viernes, 7 de marzo de 2025

Lo perdido

 Estoy aquí, frente a la computadora redactando los fundamentos con pruebas de mi defensa ante la difamación que hoy sobre mí hace "mi parcerito". Lo único que nos pedimos hace 12 años fue siempre ser confidentes, ser cómplices y un equipo. Eso terminó hace tantos años y hoy, mientras recabo pruebas que remueven el dolor, que dejan ante mis ojos la evidencia de que no había solución ni vuelta atrás desde hace mucho tiempo me pregunto si vale la pena oscurecer todos los recuerdos que fueron buenos, si mancharlos con la marca del odio que ahora presentamos ante un juzgado.

Veo las capturas y veo "mi triunfo". Veo en ellas toda la violencia de S (su nombre poco a poco quedará sepultado para siempre). Encuentro en ellas la forma de que todos se den cuenta de lo violento que es, de que el mundo vea el infierno en el que viví los últimos años. Es la oportunidad de que mi voz tenga tono de verdad. Es lamentable que para que todos me crean tenga que exponer mi dolor, tenga que exponer el dolor de S. Al final toda esa violencia no era más que una rabieta que venía desde lo más hondo de su infancia. No peleaba contra mí, peleaba contra ese abandono de su madre; esa madre que no ha podido liberarse de su culpa, que por ella lo defiende como si fuera un niño de 4 años. 

Puedo verlos con compasión. Puedo entender qué pasa en ellos y me pregunto si me atreveré a mostrarlo todo. ¿Hay aún algo de complicidad entre nosotros? ¿Acaso esa exposición de celos, de inseguridades, de desesperación debe salir a luz aún cuando en ese momento confiamos el uno en el otro al grado tal de dejar salir todo eso? Los abogados incitarán a ellos. Sin embargo yo no puedo sino recordar a aquél al que en su momento quise querer. Recuerdo sus ojos siempre abrumados, su mirada vacía, su anhelo desesperado por ser amado. Recuerdo cuánto me esforcé en quererlo hasta que lo quise, poco a poco, hasta que encontré en él la bondad, el lado amable, la parte ligera. Ese enamoramiento duró tan poco y fue cada vez más difícil ver a ese niño abandonado llorando por su madre. Ese niño que tantas veces me retrataron desde el dolor, la culpa, desde el llanto, movió fibras muy hondas en mí y decidí quedarme, decidí abrazar a ese niño, hasta que se volvió caníbal. 

S, la madre de S, también sufre su propia batalla. Pensé en ir contra ella, en mostrar toda la violencia que alguna vez desplegó contra mí. Sus intentos de ninguneo, su afán de resaltar mi "inferioridad" frente a su hijo y luego esa excesiva generosidad que generaba, sin duda, una confusión constante. ¿Te doy cosas para que te dejes golpear o te golpeo pero me disculpo regalándote cosas? Al final nada es personal, quizás S intentará ir contra S, mi hija. Quizás S intenté golpearme golpeándola a ella. Quizás sólo intenta desquiciarme. ¿Quiero yo desquiciarlo? Quizás baste que el mundo sepa que salí de esa relación con la cabeza en alto, en mucha fuerza, con mucha tranquilidad y mucho amor contenido para darlo a quien supiera amar mi alma rota. Quizás baste gritarle al mundo que soy feliz pese a los momentos de sufrimiento que S sigue propinándome. ¿Si el mundo supiera que casi muero por intentar permanecer a su lado, que no podía más, que mis años más felices con él fueron cuando no estuvo conmigo? 

Sí, yo fui muy feliz en Alemania, fui muy feliz en Xalapa y soy muy feliz sabiendo que ya no está en mi vida. Nunca existió entre nosotros la completa felicidad, pero es cierto que en algún momento lo quise, y lo quise mucho. Quizás jamás logré amarlo. Ahora sé qué es amar y lo bien, lo tranquilo, lo seguro que se siente hacerlo. A veces siento malestar de saber, de darme cuenta, que pese a todo mi esfuerzo, no pude amarlo. Quizás si antes me hubiera dado cuenta de que eso no era amor, que sus celos no eran amor, que su violencia no era amor, que su manipulación no era amor, y que mi sometimiento no era amor, que mi sumisión no era amor, que mi resistencia no era amor, lo habría dejado para que buscara a alguien que sí pudiera amarlo. Pero ahora podrá hacerlo, podrá encontrar quien pueda amarlo de verdad. 

No lo haré. No mostraré su dolor, su llanto de niño abandonado. Seguiré abrazando ese niño que vi en él y que quise tanto, ese niño que me hizo anhelar a S. Me defenderé y defenderé eso lugar de confidencia, ese lugar que alguna vez tuvo forma de cariño. Me protegeré y lo protegeré a él de sí mismo. Será mi último acto de cariño: tenerle compasión. 

sábado, 8 de febrero de 2025

Mis razones

 Nunca imagé que para ganarlo todo había que renunciar a todo. No sólo renuncié a una idea de familia, de futuro, de prosperidad, de intelectualidad y de comodidad. Había partes de mí que se aferraban a ver el mundo de la misma forma como lo había visto a lo largo de 12 años. Era un mundo que juntos habíamos imaginado y que habíamos construido para nosotros. Pero, pese a su amplitud, era un mundo que me oprimía, contra el que tenía que empujar constantemente. Sentí el cansancio, el odio, la angustia, el ahogo. Me estaba ahogando en una presión que se disfrazaba de amor. "Y yo que sólo quiero una vida leve" pensé una vez que a las tres de la mañana me despertó para explicarme por qué yo no podía querer una relación diferente. Esa noche pensé que yo lo había querido mucho, había apostado mucho por él. Le di todo lo que era hasta quedarme vacía, hasta perder todas mis fuerzas, hasta sentir que el aire se escapaba de mí. Dejé de correr y me quedé de pie y lo vi alejarse cada vez más. Él corría hacia un lugar que yo identifiqué como el abismo. ¿Por qué no soy capaz de seguirlo? ¿Cuándo lo dejé de querer? Eran preguntas que yo me hacía viéndolo a la cara, viendo sus "esfuerzos" por proyectar la idea de una familia ¿feliz? 

Se trata de un hombre celoso, siempre lo ha sido. Pero ¿cómo no iba a ser celoso si siempre tuvo la intención -cuando no la acción- de engañarme? No sólo es un hombre descuidado, también es fanfarrón y siempre le gustó contarle al mundo sus "intenciones", siempre habló entre sueños. "Son ficciones", me dijo alguna vez. Ficción fue usarme para darle celos a su exnovia: "tengo una novia tapatía más nalgona". Jamás vi la violencia en esa frase que dirigió al mejor amigo de su ex frente a mí. Ni siquiera habíamos hablado de "ser novios". No era yo lo que él veía y quería, era la "tapatía", educada por los "Vasconcelos", de "buen ver", de familia "académica", la de "los ranchos en Jalisco", la "más nalgona". Ahora me pregunto si realmente alguna vez me quiso, si alguna vez nos quisimos, me pregunto si realmente alguna vez me vio.

También fue ficción verse y hablarse con sus amigas y ¿ex?parejas sexuales cuando ya estaba conmigo. Me pregunto si las evocaciones a su exnovia, muchos meses después de estar conmigo, también eran ficción. Ficción fue decirle a cada uno de sus amigos que se "avecinaba una reconciliación con ella y que yo me volvería loca"; ficción fue acusarme de celosa cuando él aventó golpes al aire porque yo tenía un mejor amigo. "Solo son palabras", pero de palabras se construye el mundo. Sus palabras, las mentiras, sus imprecisiones, su poca consideración y compasión hacia mí despedazaron ese mundo en el que me desangré. 

Recuerdo bien ese 21 de enero. Recuerdo bien cómo no podía dejar de llorar al sentirme desgarrada. Destrozada. Muerta. Me di cuenta de que toda una vida había desaparecido para siempre. Entendí su comportamiento, entendí qué era yo para él. Al tiempo se anunció el resultado de la plaza en Xalapa y, vuelta jirones como estaba, tomé una maleta y la llené con "lo necesario" para comenzar una nueva vida con mi hija. No tenía idea de lo relevante que iba a ser eso. Lo dejé todo. Lo perdí todo y lo dejé perder. No hubo día que no llorara por todo, por nada, hasta que llegué al mar y cada parte rota en mí se llenó de brisa, agua, marea y sal. Desde entonces no he dejado de ser del mar. 

Cada uno buscó su abismo. Cada uno sufrió su duelo. En el fondo, en algún lugar de nuestras fracturas, había algo que nos había permitido querernos de una forma violenta, posesiva, indiferente. Habíamos luchado mucho uno contra el otro hasta que nos necesitamos para definirnos. Cuando decidí parar y acepté perderlo, también acepté perderme. Todo lo que había sido yo se había formado en función de él, de su lucha, de su violencia, de su tenso amor, de su aplastante afán de intelectualidad. Yo era la "esposa de Sebastián Pineda", nada más. "Felicidades, Sebastián, es una muchacha inteligente". Pero la gente me veía, realmente me veían. Me acostumbré a pensar que así como yo veía el mundo a través de él, el mundo me veía también a través de una imagen que él construía y no era la mía. Pero la gente me veía. Me acostumbré a no verme. 

Dejé de verme. Me olvidé de mí. Era incapaz de reconocerme. Me di cuenta del poco "valor" que para él tenía, de su indiferencia a mi depresión. No importaba que yo estuviera mal salvo cuando a él le resultaba incómodo, cuando necesitaba que me hiciera cargo de algo, que sacara la cara, que respondiera, que reaccionara; pero fue incapaz de hablarme con la verdad, de defenderme, de cuidarme, de acompañarme, de comprenderme, de escucharme, de verme. Recuerdo las noches en las que pensé que jamás podría salir de un espiral de ansiedad, de terror a morirme -porque en realidad quería hacerlo-, de desesperación y como respuesta sólo pude sujetarme de mi inteligencia, también tan maltratada por él. Que jamás quiso lastimarme tanto... quizás, pero lo hizo y él también como yo sabe la dimensión de las palabras, de las acciones que las acompañan, de las mentiras.

Aprendí a mentir, a ser indiferente, a razonar hasta el exceso las emociones. La distancia ayudó. La distancia y el rumor del mar me ayudaron a entender mi lugar y así fue cómo pretendí recoger los pedazos de una vida destrozada. Recogí algunos pedazos, pero no recuperé nada. Ya no quería recuperar nada, aunque me daba miedo renunciar a todo, renunciar a ese filtro que había construido para ver el mundo y para verme. Tenía miedo a verme a los ojos, de encontrarme con mi mirada en un espejo, de verme irreconocible. Pero decidí verme. Tuve el valor de verme. Quise verme tanto hasta que brillara, hasta que fuera ridículo no notarme. Me pinté el pelo de todos los colores. Me "desgracié" la imagen. 

Le pedí el divorcio una navidad frente a su familia, que pretendía no escuchar. Como él. Es mejor no escuchar, no ver, no enterarse para no incomodarse. Así fue cada una de las veces que le pedía un cambio: todo eran palabras, formas culturales que yo no comprendía, susceptibilidades mexicanas no válidas, actitudes familiares que yo no entendía por no "tener una familia". Pero yo tenía claro que todo había terminado y decidí verme, quise verme tanto que recordé la luz del Caribe, la luz del mar. Quise ser feliz, tan feliz como nunca lo había sido. Lo saqué de mi vida, de mi alma, de mi cuerpo, de mi mente, de mi imagen, de mí misma. Lo borré. Claro que duele ser borrado, claro que a veces lamento no haber podido salvar un proyecto por el que luché tanto, pero ya no podía dar más. No podía seguir sujeta a alguien que no estaba dispuesto a esperarme y prefería arrastrarme sobre el pavimento a detenerse un momento y preguntar la dirección. Me cansé de aparentar, me cansé de fingir, me cansé de no sentir más que rabia, tristeza, desesperación y ahogo. 

Así llegó la culpa y con ella la lenta e imperceptible fascinación por el amor. Fue tan cautelosa su llegada que cuando la noté ya era parte de mi alma entera. Primero lo vi, mirándome fijamente. Tan fijamente que su mirada se multiplicó. Traté de huir, de dejarlo todo. Me asustó tanto verlo y verme en él. Ahora sé que en ese momento presentí que algo había en su mirada, siempre fija, abierta y apacible. La imagen de su mirada  se había instalado en cada fisura, primero, para llenarme toda y hacer de mis ojos los suyos. Quise verme tanto que terminó por verme tan profundamente, que me hizo suya. Traté de negarme, traté de alejarme. ¿Cómo se aleja alguien de la agitación que deja el mar en la sangre? ¿Cómo se mata la emoción de sentir el universo en la punta de los dedos el latir de la vida en las manos? Aún así traté de convencerme de que el amor no existe, de que el amor es un proyecto de vida y valía más la emoción de conocer el mundo a costa de una misma. Pero yo ya era mía. Yo ya no le pertenecía a un mundo imaginado, ahora me tocaba imaginar el mundo y había alguien que me regalaba sus ojos. 

Ese 2 de junio quizás comenzó siendo uno de los días más tristes de mi vida. Ese día supe que yo de él no quería nada, que no sería fácil alejarme. Recuerdo claramente cuando me advirtió que si lo dejaba me dejaría sin nada, me tendría que ir yo de la casa, de mi hija, de mis cosas, que lo perdería todo. Me amenazó hasta que exploté como tantas veces lo había hecho. Lloré de desesperación y de miedo. Lloré tanto esa madrugada hasta que despertó la niña por la mañana. Él fingió que nada había ocurrido, que todo podía continuar como si nada, porque yo no me "iría" dejándolo todo. Lo que él no entendía es que yo ya había renunciado a todo. Llevaba un año entero renunciando a todo, despidiéndome de cada una de las palabras con las que habíamos construido un mundo tenso y violento. Me fui para siempre ese día. Ese día también quise tener la esperanza de encontrarme con el mar, con su mirada clara, con R, cuyo nombre no me atrevía a pronunciarme en voz alta. Ese día supe que había dejado todo para ganarlo todo. Frente a mí no había nada más que dolor y miedo a perder también a mi hija, pero estaba dispuesta a perder todo lo demás. Tuve tantas horas para ordenar mi presente. 

Ese día él habría podido haber hecho algo diferente. Él sabía que no tenía agua, que iba a estar allí tanto tiempo, que yo no iba a desistir, que necesitaba ayuda. No le importó, él sólo quería confirmar que sin "él yo no era nada", y yo quería demostrarme que estaba dispuesta a aferrarme a mis decisiones para alejarme de él. En medio del cansancio emocional, del dolor físico, del aburrimiento, vi llegar a quien -entonces lo supe- había estado esperando toda la vida. Supe que era él y, de golpe, todo tomó forma. Ante mí se presentaba el universo a través de su mirada fija que me abría el mundo para mí, para un verdadero "nosotros". Fue su presencia, su llegada, lo que cambió el rumbo de mi vida para siempre. Entonces lo supe y sin embargo tuve miedo de perderlo todo. 

Y lo perdí todo y ahora lo tengo todo. Transgredí cada norma. Me puse al borde del abismo. Estoy sobre el resquicio de la nada: así se siente estar viva, acaso. A veces regreso la mirada sin temor a convertirme en sal, por soy sal, soy mar, soy marea. A veces lo veo sentado, viendo a la nada con dolor de haber perdido sus esfuerzos, de haber perdido ese proyecto que tanta ilusión le dio. Esa vida era su proyecto, yo sólo me ajusté a él. Espero que algún día él logre liberarse de todo, que logre sentirse vivo otra vez. Yo ya lo tengo todo porque dejé todo. 


sábado, 21 de diciembre de 2024

La X de Xalapa

Desde mi infancia en Tapalpa no había vuelto a sentarme a la orilla del lago a ver cómo la luz se rompía entre el ocoxal de los pinos para perderse entre mis dedos; no había recorrido mis viejos caminos ni me había perdido en mis viejos bosques. Desde hace más de dos décadas no sentía esa agitación en el alma por ir más allá de lo que el horizonte encierra después de los cerros: esa necesidad que me hacía arder la sangre y me llevaba a buscar algo que no había perdido: el mar. Entonces yo pensaba que el mar era Veracruz, que todo el mar podía encerrarse en esa idea que yo me había prefigurado de un Caribe que aún no tenía nombre. 

En el ático -tapanco- descubrí hoy, antes de una crisis de migraña, todos mis papeles viejos, mis diarios infantiles, mis mapas. Me dio ternura encontrar esos mapas marcados por rutas y caminos que yo tendría que recorrer para llegar a Veracruz. Estaba tachada con una X un lugar incierto en Veracruz, un lugar llamado "Jalapa" -sí, como los chiles jalapeños, puse al margen. Jamás en la vida me habría imaginado terminar viviendo en Xalapa, lo cierto es que las rutas de los sueños son misteriosas. Me sentí de pronto abrumada, con todo el peso del tiempo transformado en polvo frente a mí, orbitando alrededor de esa X. Polvo acumulado por años en mi cuarto de la infancia, el único que la hecatombe jamás tocó. De repente me perdí en un dolor inmenso que me llevó a imaginar muchos mundos, muchos escenarios tan dolorosos, tanto o más que ese taladrarme dentro de la cabeza. De repente desperté. Había soñado con el mar luminoso, con el cabrilleo de la luz sobre las aguas de un mar en calma: el Caribe. El sol no cabrillea sobre el Pacífico. 

El Caribe encierra todo el mar. El mar se encierra a sí mismo y es siempre el mismo mar. Hoy, antes de que el sol cayera, decidí vagar por un antiguo bosque y volví a escuchar esa forma tan peculiar que tiene el viento de avisar la tormenta: un rumor casi imperceptible pero urgente: la tempestad que viene del mar. Un ciclón, un huracán o un tifón. Estos cielos intuyen el desastre. Xalapa tiene la intuición del amanecer en el mar.  Xalapa tiene una X. Tiene la intuición del mar, como Tapalpa, y fue el lugar a donde tenía que llegar para encontrar la inmensidad del mar, que no se me había perdido porque yo ya me había perdido en ella. 

Conocí el Caribe muchos años después. Antes el Pacífico se hizo ese mar que imaginaba desde el bosque, ese mar que de alguna forma anhelaba y fue ese mar el que me salvó de ahogarme tantas veces. Ese mar bravo, de olas altas y crestas blancas, ese mar espumoso, violento, celoso, que me apretó tantas veces en él hasta despojarme de todo el miedo a la muerte; ese mar que me gritó su nombre sin que yo pudiera entender hasta hoy. Ese mar que ruge, que brama y gruñe con sus espuma, con su respiración siempre ronca y agitada. Ese mar que en calma anuncia la tempestad. Me perdí para siempre en ese mar hasta que no tuve más necesidad de volver a él, hasta hoy. De pronto extrañé ese mar que, sin embargo, siempre se presentó como el último horizonte. Después de él ya no hay nada y lo sé. Ese mar que es mi destino. Ese mar pronunció su nombre. Ese mar que se adivina, que se intuye detrás de las montañas, que lo abarca todo con su inmensidad, eres tú, Rodrigo. Es el nombre que se me ancló en el alma, que se volvió un anhelo, un deseo, una búsqueda sin que yo lo supiera entonces. Ese nombre que toma forma desde lo más hondo de mi memoria. Me sé perdida y estremecida, desde siempre, en el clamor de tu nombre, Rodrigo.


domingo, 20 de agosto de 2023

Negativos

Hace unos días se metió una mariposa a mi casa. No era peculiarmente linda pero sí era particularmente grande. Pensé en todos los mitos sobre las mariposas. Casi todos aluden a presagios desagradables: alguna muerte, alguna pérdida, enemistad, qué sé yo. Me recordé de niña cuando escuchaba las conversaciones supersticiosas de mis primas y sus amigas. Yo, siempre al cuidado de ellas, era una suerte de compañía y de pendiente. En ese mundo infantil, en casas desconocidas, mi mente se pobló de voces femeninas que trataban de descubrir el mundo. 
Recuerdo una creencia peculiarmente graciosa: las mariposas de colores anuncian embarazos. "¡Dios me libre!" Inmediatamente después recordé otra voz: "cuando una mariposa te busca se trata de un recuerdo que te manda alguien que ya murió", decía mi abuela. Pensé en ella, pensé que quizás era un recuerdo que ella me enviaba. Hacía mucho que no soñaba con ella y precisamente la noche anterior la soñé. 
Lo cierto es que esa mariposa me trajo muchos recuerdos, resucitó muchas voces que tenía apagadas, olvidadas o encerradas por el dolor de la pérdida. Quizás lo que realmente murió fue esa infancia, que he decidido enterrar profundamente para no enfrentar el duelo de haber perdido ese mundo que se presentó tan mío, que se hizo para mí, que yo imaginé y di por hecho, para ahora no encontrar ni ruinas. Esa pérdida, el no reconocerme y no reconocer a nadie en ese pueblo me ha llevado a buscar desesperadamente nuevos espacios para dejar de estar suspendida. 
Esos recuerdos se han vuelto una suerte de negativos, una historia detrás de las imágenes que conservo en la memoria. Pero a la vez esos recuerdos que antes parecían tan nítidos, tan reales, terminan por disolverse en otras reflexiones, en usos, en recuentos y cuentos. Ya no hay nada que nos una. Ese cariño que seguro existió en algún punto ya no existe porque la vida es así: todos estamos muy ocupados.
En medio de la destrucción y rescate de negativos, pensando en las ruinas que quedan de un anhelo que tuve de niña, y no era sino el anhelo secreto de la familia,  recordé "Contra la Kodak" de José Emilio:

Cosa terrible es la fotografía.
Rostros que ya no son,
aire que ya no existe.
Porque el tiempo se venga
de quienes rompen el orden natural deteniéndolo,
las fotos se resquebrajan, amarillean.
No son la música del pasado:
son el estruendo
de las ruinas internas que se desploman.

Lo que quedan son fragmentos de un recuerdo y un anhelo, "ruinas internas" que se desploman cuando intento recordar con nitidez mi niñez, ese momento que se supone será el fantasma de toda la vida. La última vez que vi a mi abuela, eje de mi infancia, estaba ya dentro de su ataúd. No la reconocí pero ahora sé que fue su última fotografía, ese rostro ya sin vida, sin aire, sin recuerdos... los recuerdos era lo que ella tanto atesoraba. Con ella se fue un mundo irrecuperable. 
Más que sus fotografías, agradezco haberme quedado con sus cuadernos que tienen pensamientos, recuerdos, fragmentados en tono de canción elegíaca, pero también tienen anhelos disfrazados de rezos. Esos anhelos que nunca comunicó y que, sin embargo, todos buscaban desesperadamente cumplir, todos creamos una ilusión que, gracias a Dios, se rompió cuando ella murió. Mis ruinas internas comenzaron a desmoronarse entonces, quizás las de todos. 



Mi hermano tomó esa fotografía de mi abuela, que revela cierta indefensión ante el tiempo. Mi primo, quizás el único que me queda, decidió hacer tazas para su primer aniversario luctuosos. Tras tres años de muerte, que parecen muchos más, porque en su recuerdo ya ha calado el tiempo, la fotografía de la taza ya comienza a envejecer, a recuperar su forma de negativo. Estaba tomando café en esa taza cuando la mariposa se posó sobre ella, arruinando mi café, por supuesto. Entonces pensé en las fotografías, en las casas, en las novelas, en la imperiosa necesidad que tenemos por recordar y de olvidar, de liberarnos de un pasado que tiene de doloroso algo más que el verlo perdido, pero a la vez de atesorarlo como si fuera nuestro único asidero en medio de un mar en calma, más temible que la tempestad. 

Hace años, para un cumpleaños de mi abuela, mi padre le regaló un cuadro de Ocampo. Antes de que ella muriera me dijo que quería que lo recuperara, que era un cuadro que a ella le había gustado mucho. Yo lo hice, lo recuperé, pese a la inicial discordia que se despertó de eso. "Yo con los recuerdos que tengo de ella tengo", se dijo entonces y se repitió varias veces, como un eco que anunciaba la irremediable distancia y la separación. Entonces pensé en la importancia de lo material y el dolor que implica no poder asir lo que imaginamos que recordamos. Pensé  en la importancia de que una persona que muere haya dicho antes "quiero que tengas esto", porque es una forma de reconocimiento, de que te pensó en el futuro sin ella, un deseo de ser recordada específicamente por quien recibe el objeto, quizás por la posibilidad de decir "este cuadro me lo regaló..." y contar una historia. En este caso, la historia concadenada con la de mi padre... Curiosamente la última vez que la vi me dijo en medio de un delirio: "hace mucho que no veo a tu papá, la última vez que lo vi fue en el funeral de tu tío, pero después él murió. ¡Tú estabas tan callada!". Algo me estremeció hasta las lágrimas tras escuchar ese pequeño relato, después empezó a confundir sus recuerdos con los míos, con lo que yo le contaba, como si quisiera que en la memoria o en la ficción, en los sueños y en el delirio, estuviéramos juntas. Una falsa fotografía sin negativo. Quizás todos los recuerdos son así. 

Mi abuela me pidió que preservara un cuadro más para mí hermano. Allí está el cuadro, esperando, a tener más historias enlazadas. 

domingo, 5 de febrero de 2023

Un sueño pandémico

 Acaba de iniciar la pandemia. Apenas unos días antes de iniciar el pánico habíamos estado en Xalapa fantaseando con lo "divertido" que sería tener un trabajo allá (acá). Quizás podría hacer un posdoc en la UV, pensé. Con la pandemia todo era confuso y sin tener plena conciencia de nada, terminados encerrados en el pueblo de mi infancia. Un pueblo que ya no era mío, en el que ya no estaba mi abuela. Nadie sabía exactamente qué tenía que hacer o dejar de hacer. En medio de toda la incertidumbre decidimos asumir el exilio sanitario como algo ineludible. No volveríamos a la ciudad hasta que todo eso acabara... Nos quedaríamos en el pueblo. Todo parecía mejor en medio del bosque. 

Decidimos vivir mientras tanto en la casa de "La Loma", que había estado deshabitada por lo menos diez años (desde que comenzó la época del terror por el narco). Algo de estar de nuevo en ese pueblo me incomodaba, pero a la vez me daba tranquilidad saber que tenía mucho espacio boscoso para aislarme sin peligro de contagiarme del virus. La pandemia nos llevó a encontrarnos con las alimañas. Todas las noches caía algún alacrán del techo. Detrás de cualquier mueble había alguna alimaña venenosa. Hacía 20 años que no regresaba a vivir a ese lugar y había olvidado todos los riesgos. "Te has hecho muy citadina", me reprochaban con frecuencia cada que escandalosamente mataba alguna alimaña nueva. Mi mayor temor, naturalmente, era mi hija de, entonces, un año. 

Una noche muy lluviosa escuché claramente cómo caía algo del techo. Alacranes, pero el sueño me venció. Soné que llegaba sola cargando a mi hija a una zona muy boscosa de Xalapa. Una voz, cuyo rostro nunca vi, me había prestado su casa "mientras nos acomodábamos". La casa era ruinosa y del techo caían copiosamente alacranes. Mi angustia era inmensa al sentir que caían sobre mí y sobre mi hija. Preguntaba "¿y por qué tendría que quedarme aquí? Quiero volver ya mismo a la mi casa". La voz me decía "porque te ganaste una plaza y porque no tienes a dónde volver". 

Desperté de inmediato buscando en la cama los muchos alacranes que en mi sueño habían caído sobre nosotras. No había nada, pero sí había muchas alimañas por el suelo que, inmediata y ruidosamente, me dediqué a matar y perseguir. Comenté mi sueño más tarde con una amiga: "¡Qué se te haga buena!" "¿Qué? ¿Los alacranes? Esos ya se me hicieron buenos", "La plaza. Que te ganes la plaza". 

Jamás, pero jamás, me hubiera imaginado que ese sueño iba a tener algo de premonitorio. Espero no encontrar alacranes en mi casa, aunque sé que hay toda la clase de alimañas que me pueda imaginar en este Bosque de Niebla. Cada que tuve el impulso de quedarme escuchaba esa voz que no es sino mi propia voz: "me gané una plaza". Todo inicio es difícil y angustiante. Me hubiera gustado que fuera diferente. Me habría gustado tener más tiempo. Hubiera querido despedirme a su tiempo de la Biblioteca. Pero ya estoy aquí con mi hija en una casa que aunque no es ruinosa, será nuestro refugio "mientras nos acomodamos".

Espero que pronto "nos acomodemos" y todo encuentre su nuevo orden. La sensación de dejar el Altiplano fue parecido a un desgarro. Una serie de fracturas que me quitaron miles de pedazos. Y así estamos acá, sin nuestras cosas, sin algo nuestro. Tras cruzar la neblina sólo me queda una extraña nostalgia por el gran valle, pero ninguna necesidad por volver. Ya renuncié a todo allá y lo aposté todo a un sueño. Y, como en medio de la niebla y de un sueño, no logro ver nada más allá de lo inmediato. Así fue llegar a vivir a Xalapa. Una ciudad que extraña y misteriosamente siempre me atrajo, pero nunca la pensé como algo real. Quizás sigue siendo este un sueño.


miércoles, 10 de agosto de 2022

Algunos apuntes sobre Tálamo

 [Este texto se publicará en las memorias del Coloquio Internacional de poesía de Mujeres, organizado por le Senado de la República]

La obra y figura de Minerva Margarita Villarreal en muchos aspectos resulta indisoluble. Minerva volcó su esencia, su inteligencia, sus angustias y su propia noción de existencia en su obra. Toda su obra. Sus poemas son registro e imagen tangible y transparente de ella misma. Al igual que su propia creación, su labor intelectual fue siempre visionaria y generosa. Todo su trabajo podría entenderse como reflejo fidedigno de su arrojo, inteligencia y vitalidad. La poesía fue el medio de interpretación la Vida. La obra poética de Minerva es una crítica a la “realidad” –así, entre comillas–; su canto se eleva en defensa del espíritu y de la experiencia misma, lo que recuerda la poesía mística, la vinculación con lo divino, más allá de una idea concreta de Dios o de Más allá. 

Parte de su labor como fiel amante de la poesía fue nunca limitarse a sí misma. En su personalidad siempre generosa, desarrolló vastos proyectos culturales de fomento a la lectura, investigación, recuperación histórica y empresas editoriales de difusión poética que no alcanzan parangón con otras propuestas librescas –impulsadas por mujeres– en nuestros tiempos. Su labor intelectual siempre fue convergente y diferente. Como poeta implementó diversos registros, lo que vuelve su basta obra una suerte de biografía poética. El corpus que conforma su obra es evidencia, forma y testimonio de su búsqueda vital, de su configuración misma como mujer, de sus reflexiones sobre lo femenino, la maternidad, la muerte, la enfermedad y el amor. Como académica colaboró en distintos proyecto. Estuvo al frente de la Capilla Alfonsina, trabajando arduamente por la conservación, restauración y democratización del acervo allí resguardado. Quizás uno de los proyectos más brillantes que realizó como directora y editora fue El Oro de los Tigres. Se trata de un extenso y complejo homenaje a Alfonso Reyes. La selección de poesía traducida en esta colección se vuelve una suerte de torrente artístico vertiginoso y fascinante.

Era también una lectora implacable. Pese a su asidua inclinación por leer, reivindicar y apoyar a poetas jóvenes, siempre mantuvo una interesante inclinación por la poesía mística. Su poesía es mística. Se ha dicho mucho sobre cómo Minerva no “nombra” el mundo, sino que teje un puente entre lo terrenal y lo divino, pero pocas veces se ha señalado que para ella todo acto poético, o la poesía misma, es en sí un acto místico. Estos elementos no sólo los encontramos Las maneras del agua (2016), sino que se trata de un elemento recurrente en toda su obra. De hecho, en un estudio pormenorizado se podría demostrar que toda su obra funciona a manera de espiral constantemente autorreferenciado en una constante mística. Las imágenes se repiten a lo largo de sus libros, pero no como copia y no como repetición, sino como recuerdo, lugar poético, impulso y fuerza. 

El misticismo de Minerva recuerda a Santa Teresa de Jesús y a san Juan de la Cruz: una poesía centrada en lo llano, que retoma los gestos exiguos, los eventos cotidianos y, aparentemente insignificantes. En esos resquicios de “silencio” en los que nada pasa ella encuentra a Dios: en la sencillez, brevedad y potencia de la poesía. El recurso de Minerva es la recuperación del oxímoron que refiere al instante atemporal. El momento entre la creación y la ideación: el acto poético. Su obra refieren al instante mismo de la aparición en la que se confunden el pasado y el futuro, aquel en el que el tiempo se distiende y se contrae. Así entiende ella la poesía. Esa búsqueda de la posibilidad, el espacio entre la luz y la sombra, el “delgado contacto entre la noche y el día”, lo que es y no es, es la experiencia mística:  “resulta que lo que no es y nunca será/ es lo único que es nuestro”, dice Minerva. 

Ese instante guarda el movimiento perpetuo y envuelve la voz lírica en una suerte de visión total del universo, como si se averiguara el nombre de Dios. Un nombre que sólo es revelado en el lugar mismo de la poesía. La forma como Minerva se entregó a la poesía no deja de ser significativa: se trató de una revelación divina. Señala que durante su estancia de estudios en Israel, en Haifa, en medio del estrés político, entre alarmas antimisiles y la sensación de la guerra, presenció un bombazo que generó un instante contundente de silencio entre la detonación y el estallido, “como si el mundo fuera de golpe a desaparecer”. Un día, mientras tomaba sus clases de sociología en la calle Shoshanat Ha’Karmel, vio un gran jardín y un gran árbol, en el Monte Carmelo, que se impone frente a toda Haifa. Cito: 

vi a través de la ventana que estaba a mi izquierda un gran árbol, era un árbol inmenso y sentí que me hablaba. El tiempo se detuvo. Oí que una voz me manaba hacia la poesía. Fue algo muy fuerte […], que un ángel me llamo desde ese árbol y que el tiempo se paralizó y yo entré a obedecer el dictado. No he hecho otra cosa desde entonces. Es mi gran entrega. 


El gran árbol es un tópico de la poesía mística. Un lugar recurrente del “paraíso” o jardín de Dios. El canto, que se traduce como poesía del la voz latina Carmen, o energía hecha palabra, también recuerda el Karmel, voz hebraica que significa jardín. Para el profeta Elías era la representación del Monte Carmelo, que en las lenguas semíticas, dice Juan Carlos Abril, no es sino “la viña de Dios”. El Karmel-jardín o carmen (la poesía) es ese lugar de comunicación con Dios. El espacio donde se recibe su Misterio. En algunas regiones de España a los jardines se les denomina cármenes y, extrapolando esta curiosidad lingüística, es posible apreciar la relación del jardín, la poesía, no solo como un lugar de recreo, sino, como diría San Agustín, “el lugar in excelsis deo, teatro de la apoteosis, manifestación del nacimiento, de la asunción o anunciación, y el éxtasis” (sp.): Es un lugar en el que el tiempo se paraliza: “Minutos antes había llegado Gabriel/ y esa luz lo habría fulminado/ antes de que partiera la muchacha/ entre el miedo y la luz/ a dar/ temerosa/ el aviso de la nueva”. 

El jardín es ese lugar místico de la revelación de Dios, el espacio en el que se intuye su presencia y su magnanimidad,  que se transforma en amor. La voz lírica es el locus donde todo ocurre, donde se revela la poesía y toma forma de una casa, habitación o conciencia: “Esta casa soy yo”:

Una puerta hacia otra

conduce a un jardín

de ahí brota el calor

del amor que te tengo


el pan de mañana


[…]


La piedra

bajo la lluvia

La piedra

que ve a Dios


La poesía de Minerva reproduce, recupera y recuerda ese instante de revelación, su obra es precisamente un lugar, un momento en el que todo se confunde, aquél de absoluta visión del universo en el que todo pasa como el viento, anhelos, sueños, recuerdos ajenos y a la vez propios. Todo cobra sentido y lo pierde. Son instantes en que la vida tomaba su forma se entretejen y se diluyen con la misma velocidad de un ritmo sostenido, fugaz, implacable: 


Ahora que me he desposado

mi realidad es doble

Ahora que me entrego

mi realidad se multiplica


  El ritmo de su poesía. Toda su producción tiene un fuerte rasgo confesional, que le permite darle sentido a su tiempo. En tanto acto poético, ella, su voz, perdura atemporal en su obra. Por medio de la palabra ella se une y une su vida, y la vida de los suyos, al acto de habla más poderoso: el instante mismo en que una divinidad nombra la luz y la luz fue. En su poesía es posible ver la transformación del logos hecho carne, el instante mismo de la creación:

Mi herencia vive

porque el Dios que me escucha

es la palabra


Es así como la poesía, el acto poético, el verbo hecho carne, crea la realidad: “y todo lo que escribo/ es real”. En Tálamo se reproduce instante previo la concreción y posterior a la idea: el momento de la concepción: la iluminación, tan fugaz pero tan eterno. Todo se transforma en el centro de la experiencia de vida en la que se confunden muchos momentos más: el pasado y el presente, los sueños y lo irreal, la vida con la muerte. Lo real no existe sino en la palabra. Todo lo que está fuera pierde sus límites y se transforma. Es el Tálamo el umbral en el que todo adquiere su forma divina, atemporal y profética: 

Como si un papalote se alzara por el aire

el velo desprendido los niños

[…]

niños que el viento aleja

y yo intento unir

[…]

El tálamo 

humedecido

bajo las sábanas

la certeza en el viente


“La certeza en el vientre” es el punto de inflexión del poemario Tálamo. El lugar del amor, de la gestación, del nacimiento, de la orfandad, la enfermedad y la muerte. Un cáncer de ovario le arrebataría la vida a la poeta en 2019. Un cáncer diseminado por todo su cuerpo que se presentó, primero, como un martirio místico que le permitiría la revelación divina transfigurada en poesía:

Me dio cáncer tuve cáncer y estuve tocada por la muerte

Cáncer en el ovario derecho

Cáncer

Pero el sol

también vino a tocarme


El Tálamo es la habitación de la conciencia, en el que la experiencia, la revelación, el amor y el misterio adquieren su existencia: el lugar en el que todo se confunde. El tálamo que ordena todo el ser biológico y todo el ser inmaterial. Es una forma de vientre de “todos los colores” y del “miedo y la fuerza”:

y el mundo 

baja por mi vientre

toca lo más húmedo

y tu silencio

y tu voz

forman un hemisferio


La voz lírica adquiere fuerza en la voz de otro, que recuperan su confusa y acaso delirante experiencia mística para darle forma terrenal y hacer este mundo habitable, dotarlo de sentido y anclar su existencia al amor, divino y terrenal, porque sólo en la conjunción de voces es que el verbo se hace carne:

No hay calle ni balcones ni peces

sólo el cuerpo del amor dice:

detrás de mi no hay nada

y el mundo solamente me eres

en esa estancia sucedida

en el lecho

[…]

Me he casado contigo

y todo lo que escribo

es real


Su poesía tiene un fuerte rasgo confesional. El rasgo místico se revela como una constante en todos sus poemas, y en Tálamo adquiere forma de homenaje al amor y a lo real, a lo tangible y sensible. Lo común de sus poemas es la elevación de lo mundano, tras despojarla de sus límites corpóreos, para llevar ese momento fugaz a la Gracia. En este libro establece una comunicación indisoluble entre lo divino y lo terrenal. La obra de Minerva concede el misterio  a una idea femenina de Dios que se refuerza en la unión del otro. 

Un Dios que es ella, que es diosa y que en su centro y en su palabra el mundo ES. La luz, el agua, el amor y el dolor mismo tienen forma al ser nombrados. La palabra se transmuta en forma y esa forma atraviesa la luz para reencontrarse con la palabra y diluirse nuevamente en una totalidad dinámica, como el universo mismo; pero se disuelve, tiene sentido, adquiere realidad, por medio del amor. 

Estos poemas revelan cierta espiritualidad en espiral. La voz poética eleva el entendimiento hasta Dios pero encuentra la vía de contemplación por medio del cuerpo. El cuerpo es el centro de la poesía de Minerva Margarita: el cuerpo que goza, que sufre, que se enferma y da vida y que muere. Su centro va del tálamo al vientre: “Estoy tocada por Dios/la violencia de su cuerpo/ por mi sangre fluye”. El misticismo de Minerva es la posibilidad de regresar al cuerpo no como atadura ni cárcel, sino como lo único real, que toma forma por medio de la experiencia hasta el instante de la muerte. Un cuerpo cuya voz no tiene fin. Porque su voz:


Nadie me la puede robar

Mi herencia vive

porque el Dios que me escucha

es la palabra

Nadie me la puede quitar


Tálamo, homenaje al amor, resulta mucho más complejo que lo que podría abarcar en estas escuetas líneas. Sin embargo, en estos versos se revela un misterio –el Misterio– de un instante en el que Dios, el amor, y la configuración misma de la voz poética como Creadora, nombran el mundo de una forma atemporal e inaprensible. Las imágenes que Minerva Margarita Villarreal vierte en este libro se escapan como un río en, pero perduran como una sensación corporal, como el agua en la piel. Su voz poética tuvo tono de profeta, y cual profecía, sus poemas adquirieron una dimensión atemporal, incorpórea, pero a la vez tan material como ella misma.


miércoles, 8 de junio de 2022

6 de junio

 Cada 6 de junio había una suerte de algarabía que, estoy segura, nadie en la familia entendía a cabalidad. Conforme la edad de mi abuela era más enfática, mayor era el festejo. Era una suerte de celebración atravesada por una ansiedad que dejaba asomar resquicios de la tormenta que habría de desatarse una vez que se "apagara la vela". Nos quedamos sin vínculo. Es normal, dice la Tanatología. Lo que no es normal es intentar mantener una unión disfuncional a toda costa. Recuerdo un cumpleaños vacío. Mi abuela no había recibido si quiera la tan esperada llamada de Estados Unidos. Sólo estábamos ella, mi hermano, mi mamá, yo y mis primos vecinos. Después llegaron mi tía, que aún vivía en Guadalajara, y mi primo. Nadie más se aparecía. Estábamos esperando que algo pasara y había en la cara de Ella una cierta angustia. Pero el teléfono no timbraba. Otra tía estaba en Ciudad Guzmán y después iría. Más tarde. Otro día. Esa imagen desesperanzada se clavó en mi memoria para aparecer ensimismada en una absoluta confianza años después, cuando todos nos desvivíamos por hacer celebraciones llenas de vitalidad que desbordaban a la mayoría. 


Así eran las fiestas para salir a la playa. Así fue la fiesta de su boda. Una boda que duró una semana. "¿Así eran las bodas antes?". "No, así fue la mía". Sin embargo, el día que con mayor alegría recordaba era su llegada al mar. 

"Salimos todos muy temprano. Tuvimos que levantarnos muy temprano para armar las petacas, pera llenarlas de comida. Era ya casi mi cumpleaños. Echamos todo en burros y caballos que nos bajaron hasta San Gabriel. Había unos peñascos enormes. Decían eran unas mujeres chismosas a las que llevaron al borde del cerro. Una vez abajo tomamos un tren de mulas que nos llevó, tras mucho camino, mucha tierra, mucho sol, hasta una playa".

"El día de mi cumpleaños llegamos muy temprano. Vi el mar. Era tan grande y hacía tanto ruido. No recuerdo cómo se llama ese lugar, pero el ruido era tanto que empecé a sentir como si fuera mi corazón el que golpeaba contra las piedras. Quise acercarme, pero mi papá no me dejó. Fue la primera vez que vi el mar. Era un mar café. La primera vez que vi las olas pensé que había alguien adentro que las hacía. Tenía 9 añitos y apenas conocía el mar. Me acerqué me dio mucho frío en los pies y me dio tanto miedo que la arena me jalara hacia adentro".


-¿Nunca pensó en la inmensidad del mar?


"No. Ni de Dios me acordé. Me dio tanto miedo que el mar me fuera a comer, como gritaba mi mamá. Los muchachos se metieron a nadar".


-¿En qué pensó cuando vio el mar?


"No pensé nada. No podía pensar en nada. El miedo que sentí fue parecido a cuando los aviones volaban encima de nosotros o cuando quemaron nuestra casa. Desde el cerro las llamas se veían tan altas que sentí miedo. Casi el mismo miedo que sentí frente al mar. Después, en Mazatlán, ya no me dio miedo. Pero esa vez sentí algo muy parecido a cuando vi la bóveda de la Capilla Sixtina. ¿Tú conoces la Capilla Sixtina?".


-Sí.


-"Es esa inmensidad que apachurra aquí dentro. Esa vez también sentí tanto miedo. Pero es un miedo que a la vez te impide quitar los ojos. Yo no podía dejar de ver el paso de los aviones. Tampoco podía quitar los ojos de esas llamas que se comían todo lo que mi papá tenía. Los árboles se perdieron fuego... los borreguitos. ¡Esos balidos! La fuerza de ese mar. Ese cielo en la Capilla. Eso hace que me tiemble la garganta. Es bello y pavoroso. La Capilla también me dio miedo pero se me quedó aquí dentro, en los ojos, como el incendio, como el mar".


-¿Y los borreguitos?


-"Pobrecitos. Por eso aquí tengo a Jermis. Cada que lo veo me acuerdo de ellos. Pobrecitos". 


Esa cara de angustia apareció nuevamente. Como si esperara que ocurriera algo o como si algo se hubiera perdido. 


Ahora cada 6 de junio es una fecha más en la que cada cual ahoga sus cargos.