"Ustedes deben estar juntos, el universo conspira para que dos almas que se buscaban se encuentren, y ustedes son esa conspiración", me dijo mirándome con esa mirada clara, sincera. "Yo seré su madrina cuando se casen". Entonces ni siquiera pensaba en casarme. Escuchaba sus palabras con cierta incredulidad. Esa noche caminamos por Coyoacán hablando de poesía. Me contó de un poemario que aún estaba trabajando, y que tenía un poco olvidado. "Es un bestiario". Ese libro lo recordamos hace unos días, mientras caminábamos por el centro de Puebla. Me contó que eran écfrasis de una exposición de pintura que alguna vez vio. Me interesó mucho y le sugerí que lo trabajara, que tenía muchas ganas de conocer ese libro.
Hablamos de complicidades. Siempre me brindó la confianza para quejarme, desahogarme, confesarle lo que pasaba en lo más hondo de mi mente. "Siempre háblame cuando algo te pase". El día que nos casamos leíste Tálamo, al final te acercaste para decirme que siempre estarías allí para mí, para nosotros: "tú háblame".
Cuando nació Sara de inmediato me escribiste para compartirme tu experiencia, y tu poesía, sobre la maternidad. "El acto más bello, pero el más difícil. El verso mejor logrado, que jamás podrá decirse". Fueron tus palabras.
Perdona que te hable a ti. Pero tu muerte se siente rara. Es como si jamás te hubieras ido, como si aún estuvieras. No siento tu ausencia. Y en el fondo no hay sino sosiego, un hondo y doloroso sosiego. Es como estar en pausa y sin embargo todo sigue su marcha. Saber dormida a alguien que fue tan generosa y que transmitió tanto cariño, que quiso tanto, no es una pérdida fácil.
Buen viaje, madrina, amiga, Minerva. Buen viaje.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
viernes, 15 de mayo de 2015
Escribir y borrar
Quizás la primera vez que concebí a alguien como maestro –como maestra, para ser justa– fue ya hace mucho tiempo, tanto que ese día se me ha desdibujado en la memoria, sin embargo, el sentimiento late igual desde entonces. Se quedó en mí.
Era una tarde como cualquiera. Tras la escuela yo procuré esconderme en algún lugar de la casa de mi abuela para evitar hacer la tarea. Pero ese día me encontró mi tía Concha, quien le diera clases a casi medio pueblo –yo sólo la vi una vez frene al aula y yo no era parte de su alumnado–, y se puso a hacer la tarea conmigo. Con fastidio comencé a hacerla.
No había forma de que pudiera resolver operaciones matemáticas simples. Mi tía extrañada de que pudiera hacer cálculos mentales, pero no en papel, comenzó a hacerme pruebas muy extrañas. Una consistía en trazar líneas sobre el papel de izquierda a derecha: misión imposible para mí. Insistía en hacerlas con la mano izquierda y de derecha a izquierda.
–Pero escribes con la derecha.
Comenzamos una lucha interminable: yo trazaba una linea temblorosa y curva; ella la borraba con insistencia. Yo pensaba que en esa dinámica en realidad ella trabajaba mucho más que yo: borrar mis líneas mal hechas era más laborioso que volverlas a trazarlas. Me pedía que me esforzara. Pese a que yo trataba de dar lo mejor de mí, no podía hacer una sola linea derecha.
(María Asunción Suarez)
Borrar y dibujar. Borrar y borrar. Esa tarea se repitió durante tanto tiempo que terminé aburriéndome y pidiéndole que me dejara hacer las líneas mal, que no podía hacerlo mejor. Recuerdo que me dijo que si no podía hacer las cosas, tenía que intentarlo siempre, siempre y siempre hasta que pudiera hacerlo. Recuerdo que mi reclamo fue “no puedo, soy tonta, no puedo hacerlo” y para mi sorpresa, y pese a la ternura que cargaba en sus ojos verdes, su respuesta fue más bien dura y fría: “si eres tonta tienes que trabajar más, porque hasta lo tonto se quita; lo que tienes es flojera”.
Comenzamos otra vez a trazar y borrar y borrar.
Después de ese día terminé yendo a lo que mi madre y ella llamaban “la escuelita”, donde en lienzos dibujaba y dibujaba y dibujaba, y en cuadernos escribía hasta el cansancio números en distinto orden. Años después supe lo que tanto me divertía en “la escuelita” era en realidad terapia para corregir la dislexia.
Al final nunca pude hacer lineas derechas. Nunca pude y tampoco me esfuerzo mucho por poder, pero aprendí a tolerar la frustración, a que “no poder hacer algo” no es cuestión de inteligencia sino de empeño, que el talento se gana o se pierde, y que toda limitación puede corregirse, y que al final, ese proceso de corrección puede desarrollar otras habilidades que, de no ser por esa “limitación”, nunca se habrían desarrollado.
Años después, cuando hacía el CCH, mi maestro de cálculo y estadísticas me reconocía como la mejor alumna que había tenido en toda su historia como maestro y la única persona capaz de terminar sus exámenes en menos de 20 minutos. No sé si eso sea cierto y no me importa. Ese día que Juan de Dios me decía eso me alegré de que la vida me hubiera permitido coincidir con mi tía Concha.
Cada que me siento sin fuerzas para lograr algo más que ese recuerdo ella me acompaña. Lo que me enseñó ese día forma parte de mí, de lo que soy y de lo que busco.
martes, 17 de febrero de 2015
Sobre el acoso de 50 sombras de Grey y de cómo me cayeron mal mis intelectuales amigos
El acoso comenzó hace ya 3 o 4 años. La primera vez que escuché el título 50 sombras de Grey fue ya hace tiempo cuando tenía la firme convicción de mejorar mi inglés. Primero alguien me la recomendó como literatura light para comenzar a leer rápido en inglés (y no sufrir con Lolita). No tomé en cuenta la consideración y terminé leyendo Lolita a punta de diccionario. Después, cuando tenía que recorrer media ciudad para dar clases me sorprendí de que los libreros piratas vendieran esa novela junto con Aura a 50 “pesitos”. En la escuela leímos Aura, y mis alumnos, todos, protestaron por no leer en su lugar 50 sombras de Grey. La coordinadora de literatura de la escuela me recomendó ampliamente leerla, pues en su círculo de lectura para señoras adineradas habían terminado ya de leer Lolita, La historia del ojo, El Decamerón, Las edades de Lulú, Historia de O, Las piadosas y algunos del Marqués de Sade que las había aburrido hasta el cansancio, y ninguna les había gustado tanto como 50 sombras de Grey. Nuevamente agradecí la invitación y dije que con gusto la leería cuando me la prestaran, y salí corriendo de la oficina con el pretexto de que tenía una reunión. En mi mente –con esos resabios machistas que toda feminista tiene y con ese complejo de élite intelectual– pensaba que “esa son cosas de doñas adineradas que no tienen nada mejor que hacer y no se pondrán a pensar en lo que es realmente literario”. Para mí era una ofensa comparar Historia de O con 50 sombras de Grey. Y en el metro nuevamente oí a los vendedores ambulantes: “lleve dos libros eróticos, llévelos. Libros de autoayuda, y por 50 pesitos más lleve este libro de Paulo Cohelo”. ¿Las editoriales les pagarán a los vendedores ambulantes?
Antes de dejar el colegio me sorprendí de que hasta la monja coordinadora de literatura me recomendaba leer 50 sombras de Grey para ver “de qué va y ver las prácticas de lectura”. Confieso ahora que la recomendación de Sor … fue acompañada de una observación importante que ninguno de mis “intelectuales” amigos se ha formulado. Si la gente quiere leer “mamadas” ¿por qué no se puso de moda La Habana para un infante difunto?
En una visita que hice a mi tierra natal, tan característica por contar con 3 lectores y 100000 rancheros, muchas personas, incluyendo parientes cercanos, me preguntaban sobre la calidad de 50 sombras de Grey y si yo –estudiosa de la literatura– se las recomendaba. Sin haber leído nunca este libro, y ni siquiera buscado una referencia en Wikipedia, mi respuesta fue: “mejor lee Lolita”. Cuando andaba por el pueblo recomendándole a todo el mundo Lolita, me encontré con que muchas de esas personas interesadas en leer 50 sombras de Grey tenían como lecturas bases Cien años, Pedro Páramo, pasajes del Quijote y algunos más hasta del Periquillo Sarniento. Creí que apelando a esas lecturas podría convencerlas de que 50 sombras era literatura “basura, así como Arjona es música basura”.
“A mí me gusta Arjona, y me hace sentir bonito aquí adentro, ¿por qué es malo algo que te hace sentir bonito?” Me dijo una taquera cuya difícil historia contaré en otra ocasión.
Perfectamente pudiera pensarse que le hacía falta conocer otras cosas, que le hacía falta educación musical, o cualquier tontería de “intelectuales” que se me hubiera ocurrido. Alguien allá me dijo que 50 sombras le había gustado, y que prefería gastar su tiempo leyendo ese libro que viendo telenovelas. La señora que vende elotes y tamales, sabiendo que malgasté mi vida estudiando literatura –algo que era incomprensible para esa enorme familia que es un pueblo–, me preguntó que si yo creía que a su hija, una abogada, le gustaría 50 sombras como regalo de cumpleaños. Ya no recomendé más leer Lolita, le dije que sí, que seguramente sí.
Si es un libro que le gusta a la gente porque “les hace sentir algo”, ¿qué más da que lo lean? Con una terquedad de “intelectual” me justifico diciéndome que “después de todo es mejor leer ese libro que ver telenovelas, o que después de leer tantas y tantas páginas de quién sabe qué, puedan leer cosas mucho mejores”. Si así como a mí me emociona hasta las lágrimas leer Aitana o El olvido que seremos, ¿qué se va en aceptar que ese libro que “no vale la pena” le guste a tanta gente?
“A mí me gusta Arjona, y me hace sentir bonito aquí adentro, ¿por qué es malo algo que te hace sentir bonito?” Me dijo una taquera cuya difícil historia contaré en otra ocasión.
Perfectamente pudiera pensarse que le hacía falta conocer otras cosas, que le hacía falta educación musical, o cualquier tontería de “intelectuales” que se me hubiera ocurrido. Alguien allá me dijo que 50 sombras le había gustado, y que prefería gastar su tiempo leyendo ese libro que viendo telenovelas. La señora que vende elotes y tamales, sabiendo que malgasté mi vida estudiando literatura –algo que era incomprensible para esa enorme familia que es un pueblo–, me preguntó que si yo creía que a su hija, una abogada, le gustaría 50 sombras como regalo de cumpleaños. Ya no recomendé más leer Lolita, le dije que sí, que seguramente sí.
Si es un libro que le gusta a la gente porque “les hace sentir algo”, ¿qué más da que lo lean? Con una terquedad de “intelectual” me justifico diciéndome que “después de todo es mejor leer ese libro que ver telenovelas, o que después de leer tantas y tantas páginas de quién sabe qué, puedan leer cosas mucho mejores”. Si así como a mí me emociona hasta las lágrimas leer Aitana o El olvido que seremos, ¿qué se va en aceptar que ese libro que “no vale la pena” le guste a tanta gente?
En el vuelo rumbo a Berlín, mientras yo buscaba infructíferamente películas de accidentes de vuelos, mi compañera de al lado leía 50 sombras de Grey. En algún momento del eterno viaje me preguntó que sí quería leerlo, dado que ya había terminado mi libro y pasaba película tras película sin encontrar qué ver. Fingí dormirme.
Una de mis primeras observaciones en la capital alemana fue que todo mundo leía algo, o que por lo menos tenía siempre un libro en las manos, tanto en el metro como en los parque. Tardé un poco en darme cuenta de que el libro más común era 50 sombras. Cuando una alemana me preguntó que si lo quería leer dije que no, que muchas gracias, que tenía que preparar un proyecto y leer libros de historia intelectual, de prácticas editoriales y de políticas culturales. Estudio esas cosas infructíferas para la humanidad y me niego la leer el libro más traducido de este último lustro.
Entre mis andanzas por Berlín, he conocido con alegría una cantidad de hispanos que en México nunca hubiera conocido. Tuve la fortuna de encontrarme con unos venezolanos lo más de interesantes que tienen un amigo músico que ha tomado sesiones de composición con Górecki; cuando le preguntamos sobre lo qué él pensaba de la música popular simplemente respondió: “Górecki, uno de los maestros más geniales que he tenido, me dijo que la música es todo aquel sonido que mueve el alma, sin pretensiones, sin más".
Creo que no se puede confundir Lolita con 50 sombras, ni “The Symphony no. 3 Sorrowful Songs” con cualquier arreglo de Arjona; hay una inversión de tiempo, de técnica y de conocimiento abismalmente diferentes; y el punto al que pretendo llegar no es proponer una simple redefinición de la literatura frente a la definición de música de uno de los compositores vivos más importantes. Simplemente remarco la humanidad, la humildad, con la que un gran compositor puede reconocer otras manifestaciones musicales. Y así me pregunto en qué consiste el humanismo de las carreras que se pretenden humanistas. Porque hasta donde he visto los “humanistas” no son más que acomplejados que pretenden demostrar su superioridad social, moral o cultural frente a “lo popular”. A veces parece un pecado mortal aceptar que se tiene un gusto que no pertenece a la “alta cultura”, y nos parece ilegítimo que gente sin ninguna preparación pueda disfrutar de lo que muy ambiguamente reconocemos como “cultura”.
Mis intelectuales amigos me cayeron mal en el momento en que comenzaron a usar un libro que “ni nos va ni nos viene” para atacar a los lectores. Que todo mundo lea ese libro malo, comercial, entretenido o bueno no me va a quitar mi trabajo ni mi conocimiento ni mis gustos literarios. No me pagan por cada vez que recomiendo un libro. Lo mismo ha pasado con tantos otros libros a lo largo de la historia y simplemente no entran en el canon literario. Pero lo que si entra en la “historia de los intelectuales” son los comentarios sobre libros. Mientras otras personas en otros siglos discutían “el buen gusto” con personas que proponían otro parámetro de “buen gusto”, los intelectuales y activistas de Facebook atacan a lectores no especializados, los acusan de “incultos, imbéciles, de mal gusto, de nacos” y un sin fin de adjetivos más formulados por los “dizque escritores”. Más grave es cuando las “escritoras feministas” defienden su profesión y su gusto arguyendo que ese libro es “literatura para doñitas”, libros para “gordas”, para “mal cogidas” o “dejadas”. Además del evidente machismo y la innegable violencia, ¿qué pretenden ganar con esos comentarios?
Yo seguiré negándome a ver o leer las 50 sombras de Grey. Pero también me negaré a considerarme “intelectual” y “culta” si eso implica decir que algún libro es para “doñas” adineradas o no, o literatura para gente no culta, para personas que no conocen, que no saben. Para gente que no tiene nada mejor que hacer y que no tiene problemas reales. Me rehuso también a seguir con la corriente de “las élites” intelectuales de querer ser las salvadoras de un “pueblo”, al que acusan de estúpido, inculto. Espero que algún día alguien tenga la bondad de explicarme qué es eso tan raro que llaman pueblo.
Si he gastado mi tiempo en escribir estas dos páginas ha sido porque ese libro ha sacado, de muchos de esos amigos “humanistas” e “intelectuales”, la parte más nazi y perversa de cualquier humano. Me ha demostrado que esa “izquierda” no respeta al “pueblo”, que sólo se disputa el poder con la derecha. Ha puesto en evidencia la falta de respeto que un humanista tiene por lo humano. Así me cayeron mal mis cultos amigos. Sus referencias literarias o intelectuales quedaron vacías por la forma en cómo se refieren a otra persona sólo por un gusto literario, sin dar otro fundamento que no sea un reflejo de su violencia y su machismo.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
¿Y ahora qué sigue?
El discurso de la protesta en México contra un Estado criminal ha insistido en la desaparición del individuo. Como si ser individualista fuera algo malo. Como si ir a protestar y estar todos de “un mismo bando”, con los “compas” fuera lo único. ¿Lo es? ¿No estamos todos del mismo lado? A veces pareciera que no, y la dicotomía se acentúa al tratar de definir –de dividir– la lucha entre izquierdistas (activistas, gente buena, letrada y consciente) y derechistas (reaccionarios, malos, ricos y generalmente estúpidos). Esto no es más que discurso de odio y sin sentido. “Odiemos a los indiferentes”, decía una vez una activista que se proclamaba “feminista”, que en mismo mensaje atacaba a “las mujeres acomodadas o de clase alta, insatisfechas y estúpidas”. A mí eso me suena no más que a un discurso de odio de clases –de clases inventadas, además– que a una verdadera protesta o crítica social. Esta tensión social sólo ha acentuado los odios raciales y de clase, ha demostrado complejos sociales y educativos que no se habían querido tocar.
Que no hay crítica social en México, y que la cultura está dominada por el Estado. Todo es institucional, hasta la protesta. Ésta debe tener un discurso definido y revolucionario, si no, es de gente “reaccionaria” y “derechista”. Criticar a los americanistas es “intelectual”, igual asegurar que todos los que pueden gustar de un programa de Televisa son reaccionarios, “niños intolerantes”, “prole”, “nacos” y de allí a adjetivos cada vez más agresivos; pero eso es una postura intelectual. En cambio, criticar a Adán Cortés por haber irrumpido en la ceremonia del Nobel de la paz es de “reaccionarios”, “adinerados”, “estúpidos”, “oligarcas” –y de allí a lo que sigue–, cómo si una cosa llevara a la otra.
La crítica social en estos momentos es imposible so riesgo de linchamiento “cibernético” y real. Decir entonces, que de alguna manera nos merecemos esto es “justificar” la violencia. No, creo que es una forma de pensar nuestra participación política. Qué es lo que hemos permitido para que esto pase. ¿Hemos? “Eso me suena a manada”. Yo no he permitido nada. Mis amigos tampoco. Mis padres trataron de evitarlo. Mis amigos con hijos lucha para “poder decirle a mis hijos que jamás me rendí”. Todos van a la universidad o participan en marchas, hacen crítica literaria e histórica, son feministas y aman a los animales, se mantienen informados y son conscientes de la realidad social, e increpan a otros con el argumento de que el cambio no “está en uno mismo”. Supongo que la violencia implícita entre esta “clase educada” no importa y eso no hay que modificarlo, criticarlo o pensarlo porque como “el cambio no está en uno mismo” no se puede hacer crítica social, y menos individual. Atacar a otras personas porque no piensan “igual” está bien; decir “ahora hay que comenzar toda discusión política diciendo había una vez un señor llamada Foucault” no es agresivo ni es violencia, es sólo la postura de los patanes intelectuales. Desde aquí, todo es una falacia ad hominem.
Entiendo que esta frase que se ha repetido hasta el hartazgo, “el cambio no está en uno mismo”, es una respuesta a la insistencia de la “clase” trabajadora cuando se ve afectada por una protesta. Ellos proponen que “el cambio está” en estudiar, trabajar y buscar un futuro, mejorarse a uno mismo, no ser corrupto, etc. Claro, ¿un futuro en un país en donde ser mujer, clase media o estudiante es riesgo de muerte? ¿tener un trabajo mediocre, mal pagado, con un salario inferior a todas las necesidades diarias? ¿estudiar en escuelas públicas que cada vez son peores, que cada vez tienen menos financiamiento y más mafias? ¿pagar miles de pesos por una educación de dudosa calidad? ¿mejorarse a uno mismo cuando te apuntan a la cara para ir a tu casa? ¿no ser corrupto y arriesgarte a morir en el intento de denunciar la corrupción? ¿pagar unos impuestos altísimos para conseguir nada a cambio? La cuestión no es sencilla. No se trata de sólo sentarse a trabajar y estudiar de manera desaforada, de cumplir con todo y “dar nuestro granito de arena”. No se trata ya sólo de una devaluación de la moneda, ni de “mordidas” que podemos evitar, ni de la obesidad o una crisis de salud, ni menos de trabajar para tener un “patrimonio”; se trata de enfrentar a otro, exactamente igual a todos los humanos, que tiene como arma la impunidad; se trata de cargar un gas pimienta para no ser parte de las desaparecidas; se trata de contener toda la rabia en la garganta y tragarse el miedo para no “mostrarlo” cuando te apuntan con un arma a la cara; se trata de vivir –de sobrevivir– todos los días pese al miedo; se trata de invertir tiempo y esfuerzo y dinero y nervios para lograr estar. Y sin embargo, pese a que todos sabemos esto, sólo hay “oportunistas políticos” aquí en Berlín o en Oslo o en México. En las protestas he visto “intelectuales” que lo único que buscan es ganar visibilidad y ser considerados agentes de la construcción histórica –todos se colocan la mano en el pecho con la misma solemnidad que cargan la bandera comunista o la mexicana manchada de rojo, la imagen del Che Guevara o la cara desollada de Julio César–; pero, fuera de la visibilidad, del espectáculo público, estos mismos “intelectuales” son racistas, clasistas y machistas. Estos mismos son los que hace meses defendían al Estado y pedían que la opinión se relativizara, pues “el PRI sabe gobernar, es fuerte y da oportunidades que otros países no dan”; es de los pocos países en el mundo que ofrece becas a extranjeros, por ejemplo, pese al artículo 33. Yo no quiero becas que apoyen investigaciones ociosas si el precio que tengo que pagar es ver la angustia a flor de piel en la gente que quiero, si tengo que sentir la incertidumbre económica, si sé que en México todos los días “te juegas la vida”.
Las protestas desaparecerán, como han ido desapareciendo; los agentes políticos quizás ganen un “hueso”, otros serán admirados por sus alumnos o colegas. Todo recobrará u ocupará un lugar en el orden de corrupción en el que estamos. La protesta por los 43 estudiantes se institucionalizará, se abandonará a los padres, y se convertirá en una moda. La protesta no ha crecido, la indignación no es cada vez mayor porque lo que importa es tener sujetos políticos –que en realidad no importan como humanos– que puedan ser considerados víctimas dentro de la noción de “izquierda”. Que Erika Cassandra haya aparecido desollada no implicó indignación para nadie, sólo un dolor tan profundo que todos quisieron ocultar, que todos buscaron dejar atrás, que no importó más que para unas cuantas feministas –de verdad– conscientes, como Artemisa. Incluso se pidió, se exigió, que su rostro desollado no formara parte de las imágenes públicas. ¿Cuál es la diferencia entre Erika Cassandra y Julio César? ¿acaso es que ella no era activista, ni un sujeto político identificado con la izquierda? ¿Por qué la protesta por las niñas asesinadas en Edomex no logró nada? Este debería ser un país en el que una mujer, un estudiantes, un derechista, un izquierdista, un católico, ateo o lo que fuere pudiera caminar tranquilo, protestar sin correr riesgo ni ser perseguido. Debería ser un país… Al final, las únicas víctimas del Estado y de la sociedad son Erika y Julio César, los normalistas, las miles de mujeres, los miles de indocumentados, los médicos desaparecidos o encarcelados, los maestros, los campesinos, las provincias. ¿Entonces, como masa, porque uno mismo no puede hacer nada, qué hacemos? Esto parece una broma perversa y cínica, la sociedad mexicana es completamente predecible y débil, se puede hacer con ella lo que sea, hasta volar a China en medio de una crisis política, restregar una casa de millones de dólares o, en medio de la devaluación, regresarle sus pertenencia a uno de los asesinos y ladrones más terribles de la política mexicana.
domingo, 2 de febrero de 2014
México no polemiza. Réplica a Sebastián Pineda
“Mi
muy querido, admirado y respetado señor [Pineda]:
No sin
antes esperar que se encuentre bien y Dios lo tenga de su lado,
comento, con mi débil pluma, su artículo publicado hace unos días
en” Motivos de Proteo, Pacheco: Morirás "polemizando", a propósito de la muerte de lo que usted llama un “narrador menor”, pero un “poeta mayor”.
En
principio he de aclarar, ya que me menciona, que en mi tesis no he
dicho que la Revolución fuera un producto de las polémicas
modernistas. Los modernistas polemizaron acaso para abrir el campo
cultural de la época que estaba bajo el control absoluto de Rosendo
Pineda –que quizás ejerció la misma dictadura intelectual
que ahora ejercen ciertas instituciones culturales–. Para el
historiador Charles Hale resulta claro que el conflicto armado de
1910 fue producto de una larga lucha discursiva sobre la construcción
de leyes, instituciones y políticas culturales basadas en el
liberalismo. Ya Justo Sierra advertía que la dictadura –incluso
intelectual– era necesaria para evitar el anarquismo, y por tanto,
la revolución y la caída económica del país. Por anarquismo se
entiende cualquier clase de confrontación. ¿Acaso tenía razón?
¿Acaso no fue la Revolución un ejemplo de confrontación anárquica?
Quizás es lo mismo que teme Tovar y de Teresa en un país lleno de
confrontaciones anárquicas. Lo último que le faltaría
es que las élites intelectuales comenzaran a polemizar y a
dividirse. Pero, ¿cree usted que las élites ahora dejarán de
polemizar sólo porque Sierra o Tovar lo consideran “adecuado”?
¿No cree usted que la cortesía
cultivada en realidad sólo esconde la polémica pero ésta sigue
estando? Los modernistas mexicanos a finales del siglo XIX no
polemizaron directamente
para erigir su discurso sobre el hegemónico –acaso el único
ejemplo de polémica directa contra las políticas culturales de
Rosendo Pineda fueron a través de El País,
periódico de fugas vida debido al recorte de apoyos por parte del
gobierno–. Entre las estrategias que utilizaron para debatir estos
letrados se encontraba la ironía –recurso retórico que conlleva a
la perfecta argumentación: de manera desapercibida devalúa un
discurso para implantar otro–, quizás otro recurso sea la
demostración de la tesis contraria de los que llevan la voz
cantante. Que por cierto, la “corrección política” nada tiene
que ver con la izquierda, o con una actitud izquierdista. ¿No fue
Tovar y de Teresa el que insistió en que no debía de polemizarse?
Me
parece mi apreciable crítico que no ha tenido a bien leer
cuidadosamente a José Emilio Pacheco –que a propósito de Morirás
lejos, la recomendación y la
insistencia de que lo leyera fue mía, si no mal recuerdo le insistí
por más de un año que leyera esa novela–. Acaso Pacheco cuando
crea el laberinto narrativo característico de esta novela está
polemizando con lo que en ese momento se consideraba “estructura
narrativa”. ¿Y no le parece que hay una alusión a El
laberinto de la soledad? ¿No le
parece que Pacheco está poniendo “patas arriba” el mundo
mexicano –y germano– al mostrar los procesos de cautiverio
intelectual que tienen los sistemas sociales y gubernamentales? ¿No
le parece que la no identidad
de eme muestra la falta de individualidad de los mexicanos, o de todo
aquél que ha vivido en un estado absolutista?
Creo, señor, que
no ha leído cuidadosamente esta novela. Se ha dejado engañar por
Pacheco –quien como todo buen pensador, según Schopenhauer,
tendería una trampa haciendo pasar lo exterior, el discurso
inmediato, por lo esencial–, no ha profundizado en el crisol
alquímico al que invita Morirás lejos.
Que
Pacheco no polemizó... “Vamos a ver”. En el prólogo a la
Antología poética del modernismo
Pacheco explica de manera directa la actitud polemista de estos
“poetas renovadores” demostrando la poca viabilidad de los
comentarios hechos por Octavio Paz. Claro, no menciona al premio
Nobel mexicano –por lo que algunos académicos lo han acusado de
plagio–. Me parece que no es plagio sino un recursos para polemizar
sin tirarse encima a ciertos grupos de poder cultural.
Usted
lleva razón al decir que en México no se escribe sin miedo, pero
tampoco se hace con esperanza. Incluso se hace por medio de
mecanismos velados –pero efectivos– que los que están
acostumbrados a las bombas, al drama y a los edificios desmoronándose
no pueden percibir. Acaso les hace falta desarrollar más capacidades
de lectura a los que no ven en la ironía una forma de polemizar. El
miedo y la
esperanza dice usted citando a
Spinosa son los mecanismos de la servidumbre, ¿le parece que las
élites intelectuales mexicanas no se dan cuenta de eso? ¿No logró encontrar una referencia directa a Spinosa en Morirás lejos, de manera clara en la página 66 de la edición de 1984? ¿No le parece esto un gesto interesante? ¿Acaso
usted no ha leído los trabajos de la Fundación Juan Rulfo? Si se
atreve a revisarlos verá que su labor intelectual está basada en la
polémica directa e indirecta. Pero volviendo a Pacheco y a
Schopenhauer. Para el filósofo romántico no había mejor
demostración de inteligencia y cultura que la formación del espacio
simbólico creado por la ironía, por la crítica velada, y no por la
directa que podía resultar burda y vulgar si no se aprende a hacer.
Para este filósofo, pues, hacer pasar por pequeño e inocuo un
talante, para derribar desde lo alto, es la única forma efectiva de
devaluar el discurso hegemónico. Pacheco tuvo la intención de hacer
esto, ¿no le parece? ¿Cuántos niños de preparatoria tras leer Las
batallas en el desierto no han
comenzado a criticar el sistema educativo, la actitud mojigata de una
sociedad laica y, ante todo, el absolutismo gubernamental? ¿Y no es
en los niños, en el proceso de educación, en el que se tiene que
enseñar a pensar? ¿Acaso considera que Pacheco por alcanzar las
mentes jóvenes –que muy pocos pueden hacerlo– ha fracasado en su
narrativa y por eso es “menor”? Por eso le insistí, mi
respetadísimo y honorable señor, que leyera Morirás
lejos. En esta novela, de una
narración complicada e intrincada, sumamente culta, el autor critica
no sólo un sistema nacional, sino mundial, basado en la anulación
del individuo. Quizás la revelación más angustiaste sea comprobar
en este texto que el individuo al cobrar forma
termina por ser “anulado definitivamente” por estar bajo la mira,
por causar polémica, por salirse del ambiente nebuloso de las
instituciones protectoras.
Sin
más, espero que esté en gracia del Altísimo, y espero que su
amabilidad y falta de cortesía tenga a bien responderme mi humilde e
insignificante réplica.
Siempre su admiradora y servil sierva.
Dianeia
martes, 19 de noviembre de 2013
Conjuros del recuerdo: Cuando besan las sombras de Germán Espinosa
Finalmente tratar de
capturar la experiencia es lo que hacemos. Si algo nos mueve a
escribir sobre un libro, un viaje o un amor no es sólo por "dotes" de
escritor, sino por alguna extraña necesidad de fijar algo en la
memoria, quizás ante la conciencia de su vulnerabilidad. Hasta el más fiel de los recuerdos, y
hasta el más profundo de los amores se vulnera con el tiempo,
cambia, se transfigura, lo perdemos: “ni el pasado es nuestro”.
Después de casi seis
meses que han pesado como años en mi recuerdo he decidido fijar
mi experiencia de Cuando besan las sombras,
un libro genialmente musical de Germán Espinosa. Comencé a leerlo
motivada por el escepticismo de que fuera el mejor escritor
colombiano del siglo XX –yo dudaba que hubiera alguien mejor que
García Márquez–. Sin duda, tras leer algunas de sus obras, he
encontrado que no sólo es uno de los mejores escritores de la
literatura hispánica, sino uno de los más reflexivos y
profundamente intelectuales –no vacuos y pedantes como el grueso de
nuestros grandes escritores–. El alcance de la construcción
espiritual –no sicológica ni narrativa ni intelectual– de los
personajes es inigualable con cualquier otro escritor que haya
conocido. Su problema: es un escritor de élite, no de masas. Una de
sus grandes obras, prueba de su gran inteligencia es La
tejedora de coronas, libro del
que hablaré en otra ocasión, cuando la experiencia deje de doler, o
haya sanado lo suficiente para no derramarse.
Parezco
decir que ya he sanado Cuando besan las sombras,
razón por la que comenzaré a escribir sobre mi experiencia, y no
tanto de la genialidad de Espinosa. Sin embargo no he sanado. Si
ahora escribo es porque las reflexiones sobre este libro me asaltan
cada día desde hace seis meses. Desde que ante el caribe colombiano
terminé este libro no he podido cerrar una herida que abrió
profunda en mi inteligencia. Porque Espinosa es un autor que hiere la
inteligencia, la psique
en su sentido primigenio: el alma. Cada mañana, cuando recobro la
conciencia, tras toda la dicha de la noche, me asalta nuevamente la
visión de la amante fantasma. Cierta punzada me invade y tengo que
contenerme, sonreír y buscar desesperadamente la alegría para
pararla. Solución propuesta por el mismo Espinosa: el gozo, el gozo.
La
experiencia, dice Sábato, es lo que transforma el recuerdo de la
misma experiencia. Desde hace seis meses he vivido, viajado y
navegado por lugares que jamás hubiera imaginado. He descubierto
mundos. He encontrado caminos. Me he asombrado con la luz de un
cuadro. Me he tranquilizado del temblor y de la angustia en los
brazos de mi bien amado. He leído y releído el origen de mi
angustia; como si se tratara de un deleite, tengo allí las imágenes
fijas de los escritos –la búsquedas por revivir algo que ya estaba
muerto, que nunca fue y que se derrama en vulgaridades que pretenden
ser eróticas– que han agudizado la intensión de Espinosa.
Pese
a que he podido leer, hablar y escuchar las “palabras”
–preservadas por otros– del mismo Espinosa, no dejo de intuir que
este escritor gustaba de esconder su inteligencia. El portento
intelectivo de este hombre sólo se revela conforme pasan las
páginas. Abruma su inteligencia, sorprende, asusta, avasalla. Estoy
segura de que nunca habló, quizás salvo con unos cuantos, de sus
reales intenciones al escribir, sobre el completo significado de su
obra. ¿Qué sentido tendría hacerlo? Sería dar una lectura
predispuesta. La vida es como la literatura: una constante sorpresa.
Así
como esas imágenes, fijas, inamovibles, tengo también mis
impresiones temblorosas de Cuando besan las sombras.
Todo lector atento sabe que la obsesión de Espinosa por el
espiritismo y la reencarnación se verá reflejada en la casona del
Escudo en Cartagena –de Indias, claro–, y que los fantasmas
acosarán a Marilyn y Fernando Ayer, joven pareja que decide
instalarse en ese viejo caserón por cierta inclinación intelectual.
Pero el asombro de Marilyn ante el descubrimiento del “beso de las
sombras”, su postración, su dolor y su profundo arrepentimiento no
parece haber sido advertidos. Es el momento en que toda una vida, una
ilusión y un mundo quedan escindidos, porque el “deseo” que se
profesan Fernando Ayer y la sombra superan toda fuerza natural o racional. No se
trata ya de amor, sino de algo más fuerte. Algo que supera hasta la
más tierna de las compañías y la vuelve despreciable. Y sólo la
inteligencia podría con ese besar de sombras. ¿Pero cómo la
inteligencia podrá superar la mitología? ¿Lo fundacional? El lazo
de Fernando Ayer es aún más fuerte con su fantasma que con Marilyn.
Fernando funda toda su obsesión en el supuesto de que “ella” –el
fantasma– lo está esperando desde el principio de su existencia,
desde el fundamento de su vida. Olvida el valor de la vida y de los
encuentros: “desde lo más profundo de los siglos todo está
tramado para encontrarnos” –idea que explorará Espinosa
hondamente en La tejedora de Coronas–.
Prefiere un ciclo, un tiempo circular al destino. La única forma de
traicionar el destino es quedarse en el tiempo mítico.
Ante
la sorpresa Marilyn sólo atina a sentir asco ante esa relación
entre Ayer y el fantasma. ¿Pero no resultaría absurdo su asco
puesto que un fantasma no es un rival real? Pareciera que sí, que
Marilyn no está esperando sino un pretexto para irse. Sin embargo
ese asco es lo que la obliga a huir, a escapar cómo sea, tras lo que
sea. Ese asco no es otra cosa que celos, rencor, tristeza y una
certeza plena de que lo que los une –un mito– es más fuerte que
cualquier amor construido de realidades. Marilyn jamás podrá
superar al fantasma. Jamás podrá significar más para Fernando.
Jamás podrá ser amada nuevamente. Con temblor se da cuenta de que
ni aún ella muerta logrará generar lo que ese romanticismo cargado
de egoísmo y de desprecio por la vida ha provocado en Fernando. Por
supuesto que Ayer no pretende abandonar a Marilyn, ni cambiarla por
un fantasma, pero no abandonará tampoco su ímpetu por rescatar esa
experiencia fantasmagórica –muerta, contraria al goce–.
Al
final todo termina en olvido. Fernando y Marilyn, ante la falta de
inteligencia para abandonar, dejar atrás y olvidar lo muerto pierden
no sólo el goce sino la vida. Pierden la memoria y sólo queda una
nota musical que no logra sino transmitir tristeza disfrazada de
belleza. Ni siquiera melancolía. La memoria no debería recuperarse
explorando al fantasma, intentando olvidarlo, abandonando la vida por
una fantasía. En otros textos Espinosa vuelve sobre la memoria y la
centra toda en el gozo inalcanzable, en la experiencia fraguada en
presente. Y la recuperación del pasado sólo puede ser lograda por
el recuerdo mismo.
El
enfermizo afán de Fernando Ayer por vivir en el pasado, por volver
de la depresión una forma de gozo, pensar que el erotismo con un
fantasma –casi necrofilia– puede revivir (“divertir”) un
momento, son una forma de negar la vida. La existencia. La
experiencia. El mito no logra fundar realidades, aunque las
realidades logran fundar un mito. El asco de Marilyn no es sino una
forma de la inteligencia ofuscada. Ante una revelación tan dolorosa
como el beso de las sombras –el cambio de lo vivo por lo
putrefacto– la inteligencia debe mover al abandono, al olvido, a la
retirada. Los fantasmas asaltarán siempre. En la soledad –en los
sueños– se puede incluso copular con ellos. Pero no parece leal
para Espinosa incluir al “bien amado” –o al que se dice amar–
en medio de esa nausea que se volverá en obsesión y al final en
abandono.
Pero
¿escribir sobre la experiencia no es lo que hacemos, entonces? Sí.
Pero parece haber una diferencia importante entre registrar la
memoria y traicionarla. Crear realidades forzadas con seres que nunca
existieron, y que si existieron no tienen nada que ver con el
fantasma que queda; traicionar, con esa búsqueda de realidades
disfrazadas de ficción, la experiencia, la vida y el amor
parece estulto. Lo abrumante para el autor, en voz de
Marilyn, no es la búsqueda por entender un pasado que acosa a la
pareja, ni descubrir su origen; es preferir el vínculo y la
fascinación por lo que ya no es ni será y nunca fue. No una utopía
ni una quimera. Un muerto.
Finalmente
ambos personajes, Marilyn y Fernando Ayer terminan huyendo tras sus
respectivos fantasmas, asumiendo que es mejor esa compañía que ya
no es, que ya no les pertenece. La vida se
les va en creer que amar no es solo una quimera. Y el olvido los
alcanza al haber traicionado el amor, la vida y el gozo.
miércoles, 16 de octubre de 2013
De la legitimación del machismo o “la putería”
Si partimos del entendido
de que respetar la libertad que todo ser humano tiene de hacer con su
cuerpo lo que quiera, no tendríamos que discutir si es aceptable o
no hablar de “putas” (o “putos”, según sea el caso).
Generalmente la adjetivación obedece más a una obsesión -legítima
o no- de quien hace los juicios, mas no del “objeto” en sí. Es
cierto que debería haber normas sociales que se apeguen a “la
moral y las buenas costumbres”, sin embargo, tras las atrocidades
cometidas por los ideales y las búsquedas utópicas, no deberíamos
seguir concibiendo la realidad bajo un paradigma cerrado de
conocimiento del mundo (epistemológico) ajeno a toda crítica o
postura discursiva moderna.
El lenguaje de la modernidad no puede sino relativizar todo,
dice Charles Taylor en “El discurso de la modernidad” en Ensayos
sobre el conocimiento, el lenguaje y la modernidad
(2007). La puesta en duda de todo paradigma moral y dogmático
es lo que crea el pensamiento moderno del que todos hacen alarde.
¿Quién o bajo qué precepto, entonces, se deberían de establecer
los códigos de “las buenas costumbres"?
En nuestras sociedades
hispanas, en particular, quedan fuertes resabios de un machismo que
al parecer cuesta trabajo relativizar, analizar, aceptar y atacar.
Quizás tendríamos que cambiar nuestro sistema epistemológico para
hablar de problemas sexuales, pues mantener vivas estas
consideraciones no hace sino legitimar distintas formas de machismos.
A veces pareciera que no hay otro paradigma que nos permita pensar el
mundo, pues las discusiones sobre el machismo, paradójicamente,
terminan siendo machistas.
He escuchado las
versiones de muchas mujeres, generalmente extranjeras, que alegan que
el machismo de México (país) es el más terrible que han visto en
su vida. Las mujeres mexicanas de provincia, en cambio, logran
diferenciar algunos tipos de machismos, sin dejar de considerar que
el que hay en México (ciudad) es el más evidente y “vulgar”.
Las defeñas simplemente han aprendido a afrontar ese machismo y ya
no reparan tanto en él. Lo curioso de muchas de estas
“relativizaciones” sobre este problema sexual y social es que no
hacen sino legitimarlo. La crítica va en aceptar que hay “mejores
machismos” que otros. “Es mejor el machismo colombiano. Prefiero
que me pongan el cuerno pero me veré como reina todos los días”,
“prefiero el machismo cubano, es más sabroso”, “prefiero el
machismo argentino, son unos flojos buenos para nada, pero son
argentinos”, “es preferible que sean duros contigo, pero lo
bailado español nadie te lo quita”, “yo prefiero que me digan
mami, ven. Qué rica. A el
clásico ay, mamacita”.
Ninguna de estas excusas deja de ser un tanto estulta y carente de
toda reflexión feminista, o simplemente crítica. En cada uno de
estos comentarios la mujer se concibe a sí misma como objeto, como
un “ente” que tiene que verse como “reina” para su “macho”,
acepta que la agredan verbalmente pero con acento cubano y está
dispuesta a lidiar con un holgazán o un grosero por status racial o
cultural. Estos “machismos” son mejores en relación con el
mexicano.
Es cierto que en la
Ciudad de México, y más al norte o al sur del país, todas las
mujeres hemos sufrido alguna suerte de violencia sexista. Y por lo
general, este tipo de violencia es “culpa de las mujeres”. Al pasar frente a una construcción, o cerca de un paradero
de camiones, o de cualquier lugar “de domino de hombres”, si una
mujer es agredida verbalmente es por su culpa; por la ropa que trae,
por cómo camina, por salir bonita o simplemente por pasar por esa
calle y no rodear cuatro cuadras para evitar a los hombres. En lo que
he podido observar y experimentar no hace falta ser bonita, usar ropa
atractiva, ser sensual, coqueta o sonriente, basta con ser mujer. Los
hombres culturalmente están predispuestos a considerarla un objeto o
un ser que merece, por derecho legítimo, ser humillado, violentado,
vejado o anulado. Ante esta actitud resulta obvio que las mujeres del
DF sean “feas”. No porque en realidad lo sean, se ha anulado la
sensualidad, la naturalidad y la libertad. Si a alguna se le llegara
a ocurrir andar atractiva sin compañía masculina, los hombres
-avalados por muchas mujeres-, como si fuera su derecho, o es más,
su deber, deben de atacarla con chiflidos, piropos sumamente
agresivos, miradas acosadoras y hasta agresiones físicas (nalgadas,
pellizcos, violaciones, lo de siempre). Son consideradas, en pocas
palabras, “putas”.
En muchos estados de
México si una mujer es violada es por “puta”, ella es la
causante, directa o indirectamente de la agresión, mientras que el agresor es casi la víctima de una seducción, atracción, instinto,
hombría, ambrosía-hembrosía, o cualquier otro término que sirva
como argumento para seguir considerando a la mujer como algo sobre lo
que se puede decidir, y legitimar así el machismo y el derecho a
humillar.
Por otra parte, es aceptado
que una mujer sea felicitada por su belleza y eso parece estar bien, no afecta
nadie y es tan alabante como la felicitación por ser inteligente. Es aceptado, también, que
una mujer sea detenida en la calle para recibir un cumplido, un beso
en la mano o una flor. Es cierto que es una forma de cortejar. Pero
el acoso no es lo mismo que el cortejo, aunque en una sociedad
machista se confunda. Me parece que la franja es muy
obvia y la sociedad la tiene clara. En lo dicho se demuestra la
intención: no es lo mismo que un desconocido se acerque a una chica
y le diga (y siempre es el mismo discurso) “Disculpe, señorita,
con todo respeto, es usted
muy guapa. Me gustaría invitarle un café”, al acercamiento
agresivo para decir “estás que te cojo, mamacita”. A todas luces
el segundo acercamiento es una amenaza de violación. Es una forma de
intimidación para anular, humillar y vejar. Lo mismo sucede con las
miradas. No es siquiera una mirada de deseo la que lanzan muchos
hombres hacia las mujeres solas, guapas o no. Es una mirada de
amenaza, de acoso. No es siquiera la mirada “libidinosa” que
tanto han descrito muchos grupos feministas. Es una amenaza, algo que
violenta. Al final no tiene sino el mismo fin: intimidar y anular.
Particularmente en el metro de la Ciudad de México se concentra el
acoso, a tal grado que ante la imposibilidad de educar y concientizar
se tuvo que dividir el metro en vagones de mujeres y de hombres, y
poner vallas custodiadas por policías. Así se demuestra que la
mujer es menos que un objeto, es un ser
despreciable que de alguna manera tiene que ser anulado, cuestión
indiscutible para una sociedad constituida en el machismo.
Lo
curioso es que las mujeres tampoco parecen dispuestas a reclamar la
igualdad y el respeto. Aceptan que al metro no hay que ir mostrando
las piernas, no hay que ir escotadas ni arregladas. Todas están
dispuestas a anularse y a abandonar su naturalidad porque “en el
metro así es y hasta las que no lo habían vivido lo han notado”. Bajar la mirada, aceptar que las cosas son así y
renunciar a la libertad
es lo mismo que aceptar que los machos
tienen derecho a decidir sobre nosotras.
Para muchas mujeres la
forma de recuperar la naturalidad y la sensualidad es protegiéndose
en sus parejas. Una dinámica que no deja de llamar mi atención es
que los hombres abracen a las mujeres por la cintura para marcar
territorio ante los demás, dando a entender que “ella ya tiene
dueño” o, en su defecto, que tiene quien la proteja. Esto no como
un juego o código entre la pareja, sino ante la amenaza de otros
machos. Así la necesidad
de un hombre, o de alguien que funja su papel, se vuelve obvia; y
legitima, nuevamente, el acoso y el machismo, pues la mujer acosada,
por sí misma, es incapaz de defenderse por sí misma.
Otra
de las peculiaridades del machismo es considerar que “solo pasa en
el metro y entre las clases sociales bajas”. Lo más grave es que
la legitimación no se da sólo en la dinámica que establecen
hombres y mujeres en situaciones de acoso, sino también en las
consideraciones de la clase media intelectual. En lo particular, a mí
me resulta escandaloso que una persona con estudios de posgrado, que
defiende los derechos de los animales y el derecho a la libertad y a la diversidad sexual considere que el acto que llevó a una mujer a
aceptar el acoso no es sino “putería”.
Ya mucho se ha discutido
sobre el término “puta”. Generalmente se usa para designar a las
mujeres que utilizan su cuerpo para conseguir algo. Esta
consideración demuestra la incapacidad de la “clase intelectual”
para poder mantener un discurso moderno
y crítico, para poder
aceptar otro sistema de conocimiento, otro paradigma epistemológico.
En realidad a esta actitud se le debería llamar simplemente
mediocridad. La
conductora del video viral de las redes sociales que fue desnudada,
manoseada, filmada y humillada, todo bajo su consentimiento, en
internet por los integrantes de un grupo de música de banda y por el
director de cámara no puede ser tildada tan superficialmente de
“puta”; se trató en parte de acoso sexual, desconocimiento,
pobreza, presión laboral, pero sobre todo de machismo. Tanto por la
parte de la chica como de los hombres. El análisis en su defensa que
acompaña el video y que se enfoca en el acoso laboral es muy claro:
si bien no fue obligada, sí se vio acosada ante la insistencia de su
jefe. Aceptó ser acosada, como la mayoría de las mujeres en el
metro.
Volviendo
a “la clase intelectual” defensora de la diversidad sexual, de
los animales, de la izquierda revolucionaria y la educación libre y
gratuita, me resulta muy incómodo que este sector social que tiene
la obligación de pensar, criticar y reflexionar sobre los males
sociales (ya que, se supone, cuanta con las herramientas para
hacerlo) considere que no se trató de acoso, sino de simple y llana
“putería”, que “la vieja se lo merecía por creerse que estaba
bien buena”.
Estos
comentarios no hacen sino legitimar el machismo. Los integrantes de
la banda son simplemente “vulgares” y unos “calientes”. Ella,
en cambio, es una “puta”. No se hace una crítica a la sociedad
machista, no se critica su actitud mediocre de “encuerarse” para
evitar ser despedida, no se le reclama su falta de arrojo para
enfrentar a 17 hombres que estuvieron dispuestos a humillarla, y en
cambio, aceptó la anulación. No se acepta que ella tiene la
libertad de hacer con su cuerpo lo que quisiera bajo la conciencia de
que es por su propio placer y no como medio para escalar dentro de
las normas patriarcales. Tanto los integrantes de la banda, como el
director de cámara y los “intelectuales” están aceptando que si
lo hizo fue por “puta”; no por tonta, mediocre, ingenua, etc.
Estos intelectuales, que se ufanan de ser cosmopolitas, acusan a las
clases iletradas de reproducir modelos de comportamiento machistas,
misóginos e, incluso, provincianos, son los que
legitiman ante un discurso culto y hegemónico el machismo y el orden
patriarcal. Es más que claro porqué es más fácil dividir a
hombres de mujeres que educar bajo una conciencia cívica de respeto
e igualdad. Ni aun la clase letrada y educada está dispuesta
afrontar problemas tan profundos como la configuración machista. En
su “lucha feisbuquera” solo legitima, por la ausencia de crítica,
discursos y actitudes denigrantes.
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