a volar sola, sin presión, sin miedo, aparece esta amenaza de enfermedad y de muerte. Cuando ella murió, dijo mi prima, ella decía que corría por un campo lleno de árboles; esos árboles eran limones. Olía a azares. Dijo mi prima "mi mamá, si no podía ni caminar, qué iba a correr". Tengo miedo de sentir que me quemo por dentro, de saber qué estoy muriendo o de dormirme cesada y no despertar. ¿Qué va a ser de mi hija y de mi gato negro? Dudo que alguien más recienta mi suerte o mi muerte: todos seguirán con su vida y ya. 

Ahora pienso en Christian. Pienso en su terror ante la sentencia de muerte. Cáncer de colon y no hay nada que hacer. Recuerdo que pensaba en la muerte como ese espacio negro, en el que el olvido terminaría por borrarlo todo. Yo te recuerdo, Christian. Recuerdo apenas tu rostro, apenas tu voz, apenas tu soberbia de hombre guapo. Recuerdo tu terror y recuerdo no haber ido a tu funeral. Me negué. Yo no tenía por qué ir a un funeral de un hombre que se burló tanto de mí, sin embargo, te recuerdo con compasión. Te recuerdo en tu desesperación, en tu terror. 

Ese terror vivo ahora. Quizás nadie lo entienda jamás. Quizás solo aquellos que sienten la muerte tan de cerca podrán comprender esta ansiedad. Mi único temor es por mi hija y mi gato negro. La gata blanca podrá sobrevivir en cualquier familia, pero no mi gato negro. Él es un ser en riesgo constante por su color. Mi hija sufrirá mucho, lo sé. Sé que la pérdida de una madre es irreparable, que lastima, que daña, que persigue y que lacera. 

Todos los demás: Rodrigo, mis amigos, y conocidos, pronto seguirán con su vida. Y está bien. Así como ahora se olvidan de mí, pronto se olvidarán de mí una vez que haya muerto. Ya no me aterra el dolor. Ya no me interesa saber si Rodrigo me ama o no. Pareciera que me ama desde su egoísmo, según su conveniencia. Eso es algo que tendríamos que aprender a hacer las mujeres. Amar sólo por conveniencia y olvidar y ya. 

A quien lea esto, les ruego que vean por mi hija y por mi gato negro. Ellos merecen ser felices.