martes, 8 de febrero de 2022

Apuntes personales sobre Coco y Encanto

Siempre me he resistido a ver las películas de moda. Me negué hasta lo imposible a ver Coco de Disney. También me negué a descargar una plataforma digital más para ver películas que "poco tienen que ver conmigo". He de admitir que debo encontrar nuevas formas de justificar mis gustos culposos. Ahora puedo poner de pretexto que mi hija quiere ver las películas, pero ella las odia, se aburre y llora cuando las reproduzco. Finalmente termino desencantada, generalmente. El mismo discurso misógino y machista de siempre: la eterna "lucha" entre las mujeres por la validación de los hombres,  sujetas a los juicios de otros sobre ellas y siempre dependiendo de un destino feliz que se cumple gracias a un otro, generalmente príncipe. Últimamente se ha cambiado la narrativa con algunas producciones en las que ya no hay princesas, o si las hay, como en Brave, se desenvuelve en una realidad "exótica". 

Fuera de las princesas, Coco es una película que vuelve exóticos a los mexicanos. Normaliza un imaginario de la violencia sistemática contra la infancia como algo "aceptable" en estos países que no superan la superstición, la magia y la tradición. Lo mágico y lo tradicional debería ser algo de qué enorgullecerse, pero esa carga imaginativa termina por volverse un peso en la representación de los mexicanos mismos: somos supersticiosos, amantes de la música, seguimos ídolos (al modelo Televisa), aceptamos y vivimos la violencia de mujeres que han tenido que actuar con rudeza por la sin razón; pero en la magia del Día de muertos (fiesta institucional más que "culturalmente" auténtica) debemos sentir regocijo. Muy astutamente Disney ha creado un imaginario sociológico del mexicano que ha hecho sentirse orgulloso a los mexicanos mismos. Hay que admitirlo, la producción es buena, el guion es afortunado y la música es excelsa. Pero detrás de todo esto se vuelve evidente un interés de perpetuar un imaginario de atraso, anclado en el tiempo, de un México rural que parecería presentarse como lo "profundo", lo "auténtico": nuestra mera identidad. 

Es significativo que la historia esté basada en el rencor que tiene que superar una mujer, con una hija, abandonada por un hombre soñador. Se interpreta que el acto de injusticia es contra el pobre sujeto soñador y no contra ella, que tiene un legítimo enojo. No se niega que hubo amor, pero en un principio, a Héctor Rivera le ganó el compadrazgo, el anhelo por la gloria y la fama, el egoísmo masculino: impulsos que lo llevaron a la muerte en manos de su igual. La mujer enojada y confundida encuentra en la música la causa de su abandono. La hija, Coco, tiene que vivir con ese enorme peso de haber sido abandonada por su padre y ver sufrir incansablemente a su madre. Ese dolor lo hereda generación tras generación, hasta que llega un niño –qué significativo es que sea un niño– dispuesto a abandonar a la familia y a transgredir las reglas pese a la suprema violencia de su abuela y "la chancla". La línea genealógica de los Rivera indica que se trata de mujeres abandonadas por los hombres. Desde Coco hasta Miguel (tres generaciones), todos llevan el apellido Rivera, el de aquel que abandonó a la familia. Lo que nos demuestra la ausencia permanente de la figura paterna, salvo en el caso del protagonista principal. Miguel, por medio de la ansiedad de Imelda y de Coco, transmitido a toda la familia en forma de odio, restablece un "malentendido inicial" en el mundo de los vivos y de los muertos, para hacerle justicia a un hombre que abandonó a su familia. Aunque es cierto que se arrepiente al ver que la gloria aún estaba lejos, no hay que olvidar que, así como los braseros y mojados, decidió dejar a su familia "por un futuro mejor" y, ya sea víctimas de las circunstancias o de sí mismos, nunca regresó. 

Tras esta "aclaración" todas las mujeres, sin cuestionarse más, deben aceptar las razones y perdonar por el bien de la familia y no para sanarse a sí mismas por medio de la música, salvo en el caso de Coco. El momento más conmovedor de la película es aquel en el que ella puede recordar quién es gracias a una canción que restablece el vínculo afectivo entre padre e hija, aunque solo en la memoria, y así puede morir en paz. Gracias a ese acto heroico, que alude, aunque desde la banalidad, a la catabásis de Ulises y Eneas, incluso a la de Dante (ante lo que sí hay un guiño con el perro alebrije), es que Miguel Rivera puede salir de los recovecos de una casa que apenas imaginamos. Recovecos en los que debía esconderse del dolor transfigurado en odio de la Santa Madre.

Distinto es el caso de Encanto. Cuando apareció la publicidad de la película me imaginé un proceso de creación de estereotipos parecido al de Coco: puro realismo mágico y mariposas amarillas, una casa como la de los Buendía y poblaciones encerradas en espacios selváticos y montañosos. Lo cierto es que la producción es muy cercana a lo que me había imaginado, con una salvedad importante: esta película sí propone una sanación de la compleja configuración de la familia en América Latina, que ha dado un mandato a las mujeres de ser "fuertes" y "perfectas", mientras que los hombres se vuelven elementos casi accesorios: todos profundamente lastimados se vuelven víctimas o victimarios. Además, es obvio que detrás del guión de Encanto hay una literata feminista. 

El Encanto es una alegoría perfecta de la coraza que debieron "tejer" las mujeres solas –que se apropia de todo un espacio, de un pueblo, y se transforma en una casa.  Ya sea porque fueron abandonadas o porque perdieron en la Violencia a su pareja, las mujeres del Encanto deben cargar a cuestas con su dolor para garantizar la subsistencia de la familia, hasta construir tiranías que oprimen a toda la red familiar para mantener vivo el "milagro" de haber sobrevivido. Todo el universo del Encanto funciona de tal manera que todos debe tener papeles específicos derivados de un talento, producto del "milagro original": el deseo de que nunca vuelva a aparecer la desolación. Las mujeres están obligadas a mantener el orden, mientras que los hombres, entre accesorios e inútiles elementos irrisorios, pueden perderse en los recovecos de la casa. 

El rasgo feminista en la obra está en las constantes muestras de sororidad del único personaje que no tiene ningún talento –y por lo tanto, ningún mandato. Ella puede ser libre porque no tiene que ser perfecta ni fuerte, porque no está obligada a nada dentro de la familia, por lo que se le ve como enemigo de todos, el elemento que daña y que desestructura el orden (la casa y las montañas). Por medio de la disputa y la confrontación Mirabel puede comprender a las mujeres de su familia. Tras comprender a la abuela le es posible comprender el dolor de los hombres perdidos (Bruno); es capaz de dar esperanza a la que está obligada a escuchar, pero nunca es escuchada (Dolores), de sanar a la sanadora, de validar los sentimientos tormentosos. Es por eso que ella puede salvar el Encanto, porque es un agente de cambio. 

Así son las familias latinoamericanas, sobre todo las rurales, en cuya historia hay un pasado de dolor, de pérdidas inmensas y de persecución. Tal es la historia de mi familia, con hombres perdidos en sus casas, mujeres que están obligadas a sanar a ayudar a cocinar a comprender a acompañar a soportar todo el peso de la familia entera. Donde hay hombres que creen que, desde su propia tragedia vital, pueden imponer y validar. Y hay mujeres que esperan esa validación. Y elementos de cambio que son oprimidos con fuerza, destruidos y aplastados. Hasta que hay una mujer que sabe sanar y la misma abuela puede ver en ella el "milagro" para transformar la lógica familiar. Pero a diferencia de las películas de Disney –al final de cuentas son narraciones feéricas–, la vida real no se resuelve así. Las abuelas pocas veces regresan al lugar donde se origina su dolor y admiten el daño que, sin saberlo y sin quererlo, han hecho. Los hermanos perdidos mueren desmembrados en un recoveco de la casa. La que nunca fue escuchada grita desesperada y es juzgada de loca. Los sentimientos se vuelven tormentas y huracanes sin que haya una validación ni un reconocimiento. La fuerza se agota en sí misma y la belleza termina anulada en matrimonios obligados. 

El milagro se da en la huída y en la destrucción total de la estructura, pues mientras haya un cimiento en pie de esa "casa" ningún miembro de la familia será capaz de cuestionar sus envidias, recelos, miedos, dolores y anhelos. El milagro que se nos ha dado a muchos es poder huir de la violencia y ser capaces de reconocer que ese "milagro" se nos concedió gracias a una abuela que tuvo que sufrir lo que, esperemos en un Dios y en el Universo, nunca sufriremos, pero ese dolor de eterna pérdida se perpetua a su manera en cada uno de los integrantes de esa casa que se arrastra como una maldición a dónde sea que vayan. 

Encanto, a diferencia de muchas otras películas, da la oportunidad de identificar qué función cumple cada uno de los integrantes de la familia en ese "milagro original". No es cuestión de "romper e irse" como lo intentaron algunos, sino de romper y reconstruir. ¡Menuda tarea! Es más fácil huir que volver al lugar de la pérdida. Es más fácil mover montañas que mover voluntades. Es más fácil decir adiós a una casa que reconstruirla, porque al reconstruir había que admitir que nos equivocamos, que mucho de lo que ha sucedido fue nuestra culpa o producto de nuestras malas decisiones y jamás –o muy pocas veces– será culpa de alguien más. 

En la práctica los integrantes de las familias latinoamericanas jamás admitirán que les cuesta llevar ese papel asignado, o que en un afán de reconocimiento han asumido, y que terminará destruyéndolos y destruyendo lo que hay a su alrededor. Aquella niña que nunca fue validada será la perpetua chismosa que todo lo oye y de todo intriga, porque es incapaz de ver que sus prácticas de vida son dañinas para todos. El resto de la familia –en un acto inconsciente– concederá todos sus caprichos por el bien de la familia. Los hombres berrinchudos, altaneros y machos serán incapaces de reconocer que en lo profundo están muy lastimados y, por lo tanto, jamás aceptarán un no por respuesta. Las mujeres a las que se les exigió la perfección, jamás perdonarán un error, y bajo ninguna circunstancia, el cambio del orden. Todos se sienten seguros en su "don" hasta que terminen por perderse en el olvido de una selva que no es sino un miedo originado por las circunstancias. Así es el Encanto. Así es Tapalpa. 


martes, 23 de marzo de 2021

Un año

 Aún no sé qué decir y por eso escribiré cavilaciones. Ha pasado ya un año. Un año de su muerte y un año de pandemia. Todos en el fondo de alguna manera esperábamos que todo acabara. Que terminara el duelo. Que terminaran los duelos. Pero los duelos se prolongan y multiplican. ¿Acaso no es una condición de nuestra noción de temporalidad el deseo de volver? Este año hay una certeza: nada vuelve. No volveremos a verla y ese duelo es infinito. Este año la muerte nos asecha con más violencia. Amigos, enemigos, ajenos, cercanos… todos son asediados por la muerte. 

Hoy, otro aniversario importante: el cumpleaños de mi tía Concha. Hoy, después de leer nuevamente pasajes de la Divina Comedia, me fue inevitable recordar sus rostros muertos. El rostro de mi tía estaba lleno de alegría. Una extraña alegría en la muerte. Y cómo no morir feliz si la alucinación final es saberse corriendo por un campo impregnado por el olor de los azares. Días después de su muerte la soñé. El sueño era tan real. Yo caminaba por algún metro de Berlín con la misma chamarra que traigo ahora mismo puesta. Era quizás U-Yorkstrasse. La encontraba en medio del camino. Ella extendía sus manos para abrazarme, en un franco gesto de alegría. Yo corría a abrazarla y le pedía perdón por no haber regresado antes, por no haberme despedido. “Debes aprender a perdonarte”.

Aquel sueño culminaba en la mirada de mi abuela perdida en la mirada lejana de mi tía. El rostro mortuorio de mi abuela es diferente. Algo de estremecedor tenía: no era ella. Toda su alegría y vitalidad se habían perdido. Su rostro se me confunde en la memoria, y en la primera visión, con la máscara mortuoria de Dante. El ceño fruncido, la boca entristecida, la piel alisada, obligada a descansar. Su muerte la obligaba a descansar. Así era su rostro. El descanso no parecía placentero, sino obligatorio. Su muerte de alguna manera lo era.

¿Por qué Dante tenía ese gesto? ¿Por qué ella reprodujo exactamente el mismo gesto de tristeza ante su muerte? Tuvo la muerte de los justos. Murió mientras dormía, según dicen. ¿Acaso la tristeza de una vida intensa la alcanzaron en sus últimos momentos? Lo cierto es que por esa palimpsesto mortuorio veo a Dante en ella y a ella en Florencia. Florencia, la ciudad que ninguna de las dos conocemos y que ambas anhelamos conocer. Se cree que Dante tenía esa expresión al morir por la añoranza de su ciudad. O por Beatriz. ¿Qué congoja se impregnó en el rostro de mi Nina? 


Algo de poético, como un regalo del destino, hay en nuestra ficción demencial. Ahora, menos que nunca, puedo apartar su recuerdo de mi experiencia. Su muerte no duele hasta que “caigo en la cuenta” de que ya no está. Pero sí está. Hay en mí una extraña certeza de que aún está, acompañándonos en cada instante, en cada gesto, en cada disgusto y en cada rencor. Hay en mí un anhelo certero de reencontrarla. La encuentro cada que leo a Dante, a Virgilio o, incluso, a Homero u Ovidio. Acaso una traición de la memoria que me obliga a pensarla en esas contemplaciones de “la azul inmensidad” del mundo helenizado. Cada que evoco el Mediterráneo allí está ella. ¿Por qué? ¿Por qué si nunca hubo una afinidad literaria entre ella y yo? Sin embargo, ella me enseñó a leer en un acto inconsciente de liberación. El límite para ella fue la lectura, por no saber leer no pudo elegir su destino. Ella de alguna manera imaginó mi límite en el cielo. La lectura como acto me remontan a ese sueño que fue mi niñez y me lleva a un sueño todavía más fascinante: toda la tradición literaria de Occidente, al origen de nosotras mismas, al lugar del nacimiento de todo lo que somos capaces de pensar. 


Nuestras vidas son muy diferentes. Yo pude pelearme contra el mundo. Desacatar todas las órdenes. Hacer lo que “mi santa voluntad” me dictara. Ella, en cambio, tuvo que encontrar caminos razonados para escapar de la violencia que siempre la acechó. Ella tuvo que someter su rebeldía y aprender a aparentar. Ella no pudo escapar. Y, a pesar de todo, ella encontró cierto reconocimiento en mi lucha constante. Antes de irme a Alemania, sin que yo expresara mi ansiedad ante el inminente cambio, me dijo: “el miedo no se muestra. No lo muestres porque el mundo te come”. Cuando le conté de mi “aventura” en Argentina me aconsejó “siempre volarme” a donde me sintiera libre. 


Siempre pensé en sus palabras como algo “pintoresco”, sin embargo, con el paso del tiempo cada día me convenzo más de que ella trataba de motivar mi libertad. Sacarme de las ataduras del destino. “Si un día no tienes nada, aquí tienes ese terrenito que te dejo”. El trato ante los ojos de los demás fue “económico”, pero ella y yo sabíamos que su regalo era un acto de compasión hacia mí. No sólo me quiso pese a ser “la oveja negra”, la niña rebelde e “inútil”, sino que indicó una dirección para que mi vida fuera mejor que la de ella. Me dio lo que a ella no le dieron. Ella creyó en mí aunque no entendiera mi rumbo. 


Anoche, mientras leía “Cadmo” y “Eco y Narciso” me fue inevitable recordar nuestra “mini-ficción” estelar. Ella bautizaba las estrellas con nombres de flores. Una se llama Narciso. Y el libro en el que aprendía a leer, escrito por otra mujer que ha tramado mi historia, era precisamente sobre Cadmo y Narciso. 

Si algo definió a mi abuela fueron sus inmensos actos de compasión hacia sus nietos. Sus hijos quizás recuerdan el castigo, como lo hacemos todos los hijos, pero ella supo compadecerse de nosotros y procuró darnos algo de consuelo. Eternamente le agradeceré haberme enseñado a leer y a ironizar, pese a que ese regalo a ella le fue negado. Agradezco su mirada comprensiva frente a mi desenfrenada y desordenada existencia. Agradezco su gesto de orgullo cuando supo que había terminado el doctorado. “¿Quién sabe qué es eso? ¿Eres doctora o no?”, me decía de broma. Sin saber, quizás, qué era y cuánto esfuerzo implica ese grado académico, ella me miraba con orgullo, como si “lo hubiéramos logrado”. Mi libro la aburría. La vi cabecear cuando intentó leerlo, pero hizo el esfuerzo por leerlo porque quería decirme qué le parecía. Cuando supo que me iba nuevamente a Europa me recomendó ir a Roma. “¿Quién se iba a imaginar que yo iba a andar por allá y que una de mis nietas viajaría hasta de donde somos? Porque de allá somos. De allá viene nuestra fe”. 


De allá somos y de allá viene nuestra fe. Ella pudo dar y dio tanto en la vida. Con actos “pintorescos” cambió el rumbo de muchas vidas. ¿Por qué su gesto parece de cansancio o de tristeza? Acaso la conciencia de una vida tan intensa nunca la abandonó. Murió el mismo día que Dante desciende al Infierno para alcanzar el paraíso. Espero que ella esté contemplando la Gracia o “la azul inmensidad”. 

viernes, 5 de junio de 2020

Nina

Han pasado 3 meses, 5 meses, un año, cien años, ciento un años y aún no hay nada qué decir porque ella lo dijo todo. La Historia se aglomera abrumadora en el momento de su muerte. El tiempo se ha vuelto pantanoso. Dicen que es la cuarentena, dicen que es el encierro. Lo cierto es que desde su partida hay una pausa que cada vez es más y más abrumadora. Una fuerza concéntrica y devoradora que no nos deja irnos. Llegamos a Comala buscando una respuesta y encontramos el estanco. Ella imprimía cierta velocidad al día. Siempre el cambio. Siempre la alegría. Ahora, sin ella, todo parece invertebrado. 
Han pasado exactamente 5 meses desde que en medio de una plática me di cuenta de que sus ojos se vaciaron. “Ve y llénate los ojos”, me dijo antes de ir a Italia ¿y qué va una a hacer a Italia sino es a llenarse los ojos?
Después de 3 meses hay algo que realmente entiendo apenas. Ella supo ser especial y única para cada uno de nosotros. No hay una “Nina” en común. Ella supo cómo ser particular: gran estrategia diplomática. Sabía cómo leer a la gente. Sabía nuestras faltas y nuestros alcance. Se hizo especial a su manera para cada uno. Jamás ninguno de nosotros tiene a la “Nina total”, porque ella fue total para todos. Todos quizás creen que la conocían mejor que otros; pero la verdad es que ella nos conocía mejor que nosotros mismos. Jugaba a ser ingenua, pero ingenuo fue quien no se dio cuenta de su suprema inteligencia. Ella sabía cómo hacernos sentir valor, miedo, esperanza y fe, o derrota.
Tras tres meses sólo tengo golpes de memoria, como los que ella tenía, golpes que fracturaron su lucidez para dar paso a la experiencia, a la existencia.
Mi primer recuerdo con ella es más una sensación en la mano: era una noche fría, la farola muy tenue dejaba apenas adivinar las sombras. Por alguna razón teníamos que caminar entre la llovizna ya muy entrada la noche. Ella me sujetaba con mucha fuerza la mano. Yo recuerdo sólo su mano apretando la mía como si el universo entero me sujetara. Años después, antes de irme a Ciudad de México, me tomó la mano para despedirse y recordó esa noche que también yo recuerdo: “Nana, niña, tus manos siguen siendo tan chiquitas y no crecen, las sigo envolviendo con una sola mano. Estas manos no sirven para trabajar, ni para picar cebolla, pero tú con esa cabeza mueves el mundo”. “Pero lo único que puedo hacer es picar cebolla”. Nos reímos. La paradoja es que es cierto. Todo es cierto. 

Foto de Alejandro Hernández

Muchos años después, en Ravenna, me quejaba justamente de mis manos inútiles incapaces casi de todo. Mientras pensaba al respecto un reflejo en el suelo de la Iglesia de San Vitale llamó mi atención: “hay algo en el suelo”, pensé concentrada en entender qué veía. De la nada recordé las palabras de mi Nina: “Ve y llénate los ojos”, y por instinto más que por razón miré hacia arriba. La belleza de aquella bóveda cayó sobre mí llenándome los ojos y el alma de una abrumadora nostalgia. Era tal la belleza que me rendí de rodillas ante ese esplendor. “¿Cómo no creer en Dios?” Fue lo único que logré pensar. Eso fue lo que le dije cuando me preguntó sobre mi viaje “¿Cómo no creer en Dios después de haber estado en Italia?”. Coincidió conmigo y me contó que su experiencia en la Capilla Sixtina había sido igual: una belleza que entristece, que agobia que “duele aquí”, decía señalándose y presionando su pecho con el dedo medio y el índice. 
Ese día, el 6 de febrero de este año, supe que se estaba despidiendo de mí. Hablábamos como siempre de cualquier cosa, me dijo que tenía comezón en la cabeza, que si podía revisar su pelo. Lo hice y empecé a cepillarla. Y entre una charla y otra me dijo “¿recuerdas cuando te llevaba de la mano, tus manos chiquitas, y te apretaba tan fuerte para que no te perdieras en la Capilla Sixtina? ¡Cómo nos llenamos los ojos!” Y me miró con los ojos tan abiertos y tan sorprendidos, tan alegres, tan llenos de complicidad. Fue una fractura de la memoria. Una memoria tan llena de fisuras que construyó el regalo y el recuerdo más preciado. Fue su despedida. Sus ojos estaban tan llenos, tan verdes. Irradiaban tanta luz. 
Desvió la mirada y me preguntó que si las gallinas ya estaban en el palo. Su mirada se apagó, se perdió en los recuerdos. Ella se perdió en esos mismos recuerdos, algunos quizás sumamente dolorosos. La abracé fuerte. Sabía que esa era la despedida. Ahora, cada que recuerdo San Vitale la siento tomando mi mano: imaginó todo un mundo que construyó con dos experiencias, con dos existencias, para construir una única, irrepetible e inigualable; rompió toda lógica del tiempo y toda lógica de la realidad. Hizo la mejor obra literaria. Ahora es tan libre. 

miércoles, 20 de noviembre de 2019

¡Buen viaje!

"Ustedes deben estar juntos, el universo conspira para que dos almas que se buscaban se encuentren, y ustedes son esa conspiración", me dijo mirándome con esa mirada clara, sincera. "Yo seré su madrina cuando se casen". Entonces ni siquiera pensaba en casarme. Escuchaba sus palabras con cierta incredulidad. Esa noche caminamos por Coyoacán hablando de poesía. Me contó de un poemario que aún estaba trabajando, y que tenía un poco olvidado. "Es un bestiario". Ese libro lo recordamos hace unos días, mientras caminábamos por el centro de Puebla. Me contó que eran écfrasis de una exposición de pintura que alguna vez vio. Me interesó mucho y le sugerí que lo trabajara, que tenía muchas ganas de conocer ese libro.
Hablamos de complicidades. Siempre me brindó la confianza para quejarme, desahogarme, confesarle lo que pasaba en lo más hondo de mi mente. "Siempre háblame cuando algo te pase". El día que nos casamos leíste Tálamo, al final te acercaste para decirme que siempre estarías allí para mí, para nosotros: "tú háblame".
Cuando nació Sara de inmediato me escribiste para compartirme tu experiencia, y tu poesía, sobre la maternidad. "El acto más bello, pero el más difícil. El verso mejor logrado, que jamás podrá decirse". Fueron tus palabras.
Perdona que te hable a ti. Pero tu muerte se siente rara. Es como si jamás te hubieras ido, como si aún estuvieras. No siento tu ausencia. Y en el fondo no hay sino sosiego, un hondo y doloroso sosiego. Es como estar en pausa y sin embargo todo sigue su marcha. Saber dormida a alguien que fue tan generosa y que transmitió tanto cariño, que quiso tanto, no es una pérdida fácil.
Buen viaje, madrina, amiga, Minerva. Buen viaje.

viernes, 15 de mayo de 2015

Escribir y borrar

Quizás la primera vez que concebí a alguien como maestro –como maestra, para ser justa– fue ya hace mucho tiempo, tanto que ese día se me ha desdibujado en la memoria, sin embargo, el sentimiento late igual desde entonces. Se quedó en mí. 
Era una tarde como cualquiera. Tras la escuela yo procuré esconderme en algún lugar de la casa de mi abuela para evitar hacer la tarea. Pero ese día me encontró mi tía Concha, quien le diera clases a casi medio pueblo –yo sólo la vi una vez frene al aula y yo no era parte de su alumnado–, y se puso a hacer la tarea conmigo. Con fastidio comencé a hacerla. 
No había forma de que pudiera resolver operaciones matemáticas simples. Mi tía extrañada de que pudiera hacer cálculos mentales, pero no en papel, comenzó a hacerme pruebas muy extrañas. Una consistía en trazar líneas sobre el papel de izquierda a derecha: misión imposible para mí. Insistía en hacerlas con la mano izquierda y de derecha a izquierda.
–Pero escribes con la derecha.
 Comenzamos una lucha interminable: yo trazaba una linea temblorosa y curva; ella la borraba con insistencia. Yo pensaba que en esa dinámica en realidad ella trabajaba mucho más que yo: borrar mis líneas mal hechas era más laborioso que volverlas a trazarlas. Me pedía que me esforzara. Pese a que yo trataba de dar lo mejor de mí, no podía hacer una sola linea derecha. 


                                                            (María Asunción Suarez)

Borrar y dibujar. Borrar y borrar. Esa tarea se repitió durante tanto tiempo que terminé aburriéndome y pidiéndole que me dejara hacer las líneas mal, que no podía hacerlo mejor. Recuerdo que me dijo que si no podía hacer las cosas, tenía que intentarlo siempre, siempre y siempre hasta que pudiera hacerlo. Recuerdo que mi reclamo fue “no puedo, soy tonta, no puedo hacerlo” y para mi sorpresa, y pese a la ternura que cargaba en sus ojos verdes, su respuesta fue más bien dura y fría: “si eres tonta tienes que trabajar más, porque hasta lo tonto se quita; lo que tienes es flojera”. 
Comenzamos otra vez a trazar y borrar y borrar.  
Después de ese día terminé yendo a lo que mi madre y ella llamaban “la escuelita”, donde en lienzos dibujaba y dibujaba y dibujaba, y en cuadernos escribía hasta el cansancio números en distinto orden. Años después supe lo que tanto me divertía en “la escuelita” era en realidad terapia para corregir la dislexia. 



Al final nunca pude hacer lineas derechas. Nunca pude y tampoco me esfuerzo mucho por poder, pero aprendí a tolerar la frustración, a que “no poder hacer algo” no es cuestión de inteligencia sino de empeño, que el talento se gana o se pierde, y que toda limitación puede corregirse, y que al final, ese proceso de corrección puede desarrollar otras habilidades que, de no ser por esa “limitación”, nunca se habrían desarrollado. 
Años después, cuando hacía el CCH, mi maestro de cálculo y estadísticas me reconocía como la mejor alumna que había tenido en toda su historia como maestro y la única persona capaz de terminar sus exámenes en menos de 20 minutos. No sé si eso sea cierto y no me importa. Ese día que Juan de Dios me decía eso me alegré de que la vida me hubiera permitido coincidir con mi tía Concha. 

Cada que me siento sin fuerzas para lograr algo más que ese recuerdo ella me acompaña. Lo que me enseñó ese día forma parte de mí, de lo que soy y de lo que busco.

martes, 17 de febrero de 2015

Sobre el acoso de 50 sombras de Grey y de cómo me cayeron mal mis intelectuales amigos

El acoso comenzó hace ya 3 o 4 años. La primera vez que escuché el título 50 sombras de Grey fue ya hace tiempo cuando tenía la firme convicción de mejorar mi inglés. Primero alguien me la recomendó como literatura light para comenzar a leer rápido en inglés (y no sufrir con Lolita). No tomé en cuenta la consideración y terminé leyendo Lolita a punta de diccionario. Después, cuando tenía que recorrer media ciudad para dar clases me sorprendí de que los libreros piratas vendieran esa novela junto con Aura a 50 “pesitos”. En la escuela leímos Aura, y mis alumnos, todos, protestaron por no leer en su lugar 50 sombras de Grey. La coordinadora de literatura de la escuela me recomendó ampliamente leerla, pues en su círculo de lectura para señoras adineradas habían terminado ya de leer Lolita, La historia del ojo, El Decamerón, Las edades de Lulú, Historia de O, Las piadosas y algunos del Marqués de Sade que las había aburrido hasta el cansancio, y ninguna les había gustado tanto como 50 sombras de Grey.  Nuevamente agradecí la invitación y dije que con gusto la leería cuando me la prestaran, y salí corriendo de la oficina con el pretexto de que tenía una reunión. En mi mente –con esos resabios machistas que toda feminista tiene y con ese complejo de élite intelectual– pensaba que “esa son cosas de doñas adineradas que no tienen nada mejor que hacer y no se pondrán a pensar en lo que es realmente literario”. Para mí era una ofensa comparar Historia de O con 50 sombras de Grey. Y en el metro nuevamente oí a los vendedores ambulantes: “lleve dos libros eróticos, llévelos. Libros de autoayuda, y por 50 pesitos más lleve este libro de Paulo Cohelo”. ¿Las editoriales les pagarán a los vendedores ambulantes? 

Antes de dejar el colegio me sorprendí de que hasta la monja coordinadora de literatura me recomendaba leer 50 sombras de Grey para ver “de qué va y ver las prácticas de lectura”. Confieso ahora que la recomendación de Sor … fue acompañada de una observación importante que ninguno de mis “intelectuales” amigos se ha formulado. Si la gente quiere leer “mamadas” ¿por qué no se puso de moda La Habana para un infante difunto?

En una visita que hice a mi tierra natal, tan característica por contar con 3 lectores y 100000 rancheros, muchas personas, incluyendo parientes cercanos, me preguntaban sobre la calidad de 50 sombras de Grey y si yo –estudiosa de la literatura– se las recomendaba. Sin haber leído nunca este libro, y ni siquiera buscado una referencia en Wikipedia, mi respuesta fue: “mejor lee Lolita”. Cuando andaba por el pueblo recomendándole a todo el mundo Lolita, me encontré con que muchas de esas personas interesadas en leer 50 sombras de Grey tenían como lecturas bases Cien años, Pedro Páramo, pasajes del Quijote y algunos más hasta del Periquillo Sarniento. Creí que apelando a esas lecturas podría convencerlas de que 50 sombras era literatura “basura, así como Arjona es música basura”.

 “A mí me gusta Arjona, y me hace sentir bonito aquí adentro, ¿por qué es malo algo que te hace sentir bonito?” Me dijo una taquera cuya difícil historia contaré en otra ocasión. 

Perfectamente pudiera pensarse que le hacía falta conocer otras cosas, que le hacía falta educación musical, o cualquier tontería de “intelectuales” que se me hubiera ocurrido. Alguien allá me dijo que 50 sombras le había gustado, y que prefería gastar su tiempo leyendo ese libro que viendo telenovelas. La señora que vende elotes y tamales, sabiendo que malgasté mi vida estudiando literatura –algo que era incomprensible para esa enorme familia que es un pueblo–, me preguntó que si yo creía que a su hija, una abogada, le gustaría 50 sombras como regalo de cumpleaños. Ya no recomendé más leer Lolita, le dije que sí, que seguramente sí. 

Si es un libro que le gusta a la gente porque “les hace sentir algo”, ¿qué más da que lo lean? Con una terquedad de “intelectual” me justifico diciéndome que “después de todo es mejor leer ese libro que ver telenovelas, o que después de leer tantas y tantas páginas de quién sabe qué, puedan leer cosas mucho mejores”. Si así como a mí me emociona hasta las lágrimas leer Aitana o El olvido que seremos, ¿qué se va en aceptar que ese libro que “no vale la pena” le guste a tanta gente?    

En el vuelo rumbo a Berlín, mientras yo buscaba infructíferamente películas de accidentes de vuelos, mi compañera de al lado leía 50 sombras de Grey. En algún momento del eterno viaje me preguntó que sí quería leerlo, dado que ya había terminado mi libro y pasaba película tras película sin encontrar qué ver. Fingí dormirme.

Una de mis primeras observaciones en la capital alemana fue que todo mundo leía algo, o que por lo menos tenía siempre un libro en las manos, tanto en el metro como en los parque. Tardé un poco en darme cuenta de que el libro más común era 50 sombras. Cuando una alemana me preguntó que si lo quería leer dije que no, que muchas gracias, que tenía que preparar un proyecto y leer libros de historia intelectual, de prácticas editoriales y de políticas culturales. Estudio esas cosas infructíferas para la humanidad y me niego la leer el libro más traducido de este último lustro. 

Entre mis andanzas por Berlín, he conocido con alegría una cantidad de hispanos que en México nunca hubiera conocido. Tuve la fortuna de encontrarme con unos venezolanos lo más de interesantes que tienen un amigo músico que ha tomado sesiones de composición con Górecki; cuando le preguntamos sobre lo qué él pensaba de la música popular simplemente respondió: “Górecki, uno de los maestros más geniales que he tenido, me dijo que la música es todo aquel sonido que mueve el alma, sin pretensiones, sin más".  

Creo que no se puede confundir Lolita con 50 sombras, ni “The Symphony no. 3 Sorrowful Songs” con cualquier arreglo de Arjona; hay una inversión de tiempo, de técnica y de conocimiento abismalmente diferentes; y el punto al que pretendo llegar no es proponer una simple redefinición de la literatura frente a la definición de música de uno de los compositores vivos más importantes. Simplemente remarco la humanidad, la humildad, con la que un gran compositor puede reconocer otras manifestaciones musicales. Y así me pregunto en qué consiste el humanismo de las carreras que se pretenden humanistas. Porque hasta donde he visto los “humanistas” no son más que acomplejados que pretenden demostrar su superioridad social, moral o cultural frente a “lo popular”. A veces parece un pecado mortal aceptar que se tiene un gusto que no pertenece a la “alta cultura”, y nos parece ilegítimo que gente sin ninguna preparación pueda disfrutar de lo que muy ambiguamente reconocemos como “cultura”. 

Mis intelectuales amigos me cayeron mal en el momento en que comenzaron a usar un libro que “ni nos va ni nos viene” para atacar a los lectores. Que todo mundo lea ese libro malo, comercial, entretenido o bueno no me va a quitar mi trabajo ni mi conocimiento ni mis gustos literarios. No me pagan por cada vez que recomiendo un libro. Lo mismo ha pasado con tantos otros libros a lo largo de la historia y simplemente no entran en el canon literario. Pero lo que si entra en la “historia de los intelectuales” son los comentarios sobre libros. Mientras otras personas en otros siglos discutían “el buen gusto” con personas que proponían otro parámetro de “buen gusto”, los intelectuales y activistas de Facebook atacan a lectores no especializados, los acusan de “incultos, imbéciles, de mal gusto, de nacos” y un sin fin de adjetivos más formulados por los “dizque escritores”. Más grave es cuando las “escritoras feministas” defienden su profesión y su gusto arguyendo que ese libro es “literatura para doñitas”, libros para “gordas”, para “mal cogidas” o “dejadas”. Además del evidente machismo y la innegable violencia, ¿qué pretenden ganar con esos comentarios?

Yo seguiré negándome a ver o leer las 50 sombras de Grey. Pero también me negaré a considerarme “intelectual” y “culta” si eso implica decir que algún libro es para “doñas” adineradas o no, o literatura para gente no culta, para personas que no conocen, que no saben. Para gente que no tiene nada mejor que hacer y que no tiene problemas reales. Me rehuso también a seguir con la corriente de “las élites” intelectuales de querer ser las salvadoras de un “pueblo”, al que acusan de estúpido, inculto. Espero que algún día alguien tenga la bondad de explicarme qué es eso tan raro que llaman pueblo.

Si he gastado mi tiempo en escribir estas dos páginas ha sido porque ese libro ha sacado, de muchos de esos amigos “humanistas” e “intelectuales”, la parte más nazi y perversa de cualquier humano. Me ha demostrado que esa “izquierda” no respeta al “pueblo”, que sólo se disputa el poder con la derecha. Ha puesto en evidencia la falta de respeto que un humanista tiene por lo humano. Así me cayeron mal mis cultos amigos. Sus referencias literarias o intelectuales quedaron vacías por la forma en cómo se refieren a otra persona sólo por un gusto literario, sin dar otro fundamento que no sea un reflejo de su violencia y su machismo.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

¿Y ahora qué sigue?

El discurso de la protesta en México contra un Estado criminal ha insistido en la desaparición del individuo. Como si ser individualista fuera algo malo. Como si ir a protestar y estar todos de “un mismo bando”, con los “compas” fuera lo único. ¿Lo es? ¿No estamos todos del mismo lado? A veces pareciera que no, y la dicotomía se acentúa al tratar de definir –de dividir– la lucha entre izquierdistas (activistas, gente buena, letrada y consciente) y derechistas (reaccionarios, malos, ricos y generalmente estúpidos). Esto no es más que discurso de odio y sin sentido. “Odiemos a los indiferentes”, decía una vez una activista que se proclamaba “feminista”, que en mismo mensaje atacaba a “las mujeres acomodadas o de clase alta, insatisfechas y estúpidas”. A mí eso me suena no más que a un discurso de odio de clases –de clases inventadas, además– que a una verdadera protesta o crítica social. Esta tensión social sólo ha acentuado los odios raciales y de clase, ha demostrado complejos sociales y educativos que no se habían querido tocar. 

Que no hay crítica social en México, y que la cultura está dominada por el Estado. Todo es institucional, hasta la protesta. Ésta debe tener un discurso definido y revolucionario, si no, es de gente “reaccionaria” y “derechista”. Criticar a los americanistas es “intelectual”, igual asegurar que todos los que pueden gustar de un programa de Televisa son reaccionarios, “niños intolerantes”, “prole”, “nacos” y de allí a adjetivos cada vez más agresivos; pero eso es una postura intelectual. En cambio, criticar a Adán Cortés por haber irrumpido en la ceremonia del Nobel de la paz es de “reaccionarios”, “adinerados”, “estúpidos”, “oligarcas” –y de allí a lo que sigue–, cómo si una cosa llevara a la otra. 

La crítica social en estos momentos es imposible so riesgo de linchamiento “cibernético” y real. Decir entonces, que de alguna manera nos merecemos esto es “justificar” la violencia. No, creo que es una forma de pensar nuestra participación política. Qué es lo que hemos permitido para que esto pase. ¿Hemos? “Eso me suena a manada”. Yo no he permitido nada. Mis amigos tampoco. Mis padres trataron de evitarlo. Mis amigos con hijos lucha para “poder decirle a mis hijos que jamás me rendí”. Todos van a la universidad o participan en marchas, hacen crítica literaria e histórica, son feministas y aman a los animales, se mantienen informados y son conscientes de la realidad social, e increpan a otros con el argumento de que el cambio no “está en uno mismo”. Supongo que la violencia implícita entre esta “clase educada” no importa y eso no hay que modificarlo, criticarlo o pensarlo porque como “el cambio no está en uno mismo” no se puede hacer crítica social, y  menos individual. Atacar a otras personas porque no piensan “igual” está bien; decir “ahora hay que comenzar toda discusión política diciendo había una vez un señor llamada Foucault” no es agresivo ni es violencia, es sólo la postura de los patanes intelectuales. Desde aquí, todo es una falacia ad hominem

 Entiendo que esta frase que se ha repetido hasta el hartazgo, “el cambio no está en uno mismo”, es una respuesta a la insistencia de la “clase” trabajadora cuando se ve afectada por una protesta. Ellos proponen que “el cambio está” en estudiar, trabajar y buscar un futuro, mejorarse a uno mismo, no ser corrupto, etc. Claro, ¿un futuro en un país en donde ser mujer, clase media o estudiante es riesgo de muerte? ¿tener un trabajo mediocre, mal pagado, con un salario inferior a todas las necesidades diarias? ¿estudiar en escuelas públicas que cada vez son peores, que cada vez tienen menos financiamiento y más mafias? ¿pagar miles de pesos por una educación de dudosa calidad? ¿mejorarse a uno mismo cuando te apuntan a la cara para ir a tu casa? ¿no ser corrupto y arriesgarte a morir en el intento de denunciar la corrupción? ¿pagar unos impuestos altísimos para conseguir nada a cambio?  La cuestión no es sencilla. No se trata de sólo sentarse a trabajar y estudiar de manera desaforada, de cumplir con todo y “dar nuestro granito de arena”. No se trata ya sólo de una devaluación de la moneda, ni de “mordidas” que podemos evitar, ni de la obesidad o una crisis de salud, ni menos de trabajar para tener un “patrimonio”; se trata de enfrentar a otro, exactamente igual a todos los humanos, que tiene como arma la impunidad; se trata de cargar un gas pimienta para no ser parte de las desaparecidas; se trata de contener toda la rabia en la garganta y tragarse el miedo para no “mostrarlo” cuando te apuntan con un arma a la cara; se trata de vivir –de sobrevivir– todos los días pese al miedo; se trata de invertir tiempo y esfuerzo y dinero y nervios para lograr estar. Y sin embargo, pese a que todos sabemos esto, sólo hay “oportunistas políticos” aquí en Berlín o en Oslo o en México. En las protestas he visto “intelectuales” que lo único que buscan es ganar visibilidad y ser considerados agentes de la construcción histórica –todos se colocan la mano en el pecho con la misma solemnidad que cargan la bandera comunista o la mexicana manchada de rojo, la imagen del Che Guevara o la cara desollada de Julio César–; pero, fuera de la visibilidad, del espectáculo público, estos mismos “intelectuales” son racistas, clasistas y machistas. Estos mismos son los que hace meses defendían al Estado y pedían que la opinión se relativizara, pues “el PRI sabe gobernar, es fuerte y da oportunidades que otros países no dan”; es de los pocos países en el mundo que ofrece becas a extranjeros, por ejemplo, pese al artículo 33. Yo no quiero becas que apoyen investigaciones ociosas si el precio que tengo que pagar es ver la angustia a flor de piel en la gente que quiero, si tengo que sentir la incertidumbre económica, si sé que en México todos los días “te juegas la vida”.    


Las protestas desaparecerán, como han ido desapareciendo; los agentes políticos quizás ganen un “hueso”, otros serán admirados por sus alumnos o colegas. Todo recobrará u ocupará un lugar en el orden de corrupción en el que estamos. La protesta por los 43 estudiantes se institucionalizará, se abandonará a los padres, y se convertirá en una moda. La protesta no ha crecido, la indignación no es cada vez mayor porque lo que importa es tener sujetos políticos –que en realidad no importan como humanos– que puedan ser considerados víctimas dentro de la noción de “izquierda”. Que Erika Cassandra haya aparecido desollada no implicó indignación para nadie, sólo un dolor tan profundo que todos quisieron ocultar, que todos buscaron dejar atrás, que no importó más que para unas cuantas feministas –de verdad– conscientes, como Artemisa. Incluso se pidió, se exigió, que su rostro desollado no formara parte de las imágenes públicas. ¿Cuál es la diferencia entre Erika Cassandra y Julio César? ¿acaso es que ella no era activista, ni un sujeto político identificado con la izquierda? ¿Por qué la protesta por las niñas asesinadas en Edomex no logró nada? Este debería ser un país en el que una mujer, un estudiantes, un derechista, un izquierdista, un católico, ateo o lo que fuere pudiera caminar tranquilo, protestar sin correr riesgo ni ser perseguido. Debería ser un país… Al final, las únicas víctimas del Estado y de la sociedad son Erika y Julio César, los normalistas, las miles de mujeres, los miles de indocumentados, los médicos desaparecidos o encarcelados, los maestros, los campesinos, las provincias. ¿Entonces, como masa, porque uno mismo no puede hacer nada, qué hacemos? Esto parece una broma perversa y cínica, la sociedad mexicana es completamente predecible y débil, se puede hacer con ella lo que sea, hasta volar a China en medio de una crisis política, restregar una casa de millones de dólares o, en medio de la devaluación, regresarle sus pertenencia a uno de los asesinos y ladrones más terribles de la política mexicana.